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martes, 10 de diciembre de 2013

Actualidad

Bailarines a Retiro

El mes pasado circularon en los medios de comunicación variadas versiones en referencia a la oferta que el gobierno de la ciudad de Buenos Aire ofreció a los empleados de todas sus dependencias para optar por un retiro opcional anticipado

Mientras que Hernán Lombardi, Ministro de Cultura porteño, se dedicó en los últimos meses a presentar y anunciar diferentes propuestas que encarará su área, los trabajadores de la cultura continuaron protestando en referencia a su accionar.

Distraídamente, o no, esta gestión de gobierno de la ciudad de Buenos Aires, con Mauricio Macri a la cabeza, ha demostrado en estos ocho años de gestión que la cultura no es una de sus prioridades. Así como en todos los gobiernos anteriores, la mayor problemática de esta cartera radica en el Teatro Colón, una institución que requiere de ingeniosas estrategias para actualizar su funcionamiento preservando su valor histórico y simbólico. Las obras de infraestructura edilicia enmarcadas en el Master Plan sumadas a la creación del Ente Autárquico Teatro Colón, permitieron algunas violaciones sobre los derechos de los empleados que se legitimaron a través de maniobras jurídicas, pero a la vez, los trabajadores consiguieron conservar algunos privilegios resguardados en un reglamento interno más sólido de lo que el gobierno había pensado en sus inicios. Con idas y vueltas, al día de hoy, las cosas parecen no haber cambiado demasiado.

Uno de los principales problemas en referencia al Ballet Estable se centra en que los bailarines no pueden jubilarse a una edad acorde con sus funciones, es decir dejar de trabajar, retirarse, cobrando una mensualidad. Es que aquella jubilación (que en otras jurisdicciones del país continúa vigente) de retirarse a los 40 años de edad con 20 años de aportes jubilatorios dejó de existir hace casi dos décadas y desde entonces, los bailarines deben esperar a los 60 años (como cualquier empleado de nuestro país) para obtener su jubilación. Con sólo leerlo cualquier lector puede darse cuenta que es imposible imaginarse a un grupo de bailarines de la tercera edad interpretando El Lago de los Cisnes. Las razones por las que se llegó a esta instancia son demasiado extensas como para describirlas en estas páginas, pero lo cierto es que aquellos danzarines cuyos cuerpos ya no pueden interpretar roles del ballet de repertorio clásico (generalmente se trata de los que han dejado de entrenar por su propia voluntad (1) y quienes han cumplido una edad que les impide ciertas proezas técnicas) dejan de trabajar de hecho, aunque continúan cobrando sus haberes igual que los que sí están en actividad. Esto se ha prolongado demasiado, a la espera de una solución para obtener, según reclaman, una jubilación digna acorde a artistas de elite, que han dado sus vidas por el primer coliseo argentino.

Siempre hay dos caras para relatar una realidad, y tantas verdades como personas que las vivan. Estos bailarines (los que no trabajan pero sí cobran) llegan hoy en día a ser unos 50 integrantes aproximadamente, medio centenar de personas que ocupan un puesto estable estatal, en una planta fija, y que por tal razón impiden la incorporación de nuevos valores. El mes pasado, entre variados reclamos, se lanzaron a los medios de comunicación señalando que el gobierno porteño los estaba obligando a pasar a retiro y por ello presentaron un recurso de amparo. Extraoficialmente, Balletin Dance pudo saber que la propuesta que han recibido todos los empleados del gobierno de la ciudad (administrativos, técnicos, artistas, médicos, maestros, personal de maestranza, etc) consiste en percibir el mismo salario que corresponda a su categoría durante cinco años (sin aguinaldos y a modo de un dinero no remunerativo pagadero en cuotas) con los aumentos que sucedieran durante ese lustro y luego el aporte jubilatorio que corresponda a los aportes realizados durante toda su vida, opción que ya han aceptado varios empleados en toda la ciudad. Para los bailarines que estaban disconformes con esta propuesta “el retiro voluntario es por un monto irrisorio” mucho menor al que les corresponde por los años de servicio y aducían haber sido obligados a tomar esa determinación “o ser trasladados compulsivamente a cualquier dependencia gubernamental” (como realizaron en 2009, que finalmente se vio frustrado por orden judicial).

La Resolución Nº 1/2013, dictada en forma conjunta por el ministro de modernización Andrés Ibarra y el director del Teatro Colón Pedro Pablo García Caffi establece “un régimen de retiro voluntario específico para el personal de planta permanente del Ballet Estable del Ente Autárquico Teatro Colón, el cual contempla la percepción de una indemnización compensatoria por única vez para quienes reúnan los requisitos establecidos en la Ordenanza N° 29.604 y su modificatoria N° 31.708.”

Este grupo de bailarines, también señaló que aunque muchos estuvieran todavía en condiciones de afrontar dignamente algunos roles en los ballets que se montaron este año, la Dirección (Lidia Segni) no le asigna tareas. Lo cierto es que los coreógrafos repositores (la mayoría llegados del exterior) son los encargados de seleccionar a los bailarines que participarán en cada espectáculo, en función de su actuación en clases y/o funciones, y seguramente también en función del concepto que de cada uno de ellos posean sus directivos. Si no son convocados para bailar y como las clases de danza no son obligatorias, no tiene sentido ni siquiera que se presenten en el Teatro, por ello, desde hace años, ellos deben acercarse a su puesto de trabajo, con mayor o menor frecuencia (la mayoría lo hacía una vez a la semana), para firmar asistencia. Hoy, se les exige que lo hagan todos los días… y algunos de ellos ni siquiera viven en la ciudad de Buenos Aires.

Esta situación que en Balletin Dance se viene publicando desde hace casi dos décadas, sigue sin solución, las autoridades se pasan la responsabilidad de ministerio en ministerio, de gobierno en gobierno. En otras provincias de la misma Argentina este tema de conflicto no existe, y en otros países del mundo tampoco, con diferentes variables: ya sea que el Estado pague un salario mensual de por vida, a personas que se jubilan a los 40 años, o bien a través de la reconversión laboral, que les permite seguir vivos y activos con otras actividades, vinculadas o no a su arte. Claro, siempre hablando de bailarines que han logrado acceder a cargos en el estado (nacional, provincial o municipal), pero para la gran mayoría de los bailarines que han trabajado en forma autónoma (por su propia cuenta) esta posibilidad simplemente no existe, como cualquier otro trabajador se jubilará a los 60/65 años y hasta entonces, deberá sostenerse a través de su trabajo (que a propósito: desde la más tierna infancia sabe que su cuerpo no podrá hacer a los 65 lo que hacía a los 20).

Más allá de todas estas especulaciones, es cierto que el gobierno actual no ha iniciado su gestión con actitudes respetuosas hacia los artistas, baste recordar que en la primera conferencia de prensa que se realizó al reabrir el Teatro Colón se aclaró que el coliseo ya no sería un alojamiento de ociosos trabajadores, además de ejercer conductas persecutorias, castigos y vejación de derechos laborales. Se trata de un accionar en el que los bailarines se han reforzado más en su condición de empleado público que en su vocación artística, mientras que el gobierno se ha empecinado en encontrar una manera de expulsarlos sin importar justamente, su condición de artistas. Pero lindo y digno sería que quienes no bailan más, dejaran sus puestos de trabajo a las nuevas generaciones, permitiendo que los jóvenes valores argentinos se queden en nuestro país, y que aquellos que se “retiran del escenario” accedan a una jubilación, que seguramente (y como han logrado la gran mayoría de los anteriores bailarines a través de instancias judiciales) puedan corresponder a sus servicios ofrecidos dentro del Teatro Colón.

A esta situación de los retiros se suma que no existan concursos para incorporar a nuevos bailarines (no hay cupo) ni para ascender de categorías. Lo sorprendente es que la judicialización de los últimos tiempos (justa o no), ha llegado al punto de que han sido jueces los que determinaron que a tal o cual bailarín le corresponde el cargo de “primer bailarín” (o de “bailarín solista”) en vistas de sus antecedentes (por la cantidad de funciones en las que ejercieron roles más elevados a los que les atribuye su puesto), por lo que pasan a cobrar un sueldo más alto y en el futuro un mayor importe jubilatorio. O que tal o cual bailarín contratado como empleado autónomo, consecutivamente para varias producciones, le correspondiera un cargo estable, o bien que obligara a las autoridades del teatro a renovar sus contratos (aunque no tuvieran la capacidad para continuar) e incluso a darles algún rol por dictamen del juez.

 

Otros reclamos

Por otro lado, y como reclamo por la baja calidad de gestión del Ministerio de Cultura de la ciudad de Buenos Aires, se creó el colectivo artístico Fin de Un Mundo, que manifiesta en la vía pública con personas disfrazadas como zombies.

Llamados los zombies Pro (por el partido político que gobierna la ciudad) protestan sin alinearse a una ideología política, por el vaciamiento cultural del macrismo, en diferentes acciones Prombie (otro juego de palabras), vestidos como muertos en vida, pues así entienden a esta gestión. Cualquiera puede sumarse a esta iniciativa para salir a protestar a la calle, las convocatorias se realizan a través de las redes sociales y los e-mails. El grupo sintetiza su trabajo en cuatro palabras: crítica, humor, ironía y experimentación, y profesa “No a la xenofobia, No a la represión, No al individualismo, No al miedo instaurado”.

 


(1) El Reglamento Interno señala que las clases diarias de ballet no son obligatorias para los bailarines. Un logro obtenido décadas atrás considerando que los artistas se ocuparían por sus propios medios de su entrenamiento y mantenimiento físico, técnico y artístico, ya sea dentro o fuera del Teatro.
 
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