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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Teatro Musical

Inquieto por Naturaleza

Por Daniel Sousa

Antes y después del éxito de El Club del Hit, Alejandro Ibarra ha dado muestras de su talento y de una energía desbordante. Con varias obras en cartel, es uno de los coreógrafos más convocados por los directores de musicales. Extraña subirse al escenario, pero no quiere “volver para hacer cualquier cosa”

“Inquieto por naturaleza”, se define Alejandro Ibarra, y no cuesta creerle. Por estos días su nombre destaca en las marquesinas de tres obras teatrales, y una más será repuesta el mes próximo, con coreografías de registros muy diversos pero con un parejo, elevado nivel de creatividad y factura.

En el Teatro del Globo sorprenden las secuencias que a instancias del protagonista, Juan Rodó, montó para Phantom, el musical de 1983 creado por Arthur Kopit (libro) y Maury Yeston (música y letras). Se trata de una pieza escrita para ser estrenada en Broadway (cosa que finalmente no aconteció), basada en la novela de Gastón Leroux El Fantasma de la Opera, de la que Andrew Lloyd Webber entregó una famosísima versión musical, que se anticipó al debut de la que ahora llega a la Argentina.

En el Tabarís, en tanto, la feroz coreografía de Criatura Emocional, obra dirigida por Fernando Dente, también le pertenece. Y la de La Ogresa de Barracas, de Gonzalo Demaría, en Hasta Trilce. Por último, en el Teatro 25 de Mayo se vio hasta hace unos pocos días un trabajo que quizás sea el que más se acerca al musical brillante, en el que Ibarra se ha lucido tanto arriba como abajo del escenario. Si bien Nosotros, los Amantes es un intenso y muy emotivo tributo del autor y director Alejandro Ullúa a sus padres (ya fallecidos), el coreógrafo cordobés supo sacar provecho de los cuadros musicales en los que al ritmo del rock, el vals y el foxtrot se recrean los pasajes centrales de la relación entre los protagonistas. Este espectáculo, con destacadas actuaciones de Christian Giménez, Magalí Sánchez Alleno y Sebastián Holz, volverá a escena en octubre, para una temporada breve.

Así anda Alejandro Ibarra, ocupado pero feliz de la vida, encargándose además de sus clases de danza jazz, y empezando a planear lo que será su tercera intervención en Primeras Damas del Musical, en noviembre.

“No me gusta estar quieto o haciendo una sola cosa -confía-. Igualmente, tengo mis límites: no soy partidario de hacer miles de cosas al mismo tiempo porque uno no las digiere. Esto es como enamorarse: no me puedo enamorar de ochenta personas al mismo tiempo. Pero con dos o tres está bien”, bromea. 

 

¿Extraña subirse a un escenario?

Sin duda, pero no quiero hacer cualquier cosa. Trabajé diez años seguidos en comedia musical (Chicago, Víctor Victoria, Aplausos, Hairspray), televisión y teatro de texto (La Anticrista). Volvería sí, pero con algo que me guste mucho.

 

El Club del Hit fue un gran éxito suyo, en el doble rol de coreógrafo y director, el año pasado. ¿Planea una segunda parte?

No creo que vuelva. Siento que la energía hay que ponerla en algo nuevo y seguir avanzando. Haremos una función en Rosario en octubre, con un fin solidario, pero no más. El Club… nos dio muchísimas satisfacciones: siete nominaciones a los Premios Hugo, dos a los ACE. Con mi hermano Matías hace cuatro años que dictamos talleres corales en los que la gente además de cantar, baila. La repercusión fue increíble desde el comienzo y pensamos que debíamos hacer algo más con eso. Estrenamos la obra en agosto de 2013: cuarenta personas, 32 en escena y ocho reemplazos, dos por cada cuerda. Una maquinaria enorme de gente trabajando. Si bien el show choir es un formato que se hizo popular con la serie Glee, nosotros le dimos un sabor nacional.

¿Cómo fue que llegó a Phantom? 

Hace unos años hice un evento con Juan (Rodó) y nos conocíamos. Pero fue Eluney Zalazar, que personifica a Christine, quien le sugirió que fuera yo el coreógrafo de la obra. Juan se me acercó con ciertas dudas de si yo podría montar cosas bien clásicas. Y sí... Más allá de que me dediqué a otros ritmos, lo que más he estudiado ha sido clásico. El Taller de Danza Contemporánea del Teatro San Martín, donde me formé, se puso muy técnico desde el año 2000, más o menos, y todos los días, de lunes a sábados, hacía mis clases de clásico. Me gusta mucho. Incluso, para el Ballet Argentino monté hace un tiempo una obra en puntas, Linda Carter, que fue parte del ciclo Nombre y Apellido. En Phantom no hacía falta recrear piezas de repertorio sino, más que nada, retratar el backstage de la Opera de París. Por cierto, no es mi tipo de musical favorito, a mí me gustan otro tipo de obras, pero me encantó meterme en un mundo tan diferente. A las audiciones convocamos a bailarines clásicos que pudieran cantar, y el nivel de la gente que vino fue excelente. Con ellos pudimos hacer clásico, y también pude pedirles que se mezclen con el resto del elenco en total armonía. Están muy bien en la danza, tanto como en lo actoral y lo vocal. Antes eso no pasaba. 

¿A qué atribuye este cambio?

El nivel de exigencia creció. Los chicos son cada vez más completos. Y en un muy buen nivel, porque en las tres disciplinas alcanzan un desempeño sobresaliente. A mí me gusta que eso empiece a pasar cada vez más seguido. Lo veo mucho en las audiciones. Yo tuve suerte de empezar a trabajar hace quince años porque en las audiciones de aquella época éramos pocos. Cantar, bailar y actuar decentemente ya era mucho. Pero ahora no: hay que hacer todo, y todo bien.

 

TODO A PULMON

Ibarra destaca la entrega y el esfuerzo de Rodó y su compañía, que “del primero al último se ponen la obra al hombro. Eso es muy importante para mí, el teatro cobra otro valor cuando nace desde ese lugar. Es lo que yo siempre quise y es lo que aspiro hacer toda mi vida. No sueño con que me paguen millones pero disfruto intensamente de la mancomunión que conseguí, por ejemplo, en El Club del Hit. En trabajos así, si no hay equipo la cosa no funciona. A mí me conmueve lo que pasa en estos grupos de trabajo porque lo contrapongo a lo que veo en la calle, donde todo está tan áspero y tan violento. Cuando la gente se une para hacer algo por amor, el objetivo ya fue alcanzado”. 

Phantom no es su primer drama musical…

Antes hice la coreografía de Amor sin Barreras en Ecuador. Fue una temporada en el Teatro Sucre, de Quito, en 2012. Una experiencia hermosa, muy enriquecedora. Es otra cultura, otra manera de trabajar. Yo soy muy estricto con los horarios y con todo lo relacionado al trabajo, y allá la gente es mucho más relajada. La experiencia fue buena para ellos y para mí. En Amor sin Barreras tiene mucho que ver la coreografía con lo dramático, con lo que se narra. Y eso a mí me atrae muchísimo. No me gusta limitarme a poner pasos, quiero hacer teatro con el baile. 

¿Cuál fue el primer trabajo que lo hizo sentir profesional?

Mi primera obra solo fue Perfectamente Inocentes, con los Pepper Top Singers, en la sala Colette de La Plaza. Remo total. ¡La entrada costaba doce pesos con una consumición! (risas). Pero Feliz, con mi grupo Proyecto 2, es la obra que más me representa porque me salió desde el lugar más simple. No supe qué estaba haciendo realmente hasta que la vi. Me encanta todo lo que hago, si no, no lo haría. Trabajo muchísimo para que mi propio trabajo me termine gustando. Siempre tuve una opinión personal de las cosas. Cuando trabajé con otros coreógrafos y directores, hice mi trabajo, lo que me han pedido, pero paralelamente tuve una visión de cómo lo haría yo. Es algo que fui desarrollando y que un día me permitió despegar.  

¿Cómo es trabajar con un hermano?

Es lo mejor del mundo. Con Matías (director musical, reciente ganador de dos Premios Hugo por El Club del Hit), de chicos jugábamos juntos a esto. Hacíamos shows en el garaje de casa en Almafuerte (Córdoba). Recuerdo que fuimos juntos a comprarnos el casete de Cabaret cuando teníamos unos diez años. Hicimos el mismo camino y me resulta muy fácil interactuar con él: compartimos los mismos gustos, los mismos criterios. En el trabajo sabemos bien quién se encarga de qué. He tenido la suerte más grande del mundo en ese aspecto. Es muy Ingalls lo mío, ¿no?

 


El niño mimado

“Es un honor que me elijan, una alegría”, define Alejandro Ibarra, que por tercer año será el coreógrafo de Primeras Damas del Musical, el espectáculo creado por Pablo Gorlero y Ricky Pashkus. “Es como una gran reunión con mis tías”, agrega sobre los ensayos para la función que tendrá lugar el 13 de noviembre en el teatro Gran Rex.

Destaca Ibarra, por sobre todo, la libertad con que le permiten trabajar en este proyecto. Y las anécdotas de antaño, los rituales de las grandes divas, el tratamiento “de nieto” que recibe de parte de glorias como María Concepción César. “Yo respeto un montón a toda esa gente que hizo posible que hoy nosotros estemos acá haciendo lo que nos gusta”, aclara.

En esta cuarta edición del espectáculo se anticipa la presencia de, entre otras, Claudia Lapacó, Julia Zenko, Alejandra Radano, Karina K, Laura Esquivel, Mora Godoy, Carmen Barbieri, Cecilia Milone, Sandra Guida, Vicky Buchino, Natalia Cociuffo, Florencia Peña y Susan Ferrer, con puesta en escena de Ana Sanz y la conducción de Luciano Castro.

 


 
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