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miércoles, 10 de septiembre de 2014

Entrevista

Los Mojones De la Vida

Por Agustina Llumá

Una de las grandes virtudes de la Gala Internacional organizada el mes pasado por el Teatro del Lago de Frutillar, Chile, fue contar con la dirección artística de Marcia Haydée, directora del Ballet Municipal de Santiago y considerada una de las mejores bailarinas del siglo pasado

Conversar con Marcia Haydée siempre tiene un halo de misticismo, los personajes se suceden como si fuese una fábula, porque todos ellos -aquellos que marcaron la historia de la danza en su época- cruzaron sus caminos en cierto momento, en algún escenario. En una breve pausa dentro de sus labores en la Patagonia Chilena, quien fuera la musa inspiradora de John Cranko, también aprovechada por Kenneth MacMillan, John Neumeier, Maurice Béjart y tantos otros creadores, dialogó con esta cronista en el Teatro del Lago.

En una pequeña oficina armada en la primera fila de butacas de la platea, Marcia Haydée repasó cuantiosas anécdotas y analizó el presente de la danza y la coreografía, con Balletin Dance. Con voz calma, como si fuese una danza que ofrecía a sus palabras en un cuidado castellano y sobre el fondo musical de Frédéric Chopin tocado por la pianista Albena Dobreva que ensayaba para acompañar esa misma noche a Julie Kent con Marcelo Gomes en La Dama de las Camelias, la bailarina nacida en Brasil, de madre argentina, se aprestó a compartir historias y definiciones.

A sus 77 años, Haydée tenía mucho que ofrecer en esta experiencia de la gala. Fue ella quien estrenó las composiciones más destacables del siglo pasado que se mostraron allí, en un trabajo mancomunado con los coreógrafos. En Chile, colaboró con cada pareja, para transmitirle aquellos aspectos originales que aún viven en su cuerpo. “Tan solo al escuchar la música… recorre todo mi cuerpo. Yo creé esos ballets, están en mi cuerpo, en mis células. Recuerdo cada detalle, cada día, de cuando fueron creados”, aseguró a esta revista.

A cada bailarín le habló en su idioma, portugués, español, inglés se alternaban con suma facilidad y cordialidad. También recayó en sus manos, la dirección de la gala en materia técnica, para repasar las puestas de luces y sonido (única dificultad que hubo) en ambos ensayos.

Haydée asegura tener varios hogares, Brasil que la vió nacer y donde están sus hermanos; Buenos Aires donde nació su madre y realizó la audición que la haría ingresar al Ballet del Marques de Cuevas (realizada en el Teatro Colón, ya entonces estaban en el elenco europeo Wasil Tupin, Mercedes Serrano y la gran maestra María Ruanova); Stuttgart donde desarrolló su carrera creativa, y Brasil, que “me dio todo” en esta última década, para dirigir la compañía. “En mi vida, he tenido una oportunidad, una invitación, y la he seguido. Como si fueran señales, mojones, que iban marcándome el camino mientras avanzaba”, señaló la directora.

 

¿Es verdad que le ofrecieron dirigir el Ballet del Teatro Colón?

No. No me lo ofrecieron, pero diferentes personas preguntan. Creo que eso causó mi visita a la compañía poco antes del estreno de Rodin. Encuentro que la compañía está en buen estado, en un precioso estado. El Colón es un teatro difícil de manejar, no digo a los bailarines, porque en todas las compañías donde estuve en el mundo siempre supe manejarlos, porque yo fui bailarina, entonces pienso como bailarina, pienso para los bailarines. Tengo una manera de conectarme con ellos que me permitió no tener problemas nunca. Pero no se… los aspectos por afuera del ballet, como la administración, el Colón tiene fama de ser complicado. Por otra parte, a mi me gustan las cosas complicadas, porque uno tiene que encontrar nuevos caminos, y me gusta mucho Buenos Aires y me gusta el Colón.

 

En el Municipal de Santiago

Por el momento estoy en Chile. Ya hace diez años que estoy con ellos y tengo contrato hasta 2016. Cada año quiero traer cosas que aún no hicieron, producciones que aún no tuvimos en Chile y empujarlos para mejorar el nivel. Ahora están haciendo muchas cosas contemporáneas también, la temporada de este año incluyó Peer Gynt, Giselle, el Festival de Coreógrafos (Croxatto, Pinto, Béjart, Yedro, Galili, Volpi, Neumeier), Zorba El Griego, El Joven y La Muerte, La Dama y el Bufón y Coppelius el Mago. Estoy muy feliz allí, tengo mucha ayuda del teatro, de todos, ya es como mi casa. Ya conozco mi camino para hacer todo.

Cuando llegué a Chile también tenían tantos reglamentos, y ahora después de diez años encontramos una manera de hacer. Todo es cuestión de equilibrio y de comprender la mentalidad de un bailarín. Que siempre puedan hablar, que digan lo que están pensando. Cranko siempre dijo ‘no es importante que a ti como directora te quieran, te amen, pero tú tienes que amar a los bailarines’. Cuando ellos tienen sus problemas, tienes que tener la paciencia de oírlos, de explicarles el porqué uno hace las cosas. Yo aprendí con Cranko a hacerlo, todos mis bailarines pueden venir a hablar conmigo, tienen las puertas abiertas.  

 

Para el futuro

Lo que va a ser el futuro no lo se. Puedo continuar en Chile, también puede ser que ya quiera parar, empecé a bailar a los seis años. Pero estoy abierta, estoy esperando al próximo mojón, para decidir lo que voy a hacer. 

 

Usted ha sido una de las musas inspiradoras de uno de los coreógrafos más importantes del siglo ¿Cómo fue ese trabajo diario, cuánto aportó usted a cada personaje y cuánto el coreógrafo?

Trabajé con muchos coreógrafos. El primero que en verdad me formó fue Cranko, pero él siempre llevaba a MacMillan a Stuttgart, los dos trabajaban allí y de manera muy diferente. John por ejemplo, sabía lo que quería hacer dramáticamente del ballet que quería crear, como si fuera Onegin, por ejemplo, pero con todos los ballets que creó, Romeo, Onegin, Fierecilla, Carmen, siempre empezó con un paso a dos. Con el paso a dos que para él era el click del ballet, y una vez que empezábamos con eso ahí tomaba su dirección en todo. Llegaba, yo ya estaba en el estudio, ponía la música y decía ‘Marcia, vamos, tú entras por acá haces eso, prueba eso’, yo iba haciendo cosas y él decía ‘ah eso me gusta, vamos a cambiarlo, vamos a hacerlo así’. Él utilizaba mucho al bailarín como instrumento.

 

Con lo que aportaba cada uno

Entonces para él era muy importante tener ese vínculo con el bailarín, por eso fue tan fuerte la relación que tuvo conmigo, con Richard Cragun, con Egon Madsen, porque nosotros lo entendíamos. John tenía el campo todo abierto para hacer todo eso con nosotros, él se sentía seguro. A veces para el coreógrafo es difícil: entras, tienes que producir algo y están los bailarines. Si los bailarines no están en una conexión muy fuerte contigo, con el coreógrafo, no vas a poder hacer mucho.

MacMillan por ejemplo era diferente, cuando él entraba al salón, ya sabía lo que quería en cuanto a los pasos de la coreografía. Uno iba probando de hacer los pasos que MacMillan quería…

 

¿Preparaba sus roles a través de la literatura?

No. No fui la Julieta de Shakespeare, fui la Julieta de Cranko. En Onegin, no fui la Tatiana de Pushkin, fui la de Cranko. En La Dama de las Camelias, no fui la Margarita de Dumas, fui la de Neumeier. 

 

El proceso creador

En su época no había gremios, en ese sentido el proceso creador para ella era mejor antes, cuando se quedaban montando hasta altas horas de la noche. “No se puede crear estando pendiente del reloj por el horario de colación”. Y hablando un poco de la escasez de tiempo, elemento tan preciado hoy, para Haydée un coreógrafo necesita como mínimo seis semanas para montar una creación.

 

Tan importante resulta para el desarrollo artístico de un bailarín, la posibilidad de que el coreógrafo cree sobre su persona, que cuando Haydée puede lo hace. “No soy Cranko, pero le monto al bailarín, así como tuve la oportunidad de que lo hagan conmigo”.

 

Algunas Anécdotas

Muchos fueron los recuerdos que la bailarina trajo a esta conversación, de ellos transcribiremos aquí sólo algunos. Cuando Béjart creó Leda y el Cisne para hacerla junto a Jorge Donn en Quito, o una tarde cuando sonó el teléfono en su casa de Stuttgart: imitando su voz, seca y grave, Haydée narra en idioma original la conversación. “Hello, I’m Rudolf Nureyev”. “Oh, it’s a joke” y corté. Vuelve a llamar, “Hello I’m Rudolf Nureyev and this is not a joke”. La invitaba para bailar El Lago de los Cisnes tres días después, en lo que resultó ser su primera actuación en conjunto. “Me pregunté porqué me habría llamado a mi, habiendo tantas bailarinas listas para hacerlo. Creo que fue porque él quería acercarse a Cranko”, dice desde su habitual honestidad.

 

Era un obsesivo del trabajo ¿cierto?

Sí, Pero yo lo era más. Si él pasaba su variación dos veces, yo hacía la mía cuatro.

 

Y por esas cuestiones del destino, Cranko no montó para Nureyev ningún ballet, más allá de que haya bailado varias de sus coreografías, incluso en Stuttgart. He aquí la siguiente confesión. “Cuando Cranko ideó Onegin quería hacerlo para Rudolf Nureyev y Margot Fonteyn”, aseguró Haydée. Viajó a Londres para reunirse con el Board of Directors, pero ellos le dijeron que ya existía una ópera fantástica, que no se necesitaba un ballet y que no tendría éxito. “Cuando regresó a Stuttgart dijo ‘bueno, la haremos nosotros’. Hubiese sido muy diferente”. Sin dudas.

La conversación vuelve a Londres, allí Maurice Béjart presentaba Nijinsky Clown de Dios protagonizada por Jorge Donn. Al terminar la función a la que Marcia Haydée había asistido como público junto a su marido Richard Cragun, ella que no lo hacía nunca, le dijo ‘vamos a ir a saludarlo a camarines’, por lo impactada que había quedado. Al llegar al camarín estaba Donn y Béjart a un lado, que ni bien la vió sentenció: ‘Ah, la bailarina de Cranko’. Esa misma noche, fueron a  comer los cuatro y se quedaron charlando hasta las 5 de la mañana. Fue el primero de numerosos encuentros. El genial coreógrafo creó para ella varias obras, y mientras Haydée dirigió el Ballet de Stuttgart (1976-1996) la compañía tuvo todo su repertorio.

“Con Donn había una comunicación especial en el escenario, que incluso había gente que pensaba que éramos pareja. Al morir Cranko el primer telegrama que recibí fue el de Béjart. Decía algo así como, ‘cuando me necesites estoy. Contá conmigo’.

 

¿Qué le quitó la danza?

Para Marcia Haydée la danza durante muchos años (todos los de su vida de bailarina) ocupó el lugar central, al punto de haber postergado e incluso rescindido varias situaciones personales. “Estuve casada con Richard [Cragun] 16 años, que fueron como 32. Desayunábamos juntos, ensayábamos juntos, comíamos juntos, bailábamos juntos, dormíamos juntos. Imposible. Fue mi mejor amigo siempre, hasta su muerte. El mismo día que nos separamos bailamos esa noche y seguimos bailando por años [tres décadas]”. En esa época no hubiese funcionado tener una pareja por fuera del mundo de la danza, ni atinar a hacer una vida “normal”. En un momento pensó en la posibilidad de tener hijos cuando estaba en Alemania, pero vivía bailando, trabajaba hasta cualquier hora, hacía muchos viajes y “no podía pensar en tener un hijo, dónde lo hubiese dejado, quién lo hubiese criado, no hubiera podido tener una familia normal. Ahora sí, con mi marido tenemos una vida normal, algo que no hubiera funcionado cuando bailaba”.

Recordó luego cuando conoció a Luis Ortigoza, con quien entabló una profunda cooperación laboral en Santiago de Chile. “Con ese cuerpo de niño” quisiera que su carrera se extienda lo más posible. “Nunca había visto un bailarín que bailara con esa calidad, con esa perfección técnica, en las preparaciones y en las terminaciones de los pasos”. A él le montó varias coreografías y lo animó a arriesgarse al contemporáneo, “con uno de los coreógrafos más interesantes de la actualidad, el argentino Demis Volpi”. Sí, en esta entrevista Haydée arriesgó a definir a los dos coreógrafos más interesantes del presente, cada uno con su propio lenguaje, en una búsqueda que trae de regreso a la narración, en obras integrales, para ofrecer una sumatoria de forma y contenido: Christian Spuck, director del Zürich Ballet, fue mencionado en primer lugar.

Mientras en el escenario Carolina Munizaga dictaba la clase de la mañana a todos los bailarines de la gala, Haydée remarcaba junto a esta cronista: “mirala a Marianela Nuñez, ella está haciendo tendu, mira como baila con todo su ser”. También sin dudarlo, aseguró que era “la mejor” bailarina del momento. “Es una fiera”. Seguramente 2015 la tenga en el Municipal de Santiago protagonizando La Bella Durmiente.

Consejo para los jóvenes

Amar la danza. Realmente debes amarla y atreverte a tomar riesgos. Seguramente si me hubiese quedado en Brasil nunca hubiera conocido a Cranko. No es amar al ballet solamente, sino al teatro. Nos hemos quedado estos días, de 10 a 22 hs en el teatro, no es una vida normal.


 
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