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jueves, 10 de octubre de 2013

Entrevista

Sergei Polunin

Por Agustina Llumá

Conversar con Sergei Polunin encerraba una cuota de misterio. Cuánto de los escándalos ingleses sería real, cuánto era una construcción mediática y cuánto de honestidad había en sus últimas decisiones de vida

 

Recién aterrizado en Buenos Aires, Balletin Dance lo entrevistó en el lujoso Palacio Duhau del barrio de Recoleta, donde estaba alojado. Descontracturado, algo cansado por el viaje, sin mediar demasiado entre lo que debía decir y lo que se le ocurría, mostró una postura de niño rebelde, que sin embargo tiene grabada en sus entrañas la educación de la escuela inglesa que supo impartirle el Royal Ballet del Reino Unido.

 

Sin demasiado interés por contar las razones por las cuales hace poco más de un año y medio renunció al elenco Real, ocasionando comentarios variopintos en la sociedad balletómana, expresó: “Ufff, fue un poco por esa sensación tirante, trabajar en un ambiente tan tenso para integrar una compañía, te desgasta. Para un artista es lindo tener la posibilidad de ser libre, creo que esa fue mi principal necesidad: ser libre. Estaba en Inglaterra constantemente, y no podía viajar, no podía hacer muchas cosas. Y eventualmente, es como que en un momento explotás y querés salir… expandirte al mundo, que es un lugar grande. Y eso es lo que hice”.

 

Inmediatamente presentada su renuncia, recibió ofertas de todo tipo, que no aceptó, para participar en musicales, en películas de cine y hasta para iniciar una carrera como modelo publicitario. “Sabía que iba a venir una oportunidad acorde a mi. Me di cuenta que tenés que mantenerte en aquello en lo que sabes que sos bueno, para a partir de allí hacer otras cosas. Si bien pensé que si encontraba algo más interesante podría renunciar a la danza, me di cuenta que esa no era la opción”, aseguró.

 

Y la oportunidad llegó de manos de Igor Zelensky, al frente del Ballet del Teatro Stanislavsky de Moscú, quien resultó ser su nuevo protector ofreciéndole un contrato en su compañía. Ahora sí, Polunin puede “pertenecer” y a la vez ser libre, su combinación ideal. “Definitivamente. Y en eso tiene mucho que ver Igor, mi director. Yo puedo decirle ‘quiero ir allí, allí, allí’, él me deja ir y además me asesora o me sugiere, si hacerlo o no. Lo principal es sentirte libre”, argumentó.

 

Él había señalado que no le gustaba ensayar sino estar en escena, y poder construir sus personajes en las repeticiones. “En Rusia ensayan mucho menos que en el oeste. En el Royal Ballet ensayan dos meses para un ballet, mientras que en Rusia pueden llegar a ensayar dos o tres días y el resultado es exactamente el mismo para ser honesto” asegura el jovencísimo bailarín omitiendo la cuestión de que aquellos bailarines ya están preparados para encarar esas coreografías. Para él, la perfección “sólo está en tu cabeza. Así que limité mi tiempo de ensayo lo más posible y no hay ningún daño verdadero”, confesó.

 

A los 4 años, en su Ucrania natal, comenzó a estudiar gimnasia y desde los 8 danza. Asegura que no fue una decisión de vida, sino que fue su madre quien resolvió por él. La vida le permitió formarse desde los 13 años, en una de las escuelas más importantes del mundo, cuidado y mimado pues prometía una carrera deslumbrante, al punto de haberse convertido en el Primer Bailarín más joven de ese elenco. Promesa que además, todavía tiene mucho tiempo para cumplir.

 

Bailar le brinda la gratificación de intercambiar energía con el público. “Me gusta la conexión con la audiencia, das algo positivo y recibís a cambio algo positivo. Sobre todo me gustan las segundas partes de los espectáculos, son mis favoritas, porque ya estás inmerso en la atmósfera, ya entraste en calor. La preparación antes de empezar no es linda, porque siempre estás nervioso”.

 

El jovencito amante de los tatoos que asegura tener en todo el cuerpo, prefiere el clima frío para poder trabajar su cuerpo. “En lugares calurosos no haría nada -dice risueñamente-. Por eso me encontré bien en Inglaterra, es grandioso en invierno, siempre llueve o nieva y te mantiene motivado, no tenés distracciones”. En cuanto al cuidado que guarda hacia su cuerpo, explicó que no es más que hacer “clase todos los días. Hago mi propia clase, no con el resto de la gente. Que es igual. La misma rutina que realizo desde hace cinco años, para calentar el cuerpo, sin música (es un poco aburrido), pero tenés que hacerlo”.

 

Poco a poco va descubriendo que la vida tiene mucho más para ofrecerle. “Prefiero las obras clásicas, que es para lo que me formé durante nueve años. Aunque a los 17 años era más ignorante y pensaba que nunca bailaría moderno, ahora estoy más abierto. Hace un par de semanas empecé a trabajar con Rusell Maliphant en proyectos documentales y disfruté hacerlo, creando la pieza y mostrándole a la audiencia en 3D, cómo fue hecho. Es un gran tipo, me gusta la forma en que explica, es muy relajado y tranquilo”.

 

También a fines de agosto, el cineasta Jem Goulding realizó un documental de menos de diez minutos de duración, The Fragile Balance, siguiendo a Polunin durante siete días en Moscú, con entrevistas e imágenes fuera y dentro del escenario (que puede verse en youtube). Aquí expresa públicamente aspectos desconocidos de su vida, habla del “juego con los periodistas” y de cómo siente a Zelensky como si fuera un padre.

 

Y para que no falte la oportunidad de demostrar que apenas está comenzando a vivir, aseguró que no hace planes a un futuro lejano, porque saber lo que va a suceder dentro de más de dos meses, lo aburre terriblemente.

 

Más allá de eso, en sus primeras experiencias de trabajar a la par con un coreógrafo una creación montada sobre su cuerpo, Polunin relató su próxima agenda: “Estamos pensando en nuevas creaciones para este año, por ejemplo una nueva versión de Igor, de El Cascanueces que va a ser algo grande y se estrenará en Siberia. Johan Kobborg está llegando a Moscú para hacer Romeo y Julieta, y me gustaría poder trabajar con él (si hay tiempo) en la creación de una nueva obra -breve- suya. En octubre Gerard De Pardieu va a hacer un evento para ayudar a los animales, y yo estaré bailando La Siesta de un Fauno, de nueve minutos, que todavía no decidí quién hará la coreografía y debo hacerlo en estos días. Es con música a dos pianos, como la original de Diaghilev”.

 

Finalmente la charla se detuvo en Buenos Aires, ciudad a la que seguramente no hubiese llegado si no fuera porque venía a bailar. Conoció a Luciana Barrirero una hora después de haber tenido esta conversación y eso le resultaba emocionante. No importaba demasiado que solamente tuvieran dos ensayos para bailar Diana y Acteón “son pas de deux, cualquiera puede hacerlo con una hora de ensayo o dos”. Con respecto a la variación de Coppelia, el ucaraniano explicó que fue el ballet que le dio fama en Moscú, el primero que realizó al llegar en versión integral. “No es el tradicional que están acostumbrados a ver, sino que es una versión de Roland Petit, clásico pero algo más moderno. Yo haré la variación de la coda que es lo mejor del ballet”, explicó.


 
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