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lunes, 10 de marzo de 2014

Teatro musical

Un Tango para Mireya

Por Daniel Sousa

Esteban Dominichini le puso coreografía al primer musical de tango del tándem Cibrián-Mahler. Viene de ganar un premio en Estados Unidos por una obra en la que, por primera vez, cantó y actuó, y se prepara para emprender una nueva gira europea con Tanguera. Destaca el legado artístico de Aníbal Pachano

 

A simple vista se adivinan varios puntos de contacto entre Tanguera, la creación de Mora Godoy estrenada en 2001 en el teatro El Nacional, y Mireya, un Musical de Tango, la obra que acaban de montar Pepe Cibrián Campoy y Angel Mahler en la sala Presidente Alvear. Historias de mujeres frágiles, desvalidas, víctimas de la explotación de un cafishio a principios del siglo pasado, que terminan siendo redimidas por el amor de un hombre bueno que las rescata del fango de los suburbios.

En una y otra propuesta, el nombre de Esteban Dominichini se destaca por su propio peso. En la piel de Lorenzo, en Tanguera, sigue paseando su arte por el mundo para deleite del público de todas las latitudes (en agosto viajará a Alemania, y luego a Austria). En Mireya, por su parte, se ocupó del diseño coreográfico y realizó una participación especial en la obertura durante las dos primeras semanas de la actual temporada. Entretanto, continúa presentándose todas las noches en Rojo Tango, en el hotel Faena.

 

¿Cómo le llegó la propuesta de Mireya?

Hace unos años había coincidido con Damián Iglesias (responsable de la puesta en escena) en una obra de Aníbal Pachano, Smoke, para la que monté coreografías. Damián recordaba que en aquel momento trabajé muy bien con un grupo de gente que no tenía conocimientos sobre el baile de tango. Es cierto: yo tengo un sistema de enseñanza bastante rápido y sencillo para que quienes no son bailarines puedan incorporar algunos de los movimientos del tango. Cuando surgió la idea de esta obra, donde la mayoría son actores-cantantes, Damián se acordó de mí y me propuso ante Pepe Cibrián.

 

¿Con qué material humano se encontró?

De los nueve integrantes del elenco, hay cuatro que además de cantar, bailan. Con ellos fue muy fácil trabajar y se convirtieron en un pilar dentro de los segmentos bailados. El resto del elenco (Graciela Bevacqua, Leandro Gazzia, Damián Iglesias, entre otros) fue muy dúctil en lo que le propuse y pudimos llevar al máximo sus potencialidades. Al estar acostumbrados a moverse solos, siempre es difícil que se adapten al movimiento en conjunto. Trabajamos duro para que pudieran compartir el espacio de baile.

 

Al ver el espectáculo se advierte que se esforzó para que los movimientos se vieran lo más naturales posible...

Es cierto. Hablamos mucho de eso con los artistas. Todos tenemos grabada una imagen del bailarín de tango, un estereotipo muy estructurado. Pero el tango ha avanzado tanto que bailarlo hoy es algo muy natural, cadencioso sobre todo. Mi meta era que se los viera lo más natural posible, que no trataran de imitar movimientos o posiciones que se supone que debe tener un bailarín de tango.

 

Dominichini se acercó a la leyenda de Mireya a través del cine (hubo tres películas sobre ella: La Rubia Mireya -1948-, con Mecha Ortíz, y dos versiones de Los Muchachos de Antes no Usaban Gomina, de 1937 y 1969) y de la letra del tango Tiempos Viejos, que inmortalizó Gardel en una grabación de 1926. Ya en Tanguera el bailarín había abordado la reivindicación de la figura femenina dentro de este género. “Mireya es parte de nuestra cultura, todavía se debate si fue un mito o realmente existió. Vi las películas que le dedicaron y me informé bastante. Fue un gran desafío para mí hacer que este personaje brille sobre el escenario”, comenta.

 

¿Es un buen momento para un musical de tango?

Sin duda. Tanguera tiene casi trece años de historia y en todo este tiempo no hubo nuevos estrenos. Recién ahora (Hernán) Piquín montó un musical de tango (Balada Para mi Muerte) y Flavio Mendoza prepara el suyo (Stravaganza Tango). Mora Godoy es casi la única que continuó trabajando en esa línea y el año pasado estrenó Chantecler. Pero ahora hay mucha gente que está volviendo a mirar al género. De hecho, éste es el primer musical de tango de Cibrián y Mahler. Lo escribieron hace unos nueve años y recién ahora se estrena.

 

¿Qué dificultades le planteó la partitura de Mahler?

Antes de escucharla tenía muchas dudas: ¿cómo sería que alguien dedicado de lleno al teatro musical se pusiera a escribir un tango? Era algo muy importante para mí porque se trataba de la base sobre la que yo iba a construir. Sin embargo, me sorprendió. Cuando la escuché dije: “acá hay conocimiento del género, hay contenido”. Y sí, Angel me confirmó que su padre se había encargado de conectarlo con el tango desde muy chico.

 

Hay en la obra algunos bailes que no son estrictamente de tango...

Sí. Además de los tangos tuve que montar escenas danzadas como la de la violación de Mireya, que es central en la obra. Esas fueron las metas más difíciles de alcanzar. Apelé a los conocimientos de mis primeros años de carrera (en los que me dediqué al musical) buscando que el movimiento se oriente a contar la historia. A lo largo de la obra se bailan también un vals, un charleston, y sobre el final, un musical brillante, muy al estilo de los años '40.


Desde el folklore

Nacido en Lomas de Zamora, su primera escuela en la danza fue el Ballet Llavallol, de raíz folklórica. Llegó al Gran Rex para actuar en una serie de recitales de Soledad Pastorutti, en los que Pachano se encargaba de la puesta en escena. Ahí lo conoció y trabajo a sus órdenes en obras como Tangou, Smoke y Dominó. También fue dirigido por el experimentado Peter McFarlane. Giró por el mundo con las más grandes compañías y aquí bailó en Señor Tango, Michelángelo y El Querandí, entre otras casas de tango.

“Del folklore aprendí el manejo del espacio en el escenario. Se trabaja haciendo dibujos de manera constante: diagonales, círculos, peines, cruces. Requiere estar muy atento y ser muy preciso en las ubicaciones. Eso me sirvió luego para todos mis trabajos”, admite. En el tango, al que llegó después y le dedicó la mayor parte de su carrera, reconoce como su gran maestro a Juan Carlos Copes. Pero más allá de lo técnico y lo coreográfico, Dominichini remarca que Pachano fue quien lo formó “en cuestiones centrales para un artista: cómo presentarme en un escenario, cómo tener mi espacio ordenado durante la función para llegar a un cambio rápido de vestuario, cosas de la antesala que son indispensables para ser un artista completo”.

 

¿Soñó alguna vez con este presente?

Nunca. A veces pienso en esos días en que salía temprano de casa para ir hasta Llavallol a ensayar con el ballet, terminaba a la medianoche y me volvía solo, con dieciséis años, colectivo-tren-colectivo. Más de una vez me pregunté “¿para qué hago todo esto?”. Pero era algo más fuerte que yo, no podía evitarlo. Son sacrificios que uno hace y un día como hoy entiende todo. Estoy seguro de haber dado siempre lo mejor de mí y considero que este presente es resultado de aquello.


El Desafío de Ser un Artista Completo

En agosto del año pasado, Esteban Dominichini obtuvo el Premio Hola, que otorga la comunidad latina de Nueva York, por su rol protagónico en la obra Tango Fever, que representó en el teatro Latea de la Gran Manzana durante la temporada 2012. No fue un reconocimiento más en sus diecisiete años de prolífica carrera sino el broche de oro de un proyecto que lo mantuvo varias noches sin dormir y que lo enfrentó con sus propios miedos y limitaciones. “Mi expresión es el baile, pero en esta obra, además de bailar, tuve que actuar y cantar. Yo nunca había hecho teatro hablado, por lo cual debí cruzar una frontera enorme. Y más siendo una obra hablada en inglés, que en aquel momento era un idioma que no dominaba”.

El director dominicano José Esquea lo había visto en Tanguera y creía que era la persona indicada. Lo contactó y trató de convencerlo. Esteban usó todo tipo de argucias para declinar la invitación. “Le pedí el libro y eran ¡130 páginas! Lo rechacé una, dos, tres veces, hasta que finalmente me decidí a probarme. Faltaba un mes y medio para tener que viajar. Contraté a un director de teatro y una maestra de inglés, y me encerré todo ese tiempo en casa. Qué suerte que dije que sí, fue una experiencia increíble”, festeja. Le tocó encarnar a un maestro de tango viviendo en Estados Unidos como inmigrante ilegal, que estaba a punto de ser deportado y necesitaba casarse para resolver la situación.

“Después de viajar tantos años con Tanguera ya me preguntaba qué cosas nuevas podían llegar a venir. Y vino esto, que casi lo dejo pasar, y resultó ser lo mejor que me pasó en mucho tiempo. Fue redescubrirme como artista y saber que, como todos, no tengo un tope y puedo seguir creciendo”.


 
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