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domingo, 10 de noviembre de 2013

Homenaje

Carmen Amaya: Majestad del Flamenco

Por Carlos Manso

Somorrostro: barrio gitano de chabolas de adobe en la Barceloneta de cara al Mediterráneo. Allí, hace un siglo, el 2 de noviembre de 1913, Día de Difuntos, en un hogar muy pobre, nació Carmen Amaya.

 

La pequeña, con más arrojo que sus hermanos, será la encargada de recoger el agua de un grifo callejero en un cántaro que llevaba sobre su cabeza. Su padre “el Chino”, que por las noches tocaba la guitarra de taberna en taberna, descubrió en su pequeña hija -que cantaba y bailaba por intuición- una partenaire para sus demostraciones, y una ayudante que extendía sus manitas para recoger la calderilla que ayudaba al sustento. De niña a adolescente, será Carmen Amaya, una gitana catalana, cuyo nombre atravesará Las Ramblas haciéndose popular. De familia gitana, es la sobrina de Juana “La Faraona”, y por su mando la llamarán “La Capitana”.

Muy joven pasó al cine sonoro hispánico, filmando con Angelillo La Hija de Juan Simón y con Pastora Imperio Maria de la O. Compartió cartel con Miguel de Molina y con Conchita Piquer y, con toda su familia, armó su propia compañía con al que recorrieron España hasta que fueron intimidados por la Guerra Civil de 1936.

Carmen debía cumplir un contrato en Lisboa, y alguien anónimo les consiguió un salvoconducto para cruzar la frontera. El éxito también la acompañó en Portugal.

Más tarde, evadió España y las supersticiones -hay que cruzar el océano Atlántico- al recibir un contrato desde Buenos Aires para debutar en el Teatro Maravillas. Arribaron a nuestro país en diciembre y al invento de un nuevo origen para ser “gitano legítimo”. Ella misma lo declaró: “(…) Nací en las Siete Cuevas del Sacromonte de Graná…”[1]. La acompañaban los guitarristas Ramón Montoya, Sabicas, el cantaor “El Peluco”, toda su familia, y compartía el gran suceso en la extensa temporada con Los Chavalillos Sevillanos (Rosario y Antonio).

Recorrió toda Iberoamérica hasta arribar en 1941 a Nueva York. Admirada, ovacionada, aplaudida -ya en el Carnegie Hall, en la Ópera de San Francisco o en el Hollywood Bowl de Los Ángeles- por Orson Welles, Arturo Toscanini, Charles Boyer, Greta Garbo, Clark Gable, Edgard G. Robinson, Charlie Chaplin, por el mismo presidente Roosevelt (quien la invitó a bailar en la Casa Blanca), su empresario Sol Hurok la confirmó ídolo del público estadounidense.

En 1945 volvió a Buenos Aires para “plantarse” en el Teatro Avenida por muchos meses. Pudo verla entonces en varias funciones. Su arte flamenco atrapa. Su hierático rostro bronceado en su pequeña figura con cuerpo de adolescente se agiganta, se enciende, ilumina, arde, es una llamarada de fuego. Pitonisa, médium, sacerdotisa, todo eso me hace sentir la fuerza arrolladora de su baile. A veces cantando, en otras repiqueteando con sus dedos o en sonoras palmas, siempre vibrando.

Embriaga su ondulado contorneo al vuelo de sus faralaes, de su majeza, y el ritmo enérgico del taconeo de su zapateado, en destreza rítmica de diabólicas variaciones que dos pies puedan hacer. Primera y única mujer que baila con pantalones y…¡¡¡que los lleva bien puestos!!!... Las ovaciones, el jaleo, el pataleo, los gritos de ¡Olé! son interminables. Esta ARTISTA nata nos lleva al delirio rebasándonos de gozo. Sus películas se proyectan diariamente -a salas llenas- en el Cine Gloria.

En 1947 retornó a España después de once años de ausencia. Famosa, querida, reconocida por los públicos más exigentes, llevaba un alma generosa que todo lo ofrece, que todo lo da. Su ambición era sólo bailar.

En los años ’50 la aplaudimos una vez más en el Teatro Grand Splendid de la calle Santa Fe, y comprobamos que seguía siendo única. No es imitable ni sienta escuela.

Estamos en 2013, en el centenario de su nacimiento y en el cincuentenario de su partida. Ya había filmado Los Tarantos con Antonio Gades, cuando aun joven, con 50 años, en Bagur dio paso a la muerte el 18 de noviembre de 1963. Para vivir tenía que bailar. Sólo así funcionaban sus riñones. Me lo confirmó Imperio Argentina: “(…) lo supe por el Dr. Puigvert, su médico de Barcelona, que Carmen tenía los riñones completamente secos, como trozos de madera”.[2]

En septiembre de este año volví a la Barceloneta para evocarla frente a su fuente erigida en 1957. El paisaje -que yo conocí en 1963- está muy cambiado. Un paseo marítimo da lugar al turismo que disfruta de sus playas. La “Fuente de Carmen Amaya”, esculpida con angelitos bebotes desnudos, recuerda a la pobre gitanita que de allí recogía el agua. El destino la eligió, y la cubrió de gloria, para convertirla en una bailaora soberana.

 


[1] Bois, Mario. Carmen Amaya o la danza del fuego. (Madrid: Espasa Calpe, 1994) p.103. 

 

[2] Manso, Carlos. Imperio Argentina (mito y realidad). (Buenos Aires: El Francotirador Ediciones, 1999) p.228. 


El autor agradece a Mariona Agustí Bonet, Alicia Sanguinetti, Adriana Costa, Dalmiro Rocco y Maritel F. Oyuela, quienes colaboraron para la realización de este artículo. 

 
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