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viernes, 10 de octubre de 2014

Nota de tapa

Alessandra Ferri


Un tiempo de plenitud

Por Daniel Sousa

La gran bailarina italiana volverá a presentarse en Buenos Aires a siete años del inicio de un retiro que, por fortuna, no fue definitivo. Protagonizará Cheri, una obra de danza-teatro en la que comparte el escenario con Herman Cornejo y Norma Aleandro. Con Balletin Dance habló de su necesidad interior de volver a crear, del arte sin fecha de vencimiento y de sus proyectos con John Neumeier y en el Royal Ballet

 

El respaldo del sofá enorme amenaza con devorarla en un santiamén. Parece tan frágil, tan vulnerable en esa imagen que ofrece a la distancia, que dan ganas de correr a abrazarla. Sin embargo, su verba guarda la intensidad que supo tener también su danza, una firmeza y profundidad que recuerdan algunos de los roles que encarnó en el Royal Ballet o en el American de Nueva York, sus “dos casas”, o junto a Julio Bocca en las muchas veces que visitó la Argentina.

Conversa y cose, Alessandra Ferri. Se lleva el extremo del carretel de hilo a la boca, lo humedece, enhebra con clase, y decidida se entrega a la faena. Cose una zapatilla de punta (¡qué menos!) sin decir agua va, pero no resigna la charla.

Desde el 5 de noviembre y por dos semanas protagonizará en el teatro Maipo una obra de danza-teatro que estrenó en diciembre último en el Pershing Square Signature Center de Nueva York, donde cosechó encendidos elogios. Esta pieza marca el regreso de Alessandra a los escenarios porteños a siete años del inicio de un retiro que finalmente no fue definitivo. Se había despedido de la danza en junio de 2007 con La Dama de las Camelias, de John Neumeier, en el Met de Nueva York. Poco antes había dado el adiós en Buenos Aires, en el Teatro Opera, interpretando Manón, de MacMillan, junto a Bocca y el Ballet de Santiago, en octubre de 2006.

¿Qué representa para usted este regreso a la Argentina?

Es muy emocionante. Como sabrás, para mí Buenos Aires es como una segunda casa, me siento muy cercana a la ciudad y a su gente. Y estoy contenta de tener la oportunidad de regresar con Chéri, una obra tan especial, que me ha dado tantas satisfacciones.

La génesis de este proyecto se remonta a un encuentro casual de Alessandra con la directora estadounidense Martha Clarke. “Después de casi seis años sin bailar profesionalmente, Martha me propuso trabajar juntas en una idea que me interesó mucho porque el rol que me tocaría interpretar me representa ahora mismo, en esta etapa de la vida. Lea, mi personaje, es una mujer de mi misma edad, no tengo que actuar a una Julieta de quince años. Es una mujer con una gran experiencia de vida y que emocionalmente está muy cerca de mí. Por eso me pareció interesante volver a estar sobre el escenario siendo yo misma ahora”, explica.

En la obra, Lea es el motivo de desvelo de Chéri, un mozuelo de veintitantos años que inicia una relación amorosa con esta mujer mucho mayor que él, íntima amiga de su madre. Se trata de una versión libre de las novelas Chéri y El Fin de Chéri, de la audaz escritora francesa Colette. El personaje masculino lo interpretará aquí, como en el estreno en Estados Unidos, nuestro compatriota Herman Cornejo, y el elenco se completa con la gran Norma Aleandro como la madre de Chéri, a cargo de cuatro monólogos que encausan el relato, y la pianista Polly Ferman, quien ejecutará piezas de Ravel, Francis Poulenc, Richard Wagner y otros compositores. Los textos de Tina Howe fueron adaptados al castellano por Elio Marchi. La dirección y coreografía corresponden a Martha Clarke.

¿Cómo describe el proceso creativo?

Trabajamos juntos, Martha, Herman y yo, alrededor de un año. Fue un trabajo muy minucioso, íntimo, con gran detalle. Pulimos mucho la cosa pequeña, una mirada, un gesto. En esta obra todo el movimiento debe ser muy natural, muy vero, nada teatral. Martha es una regista más que una coreógrafa. Así fue que trabajamos como si se tratara de un filme, no un baile. Normalmente, en la danza, el movimiento se crea primero y luego se le da emoción a ese movimiento. Nosotros, en cambio, hicimos lo contrario. Tomábamos una escena y nos preguntábamos ‘cuál es el sentimiento aquí presente’. Podía ser tristeza, entusiasmo, melancolía. Recién entonces buscábamos un movimiento que pudiera representar ese sentimiento. Ha sido un trabajo más actoral que dancístico.

¿Qué sensaciones le provocó el encuentro con Herman?

Ha sido muy intenso para los dos. Fue un año entero de mucho trabajo. Anteriormente habíamos coincidido en distintos ballets siendo yo Julieta y él Mercucio, o yo como Manón y él como Lescaut, pero nunca antes habíamos bailado juntos como pareja. Herman ha sido siempre un bailarín excepcional en la técnica pero tal vez sea éste su momento más rico como artista. Tiene una gran profundidad de interpretación, se ha convertido en un gran actor también. Para mí fue un verdadero descubrimiento. Ha tenido un gran coraje para, en el pináculo de su carrera, disponerse a actuar una obra que no tiene nada de aquello por lo cual él es famoso. Es muy inteligente de su parte.

Y usted, ¿qué riesgos asume con esta obra?

Lo verdaderamente interesante para mí era hacer algo que no hubiera hecho nunca antes. Estoy en otra etapa de mi vida y de mi carrera, y no podría interpretar a la bailarina clásica más tradicional. En este sentido, Chéri me abre un camino en una nueva dirección. Durante el proceso he estado muy atenta mentalmente a cosas que hasta ahora desconocía. Puede ser éste, por qué no, un primer paso para hacer obras más teatrales.

¿Encuentra rasgos comunes entre Herman y Bocca?

Son hombres muy diferentes, aunque se trata de dos bailarines excepcionales, sin duda. Bailé con Julio más de veinte años y nos conocemos mucho. Con Herman es todo nuevo, y tenemos además una diferencia de edad más notoria. Con esto me refiero también a una experiencia artística y de vida diferente. Con Julio me sentía más cercana en ese sentido. No obstante, destaco la gran profundidad de ambos. Un rasgo común de los tres es que para nosotros bailar no es una carrera, no es meramente un trabajo, es una necesidad interior.

¿Fue esa necesidad la que la devolvió a los escenarios?

Sin duda. No me sentía completa. Comprendí que yo tengo que bailar, que la danza es la fuerza que me impulsa. Sin bailar me sentía como una luz que pierde fuerza y se apaga lentamente.

¿Lo sintió desde el momento mismo del retiro?

No, al principio me sentía muy bien. Después de dos años empecé a sufrir muchos dolores en el cuerpo, estaba mal. Retomé mis clases, hice pilates, una serie de actividades para tratar de estar bien físicamente. Transcurrido un año ya me sentía bien de nuevo, y estaba en buena forma. Me sentía feliz con mis hijas, con mi entorno, pero me faltaba algo muy vital. Un día encontré a Martha en la calle y me preguntó si me gustaría que trabajáramos juntas. Yo ya sabía que si un día volvía, no sería con Julieta o algún personaje del repertorio clásico, y esto que me proponía Martha era algo nuevo, un estímulo que me obligaba a exprimirme como artista. Descubrí que todavía conservaba la energía para poder seguir adelante. Es una condición interior la mía. Para mí no era importante volver a trabajar sino volver a crear.

 

AYER, HOY Y MAÑANA

Aún antes de Chéri, hubo otra pieza que devolvió a Alessandra a los escenarios. Fue The Piano Upstairs, basada en una idea propia y en la que debutó como coreógrafa. La montó para el Festival di Spoleto, en Italia, en junio de 2013. “Esta obra narra el final de un matrimonio. Tenía ya la idea y hablé con John Weidman, un escritor americano, que fue quien escribió el guión para ser interpretado por un actor de Broadway, Boyd Gaines, y por mí. Lo curioso del caso es que al mismo tiempo que trabajaba en esta obra mi propio matrimonio (con el fotógrafo Fabrizio Ferri) terminó. Fue una experiencia muy intensa, desgarradora”, describe.

Imbuida de un entusiasmo casi adolescente, que la lleva a saltar del castellano al inglés y al italiano casi sin respiro, la ballerina nacida en Milán celebra que tiene ya agendados otros dos proyectos que la colman de ilusiones. “En mayo, en la temporada del Royal Ballet, voy a bailar una pieza creada para mí por un coreógrafo contemporáneo inglés, Wayne McGregor. Se trata de su visión de Virginia Woolf, basada en diferentes textos de la escritora. Y después de eso, Neumeier hará para mí una obra sobre Eleonora Duse, la primera actriz moderna italiana. Se trata de dos personajes fantásticos”, anticipa.

¿Cuál es su visión sobre la danza actual?

Tengo la impresión de que en los últimos quince años la danza devino en algo muy físico, muy gimnástico, sin profundidad. Es interesante de analizar porque coincide, justamente, con la gran explosión de la tecnología. Hoy todo es inmediato, es rápido, hay que ser famoso inmediatamente. La carrera del bailarín es muy breve. ‘¿Treinta y cinco años? Estás terminado’. Un bailarín joven no tiene tiempo suficiente para madurar artísticamente. Es apenas un bailarín fantástico por sus piruetas o sus saltos, nada más. Cuando veo Don Quijote, por ejemplo, nunca encuentro la historia que hay detrás. Todos ofrecen la misma interpretación, sin mostrar que Kitri y Basilio viven una historia de amor. Nada de eso se ve en el escenario, es todo muy superficial, siempre. De cualquier modo, algo ha venido cambiando últimamente. Hay bailarines que ya se están atreviendo a probar una dimensión más artística, sin perder la conquista técnica de los últimos quince años. El gran desafío ahora es combinar esos elementos.

Radicada en Nueva York, Alessandra reparte su tiempo entre el cuidado de sus dos hijas, Matilde y Emma (que no han heredado su pasión por la danza, por cierto), y los ensayos y clases que la ayudan a mantenerse en forma. “No me atrae la docencia pero sí me resulta interesante hacer el coaching de algún personaje cada tanto. Tal vez me gustaría ser directora de una compañía, desarrollar una programación artística, como lo hice en Spoletto”.

“A mis cincuenta años, soy feliz de bailar y afortunadamente tengo mucho trabajo. Aspiro a que el mío sea un ejemplo para los bailarines y los coreógrafos de que el arte no es finito. Es cierto que ya no puedo saltar como alguna vez, pero la danza es una expresión artística y un artista no termina nunca de serlo. Nadie podría pensar que Picasso algún día, por cumplir sesenta años, dejó de ser un artista. Es cierto que el cuerpo no es un instrumento eterno pero miro a Baryshnikov y lo siento una gran inspiración. Tiene sesenta y cinco años y es verdaderamente emocionante verlo bailar. Es un artista enorme, y muy inteligente al elegir los roles que interpreta. Es capaz de explorar nuevas dimensiones. Y todos podemos hacerlo”.

 


 

 

 
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