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miércoles, 10 de diciembre de 2014

Nota de Tapa

Hermanos Bailarines

La Danza en la Sangre

Por Daniel Sousa

De un rápido repaso surge casi una treintena de nombres de hermanos que comparten la pasión por el baile a nivel profesional. Los códigos comunes, los sueños compartidos, los celos. Cuentan sus experiencias Erica Cornejo, Roberto Rodríguez, ‘Ati’ Castro Videla, Benjamín Parada, Hugo Jiménez, Giselle Popik, Graciela Cabrera y la coreógrafa y psicóloga Andrea Pivatto

Pertenecer a una familia compuesta por 39 hermanos es toda una rareza. Pero que de ellos, siete se dediquen profesionalmente a la danza integrando una misma compañía resulta igualmente llamativo. El de los Vivanco, nacidos en Barcelona y cultores del “flamenco fusión”, como le llaman, es el caso más reciente de esa clase de clanes que a lo largo de la historia compartieron -arriba y debajo del escenario- el amor por el baile en su más amplia forma de expresión.

De los Nijinsky a los Pericet y los Jackson Five, el fenómeno de los hermanos bailarines no reconoce fronteras. En nuestro medio se repite, claro, aunque en cantidades más modestas. Los hay en versión trío, como los Chinetti (Andrea, Marcio y Marcela), los Juin (Pablo, Claudio y Ariel) y los Gauna (Lorena, Oscar y Diego). Los hay mellizos, como los Filipelli (Germán y Nicolás) y las Castro Videla (Astrid y Alejandra), y hasta gemelos, como las Galoto (Victoria y Soledad) y los Lombard (Martín y Facundo).

Se cuentan hermanos en casi todos los estilos de baile y hasta en más de uno, como ocurre con Bautista y Benjamín Parada, que navegan entre el clásico y el contemporáneo. La hermandad en la danza ha pasado, incluso, de una generación a otra: el legado de Carlos y Juan Saavedra, eminencias del folklore santiagueño, lo heredaron los hijos del primero, Jorge Juan (Koki) y Carlos Orlando (Pajarín) Saavedra.
De los casos emblemáticos es muy recordado el de Norma y Nydia Viola, quienes fueron honrosas continuadoras de la escuela de Santiago Ayala ‘el Chúcaro’ y lo sucedieron al frente del Ballet Folklórico Nacional. También Elsa María (inigualable compañera de Héctor Mayoral) y Carlos Bórquez comparten la misma profesión, al igual que Fernando y Hugo Jiménez, ex integrante, uno, y director, el otro, del siempre vigente Ballet Salta.
Con las nuevas generaciones, las duplas familiares parecen haberse multiplicado. En un rápido repaso, seguramente incompleto, aparecen nombres como los de Erica y Herman Cornejo, Mora y Horacio ‘Pebete’ Godoy, Cristina Martos y Adrián Galia, Natalie y Giselle Popik, Miriam y Maxi Copello (hijos del tanguero Carlos Copello). También en el dos por cuatro, los simpáticos Hermanos Macana (Guillermo y Enrique De Fazio), Ivana y Marcos Ayala (discípulos del ilustrado Héctor Aricó), Roberto y Estanislao ‘Tani’ Herrera, Ariadna y Federico Naveira (descendientes de los maestros Olga Besio y Gustavo Naveira), Ayelén y Federico Paleo.
Los Missé sufrieron la irreparable pérdida de Andrea en la flor de la edad, pero Gabriel, Stella y Sebastián siguen sacando lustre al parqué de las milongas. Miguel Angel Zotto mantiene viva la memoria de su hermano Osvaldo, siempre recordado por sus actuaciones junto a Lorena Ermocida y en la compañía Tango x 2.

ABRIENDO CAMINOS
“Compartir la carrera, los estudios y todo lo que involucra la danza ayuda a identificar las necesidades, las dificultades, y, sobre todo, a disfrutar los buenos momentos. Es cierto que esto no se da sólo entre hermanos sino también con otras personas, pero es obvio que con un ser tan cercano es más disfrutable y ambos pueden sentirse mucho más seguros atravesando las situaciones que les toca venir en esta profesión”, opina la psicóloga brasileña Andrea Pivatto, coreógrafa además de la compañía DivinaDança, de San Pablo. “Cuando se tiene intimidad con alguien se puede expandir mucho más lo que pensamos y encontrar otras soluciones ante los desafíos”, agrega en diálogo con Balletin Dance.

Lo confirma Erica Cornejo, principal dancer del Boston Ballet, al referirse a la relación con su hermano, estrella del American Ballet Theatre. “Con Herman siempre hemos sido muy unidos y más que una hermana me he sentido como su mamá. El que los dos podamos compartir la misma profesión siempre fue mi felicidad. Era el motivo perfecto para poder estar más tiempo juntos, para reírnos, viajar, aprender y ayudarnos en todo”.

Como en casi todos los casos, uno condujo al otro a las puertas de este mundo fascinante. Erica (tres años mayor) comenzó a tomar clases desde muy niña y a los ocho ingresó a la escuela de Mercedes Serrano y Wasil Tupin. El pequeño Herman iba con su madre a acompañarla. Un día, Tupin lo convenció de sumarse a una clase. “En la barra del fondo ponían a los niños que recién empezaban. Lo ubicaron allí pero al rato mi hermano les dijo que quería estar conmigo porque eran muy chiquitos los que estaban con él. Y así fue: Tupin lo puso detrás de mí y como si nada siguió toda la barra. Siempre sentimos una necesidad muy grande de estar juntos, disfrutar de la misma pasión es genial”, se emociona Erica.

Una historia parecida es la que cuenta Graciela Cabrera, quien se inició a los cinco años en las danzas clásica y española, pero a los ocho decidió volcarse al folklore. “José Luis, mi hermano, cinco años mayor, pasaba a buscarme todas las tardes por la academia y se quedaba mirando los ensayos. Se sabía todas las coreografías sin haberlas bailado nunca. La maestra lo había notado, y un día en que se ausentó un bailarín le propuso integrarse. Pasó de ser arquero en la tercera división de Deportivo Español a bailarín de tango y folklore”, recuerda.

Ese fue el inicio de una carrera de muchos años juntos, jalonada con sus intervenciones en el mítico Caño 14, en Grandes Valores del Tango, en los ballets de Juan Carlos Copes y de Gloria y Eduardo, las giras internacionales y el presente como docente en la Casa de la Cultura porteña. “Nadie entendía qué clase de amor teníamos cuando nos veían bailar, somos hermanos pero parecíamos novios. Fernando Soler (dueño de Señor Tango) nos cita como ejemplo de profesionalismo frente a otros bailarines que son pareja en la vida real. Siendo hermanos, vendíamos mucho más que ellos una relación de amor”, se enorgullece Graciela.

 

UNA MISMA PASION

Los hermanos Parada, Benjamín (36) y Bautista (34), nacieron en Salto y llegaron a la Capital después de haber pasado por el Instituto Superior de Danzas Terpsícore, de esa ciudad bonaerense. “Me atrevo a decir que influí ciento por ciento en que Bautista sea un bailarín profesional -se planta Benjamín, enrolado actualmente en el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín-. Si bien él ya bailaba tango y folklore, creo que yo, que vine primero a Buenos Aires, pude demostrarle que se podía llegar, que no era algo lejano eso que uno veía por televisión o en videos”.
Durante dos años trabajaron juntos en el Ballet del Teatro Argentino de La Plata, del que Bautista aún forma parte. “Tuvimos la oportunidad de hacer Coppelius, el Mago de Marcia Haydée, y también Pájaro de Fuego de Jorge Amarante, y si bien en esta obra bailábamos el mismo rol, compartimos el proceso de montaje y eso estuvo muy bueno”, repasa Benjamín.

¿Qué es lo mejor de coincidir en la profesión con un hermano? “Ahora tenemos algo en común, porque en verdad somos muy diferentes y no teníamos demasiados puntos de contacto. No hay competencia entre nosotros porque somos dos personas y dos bailarines muy distintos”.

En opinión de Pivatto “no existen desventajas en compartir la carrera con un hermano, en absoluto. Si los dos sienten la necesidad de bailar es porque en el fondo los une una misma pasión”. Ese fuego interior es el que vive también en Marcela y Roberto Rodríguez, grandes exponentes del flamenco local. “Nos llevamos casi diez años. Ella empezó en la danza siendo muy chica y se fue perfeccionando. Cuando comenzó a dirigir el Centro Burgalés de Buenos Aires me invitó a sumarme al cuerpo de baile. Yo tenía 16 años”, evoca Roberto. “En el escenario tenemos una conexión única, no podría describirla con palabras -confiesa-. Conocemos nuestra infancia, tenemos muchas vivencias compartidas y a la vez elegimos la misma carrera. Al unirnos, nuestra fortaleza interior se hace mucho más grande. Si tuviese que encontrar una palabra para describir lo que nos sucede sin duda es magia”.

¿Se consultan al momento de tomar decisiones sobre sus carreras? ¿Son críticos respecto del trabajo del otro?

Solemos hablar de nuestros proyectos y nos aconsejamos. Es una de las tantas maneras de acompañarse como hermanos y colegas. Los dos somos de decir lo que pensamos, sobre todo si el otro quiere escuchar y aceptar una visión distinta de las cosas.

SIN RIVALIDADES

Alma mater del estudio Viceversa, las gemelas Popik se foguearon como cantantes antes de desembarcar en la danza. “El hecho de haber empezado a bailar ya grandes, a los 22 o 23 años, hizo que lo abordemos desde un lugar muy maduro. No existió nunca una rivalidad y cada una tiene claro qué lugar ocupa la otra”, opina Giselle. Fue ella la primera en iniciar su formación con Marcela Avila, en el año 2000. La siguió Natalie un año y medio después. “La verdad es que no existió nunca en nosotras la idea de hacer algo juntas. Cuando terminamos el secundario cada una hizo su vida, siguió su camino. Pero la pasión que nos despertó el baile, el compartir algo que poca gente puede entender tan profundamente, nos unió muchísimo”, señala. “La complicidad entre hermanos siempre está latente, los chistes internos, el deseo constante de ayudar al otro, y también esa confianza que hace que en un ensayo puedas discutir como no lo harías con otro compañero, y que al rato esté todo bien”.

Para ‘Ati’ Castro Videla, una de las referentes del tap en la Argentina, el secreto está en la complementariedad. “Con Alejandra somos distintas en la personalidad y en la forma de trabajo, por eso nos ensamblamos bien. Ella se ocupa de contratar a los profesores y de la parte comercial de nuestro estudio, y yo me encargo del contacto directo con los alumnos y sus padres. Discutimos, tenemos diferentes criterios, pero siempre alcanzamos un acuerdo”, remarca. Han trabajado por separado en diferentes proyectos (Ale bailó en Fiebre de Sábado por la Noche, ‘Ati’ coreografió Smoke), pero su mayor orgullo sigue siendo el proyecto que las une: el Twins Tap Dance Center, que cumplió ya 26 años de existencia.

Distinto es el caso de Hugo Jiménez, que desde su Salta natal llegó en los años sesenta a Buenos Aires buscando su destino. Lo cobijó ‘el Chúcaro’ en su compañía, y Jiménez terminó trayendo luego al más pequeño de sus cuatro hermanos, Fernando. Lo educó en la Escuela Nacional de Danzas y cuando en 1970 fundó junto a Marina Tondini el Ballet Salta, lo incorporó para seguir de cerca su desarrollo como artista. “A un hermano menor uno no puede enseñarle a bailar únicamente. Me enorgullece haberle transmitido a Fernando la rigurosidad con que debe actuar un bailarín profesional: cómo cuidar el vestuario, cómo presentarse ante la gente, hasta cómo administrar el dinero”, sostiene. Así fue que Fernando Jiménez ganó vuelo propio. Del folklore pasó al tango y se lució con las compañías más importantes del género, en giras por los cinco continentes. Hoy, Hugo se ilusiona con el inminente regreso de Fernando a los escenarios tras la lamentable pérdida de su esposa y compañera Judit Aberastain.

“¿Celos entre hermanos? Nunca, jamás”, responden casi a coro todos los entrevistados, con excepción de Graciela Cabrera, que con cierta ternura delata a José Luis: “Yo siempre fui la niña responsable y estudiosa, todo lo contrario a él. Por eso me celaba; pero yo lo comprendía y pudimos manejarlo”.

“Los celos en proporciones normales son casi una buena forma de competir entre miembros de una misma familia”, entiende la psicóloga Pivatto. “Pero no son una regla. Es importante que exista respecto y sabiduría de parte de los padres para que no se incentive la mala competencia”.

 


 

 

 
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