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jueves, 10 de abril de 2014

Entrevista

Primera Dama del Tango

Por Daniel Sousa

 

Creadora incansable, Dolores de Amo es la coreógrafa con más espectáculos en cartel en las casas de tango de Buenos Aires. Dirige las propuestas de Esquina Carlos Gardel, Tango Porteño, Piazzolla Tango, y se apresta a estrenar otros tres shows en las próximas semanas. De amplia formación artística, presenta además una obra en Manhattan

Son pocas las veces, durante una entrevista periodística, en las que uno logra sustraerse verdaderamente del ámbito que lo rodea. Dolores de Amo obra ese ‘milagro’ en su interlocutor, aun cuando el ‘ruido a ensayo de baile’ se derrama desde el escenario y una maraña de empleados prepara la sala para otra noche de ocupación plena en Tango Porteño.

Buenos Aires luce más poética y fatal desde el VIP del lujoso teatro-restó que mira al Obelisco, gracias también al relato apasionado de una mujer que, además de haber gastado sus zapatos en los adoquines, estudió, investigó, se formó en diversas áreas y hoy tiene cuatro espectáculos de tango en cartel (uno de ellos en Manhattan) y otros tres a punto de ver la luz.

“Hace muchos años que me dedico a esto”, admite Dolores, “pero nunca me canso. Sin embargo, este último año ha sido especial porque me tocó armar muchos shows: hice el de Malbec & Tango House, en Nueva York; el de Piazzolla Tango, que todavía está en proceso creativo; los dos que estrenaremos en mayo en Tango Porteño con Nacha Guevara y Amelita Baltar. Y armé además varias compañías que hicieron giras por Alemania, China, Turquía”.

Bailarina de tango desde los veintipico, devenida luego en coreógrafa y directora, no cree que el de las casas de tango sea un trabajo menor para el artista. Por el contario, considera que “no hay nada mejor para un bailarín que trabajar todas las noches porque ese ritmo le da una afinación increíble y le enseña sobre las distintas épocas que vivió el género. Porque los chicos llegan, por lo general, sabiendo bailar muy bien el tango pero desconociendo cómo bailaban o cómo se vestían en los años ‘20 o ‘40. Ya el vestuario condicionaba la forma del baile. Pensemos en el 1900, en las mujeres con sus vestidos largos. Tenían miles de limitaciones en lo físico, y también en lo moral. No se bailaba muy agarrado, la mujer no rozaba el cuerpo del hombre en ningún momento. Esas cosas los chicos las aprenden acá. Después de cuatro o cinco años de trabajo recién logran la plenitud del entendimiento del baile de tango”.

Cuánto ha cambiado el perfil de los bailarines de tango en los últimos años ¿verdad?

Hoy en día el bailarín tiene que ser actor, músico, cantante; un poco de todo. Tiene que saber bailar el tango antiguo y el contemporáneo. La demanda es completamente distinta de lo que era antes. Los chicos que más trabajan son los más estudiosos y los que tienen el physique du rôle necesario para destacarse en todos esos aspectos. Que son pocos. 

Las escenas ambientadas en los años ‘30 y ‘40 son una constante en sus espectáculos. ¿Qué le atrae de esas épocas?

Del ‘30 me gusta mucho la estética. He leído libros, he visto fotos, ¡lo que era la Argentina en el ‘30! La capital de América, no había con que darle. El refinamiento se veía hasta en las clases populares. Incluso a las manifestaciones los hombres iban con traje y sombrero. Me atrae toda esa cultura que trajo el inmigrante y que sobrevivió por mucho tiempo. Hoy la hemos perdido, lamentablemente. En los años ‘40 en Europa se vivía muy mal, y sin embargo en la Argentina se veía una gran pujanza. Teníamos el trigo, la leche, la carne. Éramos primeros en Latinoamérica en educación. En los ‘40, la vestimenta tenía una sobriedad maravillosa, era más recatada que en los ‘30, más militar si se quiere. Todo eso me atrae. Y le agregaría también mi gusto por los años ‘50, los años del glamour total. Acá brillaban en ese tiempo las grandes orquestas, las reuniones bailables en los clubes de barrio. Años gloriosos.

DESDE EL FLAMENCO

Su padre era presidente del Club El Hogar Andaluz, que estaba ubicado en un petit hotel ya desaparecido, sobre la avenida Callao entre Rivadavia y Bartolomé Mitre. “Era un artista, no sólo un bailarín -lo describe Dolores con devoción sincera-. Leía, escribía, bailaba flamenco: sevillanas, bulerías, pasodobles. Declamaba a Lorca maravillosamente. En ese momento, con siete u ocho años, a mí me resultaba natural compartir reuniones familiares con (Antonio) Gades o con los Pericet, con los que estudié la escuela bolera”.

Desde chica, recuerda, “a mí también me gustaba todo: escribía, mucho; me atraía bailar, recitar, disfrazarme. Me nutrí de gente muy talentosa y me formé en una integridad. No podía desconocer una parte del arte porque era todo una sola cosa. Era algo mucho más amplio que la danza o la literatura, una rama del arte nutría a la otra. Hice teatro, tuve un negocio de moda en la calle Arroyo. Mi vida fue un collage, sin duda. Pasaron muchos años, transcurrió mucho tiempo, hasta que un día todo eso se fundió en mí y me permitió mostrar en mis espectáculos ese mundo maravilloso que me hace ser quien soy a los 61 años”. 

¿Cómo entra el tango en su vida? 

Entró tarde. A mí el tango no me gustaba, lo veía triste, no me gustaban los zapatos con pulsera, las medias que se usaban; incluso el dominio del hombre no me gustaba. Era muy diferente del baile flamenco, donde la pareja realiza un baile profundamente erótico pero en el que el hombre no domina a la mujer sino que la sigue, la conquista y le corresponde. Así fue hasta que un día una amiga, Susana Miller, bailarina de tango tradicional, me invitó al Salón Canning. Y me pareció estar viendo una película de Fellini: las mujeres con el pelo batido, las uñas con medialuna, los zapatos de charol con pulsera. No podía creer que existiera eso en la Argentina. Fue un hallazgo, quedé deslumbrada por el surrealismo de esa imagen. El hombre cabeceaba a la mujer, se miraban profundamente, parecían detenidos en el tiempo. Nunca lo hubiera imaginado.

¿Cuál cree que ha sido su aporte al tango?

Antes de que yo empezara, el tango de escenario era muy pobre. Creo que le devolví al tango el glamour, la opulencia de los vestidos, de los escenarios. Antes, cada bailarín llevaba su ropa al show en que le tocara bailar. El primer bailarín se destacaba por la riqueza de sus trajes y el resto, bueno, se ponía lo que tenía. Yo, en cambio, creé shows en los que nadie es menos que nadie. La primera bailarina no tiene más brillos que la segunda o la tercera. Produje ese cambio, y todos me odiaron porque tuvieron que invertir para tratar de superarme. Las casas de tango entendieron, por fin, que así la cosa no iba. Al principio me copiaron todo: los repertorios, los diseños de vestidos, los shows. Hasta me han copiado la decoración de los salones. 

¿Le molesta?

No, la copia existió siempre. Yo siento que no copié de nadie, pero sí que unos nos inspiramos en los otros para superarnos. Yo me inspiro en las miles de películas que vi, en los libros que leí, en los espectáculos que presencié en Broadway o en Londres. No es que esté planeando copiar un cuadro exacto, pero la inspiración me lleva a decir ‘ese es el tipo de mujer que me gusta, esa es la clase de vestuario que elijo’. 

Esquina Carlos Gardel, Tango Porteño, Piazzolla Tango, Malbec & Tango House… Con tantos espectáculos de un mismo género en cartel ¿cómo hace para no repetirse?

El show de Esquina Carlos Gardel no tiene nada que ver con el de Tango Porteño o el que pronto vamos a estrenar en Piazzolla Tango. En Tango Porteño, al sumar a partir de mayo a Nacha Guevara y Amelita Baltar, la propuesta va a tener una estructura totalmente distinta, porque esas presencias tan fuertes le van a dar una forma muy diferente a todo el contexto. Incluso, son tan disímiles entre ellas que me vi obligada a armar dos shows distintos. Uno irá los lunes, martes y miércoles, con Amelita, y el otro, el resto de la semana, con Nacha. En Esquina Carlos Gardel, por su parte, ofrecemos un show bien tradicional: tengo bailarines milongueros como Pocho Pizarro, y Nito y Elba; otras tres parejas de unos cuarenta y cinco o cincuenta años; y cuatro parejas que hacen un tango bien moderno y algo loco, porque el público lo pide. Mis espectáculos tienen mucho tango pero no son de tango. 

¿Cómo es eso?

No son espectáculos cerrados, ortodoxos. Mucha gente me ha dicho ‘yo odio el tango pero me encantó tu espectáculo’. ¿Por qué? Porque presento cientos de posibilidades sobre el escenario. No todos los espectadores quieren ver lo mismo. Está el que escucha, que recuerda las letras de los temas, el que no entiende nada del género. Hay muchísimos tipos de espectadores y yo debo conseguir que cada uno se vaya con algo, eso es lo importante. Y que lo que no se acerca a su gusto, que lo disfrute igual porque está hecho al máximo nivel. Siempre es posible entrarle a la gente por el lado de lo visual, de la estética, de la recreación de la belleza, porque la belleza nos llega a todos. 

¿Qué planes tiene para Piazzolla Tango, en el majestuoso subsuelo de la Galería Güemes?

Ya terminé de armar el nuevo show y ahora estoy trabajando en las escenografías, que van a ser súper modernas, en varios niveles, porque Piazzolla era un hombre con muchos vericuetos, difícil de asir. Vivió en un mundo de contradicciones y todo eso va a estar en el show. Por eso estos laberintos que estoy creando. ­¡Es tan amplia su obra, escribió casi tres mil temas! El show que estamos armando me encanta.

Desde el año pasado presenta también un show en Manhattan...

Malbec & Tango House está ubicado en un edificio antiguo que Juan Fabbri, mi marido, descubrió en Nueva York. Un lugar hermoso, impresionante, que además está sobre la calle Astor Place. Otra vez Astor entre nosotros. Se hizo un restaurante arriba, más abajo un bar de vinos con un toque muy moderno, y en el subsuelo un teatrito para unas 250 personas. La obra que armé es sencilla porque el teatro es pequeño. Me dispuse a jugar con los telones. Usé telones verticales que me permiten descubrir a los músicos en distintas formaciones: solos, dúos, grupo de cuerdas. Tengo en el elenco a un bailarín argentino como Jorge Torres (ex Forever Tango); otro argentino, Leonardo Luizaga, con una chica norteamericana; dos parejas de venezolanos y una de rusos. 

¿En algún momento sintió el deseo de volver a bailar profesionalmente? 

Lo sentí al principio, cuando recién empezaba a dirigir. Fue terrible. Pero ahora ya no, porque cada uno de los que baila soy yo. Cada uno es una parte mía, por eso creo que todos me quieren tanto. Yo no tengo hijos pero amo a mis artistas como si fueran mis hijos. Siento que los tengo, los amamanto y los voy gestando, voy sacando cosas que llevan dentro y que quizás ni saben que tienen. Se mezcla mi sangre con la energía de ellos y salen cosas maravillosas. Son mi vida. 


Como Almas Gemelas

No alcanza con soñar puestas en escena majestuosas y vestuarios imponentes si no hay alguien que ayude a hacerlos realidad. A Dolores de Amo esa libertad de imaginar sin límites se la da su esposo, Juan Fabbri. Como ella, también Fabbri conoció el tango en la adultez. “Dolores me llevó. Comencé organizando una milonga en el Club Almagro y casi en simultáneo me largué con el canal televisivo Solo Tango. Produje shows en Michelángelo en 1993 y en el ‘99 participé del desarrollo de Esquina Homero Manzi, aunque no continué. En el año 2000 iniciamos el proyecto de Esquina Carlos Gardel, que abrimos en 2001”, relata.

Hoy es dueño de esa casa y de Tango Porteño, que levantó en el viejo cine Metro. El año pasado sumó Piazzolla Tango y, asociado con Enrique Blaksley, fundó Hope Entertainment, empresa que llevó a cabo el desarrollo de Malbec & Tango House. Proyecta abrir un segundo local con esa marca, quizás en Londres, con el formato de franquicia.  

Dolores ¿qué representa Juan en su vida? 

Dios me dio una bendición que fue encontrar a mi alma gemela. Podemos discutir, disentir, enojarnos, pero esta fusión artística, espiritual y emocional que tenemos hace que yo pueda construir todas estas cosas. El me da la base, el sustento, la seguridad para poder soñar. Yo imagino cosas hermosas para los espectáculos, pero no hago los números. Y él me dice: ‘bueno, dale, hagámoslo’. Esta confianza que se basa en el amor, y en la seguridad de que las cosas que hacemos nos salen bien, hace que no pueda definir dónde termina Juan y dónde comienzo yo.

 


 

 
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