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viernes, 10 de enero de 2014

Actualidad

Danza sin Tiempo

Por Daniel Sousa

Si la salud acompaña, no hay razón para que los adultos mayores se priven de tomar una clase de baile o de subirse a un escenario para demostrar lo mucho que tienen para dar. “La danza es el mejor remedio”, coinciden María Fux, Elsa Agras, ‘Nito’ García, Mecha Fernández y Diego Riveira

Juan Carlos Copes y el doctor Cormillot, Mayoral y Elsa María, y Hugo Jiménez, del Ballet Salta. Amateurs o profesionales, todos ellos han pasado la barrera de los 70 y siguen dando muestras de vitalidad, de entusiasmo y de amor a la danza. Más allá de estos nombres conocidos, muchos otros adultos mayores eligen el baile como una forma de expresión y un espacio de encuentro con sus pares. Las abuelas tejiendo crochet en la mecedora y los abuelos que reparten su tiempo entre los naipes y las bochas, están en vías de extinción.

“Mientras las neuronas funcionen, al cuerpo uno puede ir llevándolo hasta el máximo de sus posibilidades”, dice Elsa Agras, que a los 89 años y aun con ciertas dificultades para movilizarse, tres veces por semana dicta clases de danza a las 54 chicas que integran su Ballet 40/90. “Bailar es el mejor remedio, la mejor terapia. Se olvidan de los dolores, se les pasa todo”, confirma Mecha Fernández, que cada año, desde el 2010, dirige un mega espectáculo de música y danza que el Pami organiza con jubilados llegados desde todos los rincones del país.

A punto de cumplir 92 y con toda la experiencia acumulada a lo largo de una extensa carrera orientada a la danzaterapia, María Fux reflexiona: “La edad es el tiempo de cada uno. Hay gente de cuarenta que no se mueve porque considera que ya es grande, otros de cincuenta se sienten viejos. La danza me permite a mí vivir de acuerdo a lo que soy, seguir expresándome y tratando de desarrollar ideas''.

Nito y Elba, tangueros de bien ganado prestigio internacional, se suben cada noche al escenario de la Esquina Carlos Gardel. Confiesan que aunque bordean los 80 “nuestro estilo de baile es el de alguien de cincuenta. Es raro ver a una pareja tan grande hacer los enrosques o las agujas que nosotros hacemos. A los ochenta se tiene otra clase de baile. Sin embargo, nosotros estamos llenos de vitalidad y siempre queremos dar un poco más”, admiten.

Cambio de vida

“¿Usted conoce al director de cine Manoel de Oliveira?”, pregunta Elsa Agras sobre el filo de la charla. “El sigue filmando a los 105 años. Existiendo arquetipos como ese, por qué me voy a fijar en los otros. Siempre que me entrevistan me preguntan sobre mi trayectoria y la verdad que a mí me interesa más hablar de mis proyectos y no de mi historia. Le escuché decir a Woody Allen que prefiere pensar en cómo resolver el segundo acto de la película que está  filmando, que en qué va a hacer cuando tenga 90 años. Yo opino lo mismo”.

Lacónica, la bailarina, discípula de Pina Bausch, rechaza el rótulo de “tercera edad” para hacer referencia a la etapa de la vida que le toca transitar. “Cuando comencé con esto, hace unos 18 años, tenía el interés de descubrir si el adulto mayor no estaba interesado en bailar o en realidad no conocía esa posibilidad. Finalmente, entendí que la danza era algo que no conocían. Más aún: a muchos lo que más les gusta es estar sobre un escenario. Empecé con dos señoras, con el único afán de enseñarle a gente que tuviera ganas de bailar, algo tan simple como eso. Porque nos pasa que vivimos en una sociedad que nos enseña que después de cierta edad uno debe recluirse, ser discreto, que hay que dedicarse a tejer o asistir a alguna clase dos veces por semana sin tomar ningún compromiso”.

El Ballet 40/90 está integrado por 54 bailarinas que en todos los casos superan el medio siglo de vida (incluso hay dos de 83 y 84 años). “La creatividad y la capacidad de moverse y de bailar no tienen un límite. Naturalmente, uno sabe que el cuerpo se deteriora. De hecho, yo misma tengo dificultades para caminar (a raíz de un accidente). Pero las neuronas funcionan. Y si funcionan las neuronas, uno al cuerpo lo va llevando hasta el máximo que puede dar. Ese máximo es un asombro cada día. Nadie se imagina realmente hasta dónde puede llegar”', se entusiasma Elsa.

¿Cómo define el estilo de su compañía?

Yo tengo formación en danza, teatro y clown, y vuelco todo eso en la gente. El ballet es bastante clownesco, tiene mucho humor y alegría. Pina Bausch, a quien tuve el gusto de conocer, influyó mucho en mí. Ella era una mujer muy inteligente y lo que yo hago tiene su impronta, cada día más. No trato de imitarla pero me gusta su ironía, el humor que ella mostraba, aunque no busco su costado dramático. La gente del ballet necesita humor, por eso no me meto con temas tristes.

¿Su sistema de enseñanza tiene características particulares?

Enseñarle a una persona de más de cincuenta años es una especie de misterio. Para enseñar necesito entender bien cómo es cada una, qué deseos tiene, qué características. Hablo mucho con ellas. Lo que más hacemos es jugar, se divierten mucho pero a la vez van adquiriendo concentración y soltura. Eso lleva a la gente a un estado en el que se sienten libres y disfrutan de cierta irreverencia, de no tenerle miedo al escenario ni a muchas otras cosas de la vida. Se convierten en personas más espontáneas, más sensuales, verdaderamente les cambia la vida.

Nunca es tarde

Hace dos décadas que Diego Riveira, al frente del estudio Espacio Diego, dicta clases a adultos mayores que aman “el arte en movimiento. Es gente a la que le resulta imposible entrar a una clase de jazz o de contemporáneo en escuelas tradicionales o con maestros que trabajan para bailarines. Primero, porque ingresar en un salón lleno de chicos de 20 años los inhibe. Y también por la imposibilidad misma de la destreza física. Se sorprendería de ver la cantidad de gente que no toma clases de baile pero que en el fondo se mueren por acceder al lenguaje de la danza”.

Hay algo de herencia cultural en eso...

Es cierto. A muchas mujeres que ahora son grandes les fue prohibido aprender a bailar porque antiguamente se la consideraba una actividad poco honorable o que no redituaba económicamente. El hecho de acercarse a la danza les llega ahora sólo por el más puro instinto de recuperar el tiempo perdido, por las ganas de sentir la música y el movimiento. Muchas de mis alumnas son profesionales que no desean formar parte de una compañía, tienen hijos grandes y nietos. Les gusta asistir a una clase pero no a competir con la de al lado, vienen por el placer de aprender y expresarse. Las heroínas de esta historia no esperan nada de la danza, viven el salón y el ejercicio, se someten al desafío diario del movimiento, del equilibrio, de la expresión. Sólo lo hacen por ellas mismas. Es un corte de manga al pasado, es vida vivida, aquí y ahora.

Atento a este rango de gente “no profesional, sin expectativas de audicionar en Broadway”, Riveira considera que sería “genial que existieran muchos espacios destinados a la gente sin experiencia pero con amor por el movimiento y por la danza. Para poder decirles al oído y sin apuro, nunca es tarde”.

Por vocación

María Fux lleva “infinitos años” en la danza, tal como ella misma reconoce con una media sonrisa socarrona. Dicta clases a alumnos de todas las edades y cada tanto se da el gusto de subirse a un escenario, aunque ha asegurado que ese es un ciclo terminado. “La vocación de uno no termina a los cuarenta. La vocación sigue y yo sigo haciendo mi vocación, que es el movimiento”, apunta. Considera además que el hecho de bailar le aporta al adulto mayor “la posibilidad de hacer, de moverse, de expresar y decir quien es a través del tiempo”.

¿Alguna vez se planteó el retiro?

Noooo, por qué habría de hacerlo. Tal vez cuando cumpla los cien años, no lo sé... Cuando llegue le cuento.

Aunque venidos de otro palo de la danza, los tangueros Nito y Elba tampoco piensan en colgar los botines. “Yo empecé a bailar a los 17 y ya tengo 78. Elba tiene 76 recién cumplidos y bailamos juntos hace 37 años”, se presenta el hombre nacido en Bragado con el nombre de Juan Aurelio García.

“El baile es una forma de vida. Para mí todo empieza en casa cuando abro el ropero y elijo la pilcha que voy a llevar. Es un ritual. A mí me gusta vestir bien el tango, lo siento así. El que me ve bailar tiene que pensar que gano 200.000 dólares por mes”, bromea.

Sin falsa modestia Nito explica que aceptaron sumarse al show de Esquina Carlos Gardel “para descansar un poco. Llevamos más de veinte años viajando por el mundo. En 2013 estuvimos en Rusia, Estados Unidos, Australia, Suiza y Dinamarca”.

¡Son incansables!

Le digo la verdad: no podemos aflojar. Los dos somos jubilados y éste es nuestro medio de vida. Con los viajes y tantos años de trabajo hemos comprado alguna propiedad pero se la regalamos a los nietos. Junto con Copes, y Gloria y Eduardo le hemos hecho un gran aporte a la cultura del país. Pero a nosotros jamás nos dieron un premio. Ni nos llaman para ser jurados...

La fiesta grande

Todos los años, desde hace cuatro, Mecha Fernández tiene una cita ineludible en el mes de octubre: el Festival Nacional de los Mayores. Ella, coreógrafa y directora con muchos años de carrera, es la máxima responsable de este evento que organiza el área de recreación del Pami (Instituto Nacional de Servicios Sociales para Jubilados y Pensionados). Así lo cuenta: “El Pami ofrece talleres de danza y canto en unos cincuenta centros de jubilados de todo el país. Una vez al año armamos un gran espectáculo de un solo día, de un nivel absolutamente profesional. Los tres primeros fueron en la plaza Próspero Molina de Cosquín (provincia de Córdoba) y el último, en la plaza Añoranzas (de Santiago del Estero). Cada espectáculo tiene un tema que lo inspira: el encuentro, la alegría, la integración. Yo elijo la música, que puede ser de folklore, mambo, tango o algo más moderno (Diego Torres, Marcela Morelo), y se la envío a los talleristas para que ellos preparen sus coreografías''.

Cuatro días antes del show se encuentran los grupos llegados desde todas las provincias para los ensayos finales. En la última edición participaron 1.100 personas y otras 10.000 aplaudieron a rabiar desde la platea.

“El viaje se transforma en una salida de estudiantes -dice la directora-. Con ellos se te pasa el mal humor que traés acumulado. Son muy solidarios, nunca hay un conflicto, se adaptan perfectamente. He visto gente de 90 años llegar con bastón y me dicen: quédese tranquila que yo me aguanto un minuto y medio sin esto”.

“A los talleres asisten dos veces por semana y es una diversión y un encuentro que los entusiasma muchísimo. Es que bailar es un gran generador de buena onda y de energía”, opina Mecha. “Es la mejor terapia”.

 


 
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