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jueves, 10 de octubre de 2013

Nota de Tapa

 

Flamenco en las Venas

Por Daniel Sousa

 

Consagrado como uno de los grandes bailarines de flamenco de la generación intermedia, Adrián Galia está de regreso en el país que lo vio nacer. El 5 y 6 de noviembre estrena una obra en el teatro Astral, junto a su madre, La China, a quien le rendirá tributo. El que fuera compañero de la gran Cristina Hoyos e interpretó los roles que Antonio Gades creó para sí mismo, confiesa que al flamenco “le está faltando una Mora Godoy”

  

 “No en vano lo quería Antonio (Gades). A mí me lo pedía siempre. ‘¿Qué está haciendo tu hijo?’, me decía. Y yo le respondía: ‘Está con la Señora (Cristina Hoyos)’. ‘Pues mientras esté con la Señora no lo toco’. Ya le veía él la línea, el estilo, y lo quería en el escenario interpretando sus roles. Como me hubiera gustado que lo viese en vida”.

Contiene la emoción, La China, y acaricia con la mirada a Adrián Galia, su hijo, con el que volverá a subirse a los escenarios en unas pocas semanas. Su orgullo de madre no es del todo desmedido, por cierto. Galia, que nació en Buenos Aires, es uno de los bailarines de flamenco más destacados de la generación intermedia, integró las principales compañías de danza de España y ha compartido galas con figuras de la talla de Maia Plisetskaya, Vladimir Vasiliev, Sylvie Guillem, Julio Bocca y Natalia Makarova.

En 2012 viajó de visita a la Argentina y echó el ancla. “Encontré mucho material humano aquí pero no existen los medios -dice en referencia a los bailarines locales-. Están necesitando alguien que tire del carro porque hay una gran camada de artistas que está indefensa y pide ayuda a gritos. Al flamenco le falta una Mora Godoy, alguien que lo impulse. Me gustaría quedarme para darles una mano”.

 

¿Qué lo trajo de regreso al país?

Quería ver qué prometía la tierra de mis orígenes. En noviembre llegué para presentar En Clave Flamenca, un espectáculo de pequeño formato, en el Teatro Picadero. Sebastián Blutrach (dueño de la sala) es un amigo de la infancia. El y su madre, Ana Jelín, toda una institución del teatro español, me apoyaron cuando armé mi primera compañía en solitario al salir de la de Cristina Hoyos, de quien fui compañero de baile y coreógrafo de su elenco. Una vez aquí estuve sondeando el nivel artístico que hay en Buenos Aires y quedé muy bien impresionado. Es así que desde hace un año estoy generando una cantera de bailarines con una serie de talleres en los que intento profundizar en el flamenco, no sólo a nivel físico sino también intelectual. Es que el flamenco es una cultura y no lo podemos abordar como un deporte. Demanda profundizar en ciertos aspectos de su origen y evolución.

En Gigantes del Flamenco, la obra que Galia estrenará el 5 y 6 de noviembre en el Teatro Astral y que luego llevará a la sala Independencia de Mendoza (el 9 y 10), el elenco se reparte entre españoles y argentinos por partes iguales. “Quiero brindar la mano a muchos valores que he ido descubriendo en este tiempo, varios de ellos ex-alumnos de La Maestra (su madre, La China), a quien esta obra homenajea”. Olga María Marcioni, la aludida, lo escucha y observa con devoción. “El flamenco en la Argentina fue otra cosa a partir de ella, es un referente muy importante aquí y hay que valorarlo. Y más allá de que sea mi madre, siempre he pensado que los homenajes hay que darlos en vida y no esperar a que la persona se vaya para otorgarle el sitio que merece”.

 

¿Cómo recibe este tributo, China?

Pues, imagínate. Empecé a conocer la danza de muy niña, profesionalmente llevo 55 años de carrera. Esto me pone feliz de la vida, para mí es un orgullo, un honor, es una satisfacción enorme de poder bailar con mis dos hijos.

Es que además de Galia, de su esposa Loli Sabariego (cordobesa de Andalucía), cinco músicos y el cuerpo de baile, el espectáculo contará con la presencia de Cristina Martos, la otra gran debilidad de La China, que viajará especialmente desde España para estas funciones. “Seremos tres generaciones de artistas en escena con rasgos muy diferenciados”, anticipa el coreógrafo y director. Sobre el hilo argumental de la obra comenta que “Lorca siempre está presente en el flamenco, y ésta no será la excepción. Lo encuentras en la música, en las letras… No es mi punto de partida pero sí un referente hacia donde miro para construir. No habrá alusiones a la vida de Lorca, pero en el flamenco él siempre está. Incluí Preciosa y el Aire, uno de sus mejores poemas, y La Casada Infiel, aquel de “…y yo me la llevé al río creyendo que era mozuela, pero tenía marido”. Lorca aparece por los resquicios, rellenando las grietas y redondeando la obra”.

 

¿Qué características tiene su estilo de baile?

Yo no soy ni recto ni curvo, ni largo ni corto. Soy yo. He llegado a un punto donde me identifico con la danza a través del flamenco, que es la herramienta con la que esculpo la piedra. Dediqué muchos años al ballet clásico, esa es mi formación. Pero mi núcleo es el flamenco y un día debí tomar una decisión. La maestra de ballet me pedía que me cuide las piernas, que no zapateara tanto. Y por el otro lado, mi madre: “¿Qué haces Adrián dando tantos saltos?”. Me decidí a salir por el medio. Es por allí por donde mi generación le abrió otra ventana al flamenco. Me he interesado mucho por Martha Graham, Alvin Ailey, Pina Bausch…Todos registros que me interesan. Con ese bagaje pude identificar que desde el punto de vista de la danza, en el flamenco se podían hacer muchas cosas. Gades nos dejó un camino muy claro en ese sentido, nos enseñó que el texto se podía bailar y que existía un público para eso. Los flamencos más ortodoxos dicen de mí que no soy tan puro, y los bailarines más bailarines creen que no soy tan bailarín. Así soy, pues.

 

¿Por qué es que usted, China, no quería que Adrián se dedicara a la danza?

¿Quién te ha contado eso? (risas) Es cierto, yo le decía “estudia Adrián, que es eso lo que te voy a dejar”. Quería que tuviera una carrera porque conocía lo que es la lucha. Yo he sido una bailaora flamenca cerrada, de tablado. Teatros, poquísimos. Y en el tablado tienes que ser flamenco o duras dos días. En los años ´70 esto era durísimo, si uno se mantenía era porque verdaderamente notaban que tenía algo que alguna vez podría desarrollar. Lo que yo quería era que mis hijos sufrieran lo menos posible, porque en esto he llegado a sufrir mucho por estar y mejorar. Hoy mismo sigo creciendo a través de mis alumnos. Quizás del que está en el fondo, detrás de todos. El no lo sabe pero, vamos, hasta de ese alumno se aprende.

En este punto, La China, mujer de belleza perenne y conversación encendida, recuerda una anécdota que la conmueve. “Me enteré que Adrián tomaba clases de flamenco a través de mi madre. El estaba en España, yo trabajando en Venezuela, y mi madre desde la Argentina me escribió una carta. “No le digas a Adriancito que te he contado”, me suplicaba”. De la mano de La China, Galia llegó a Europa a los doce y dos años más tarde ingresó en la Escuela del Ballet Nacional de España. “La sociedad, el mundo en general, estaba anclado en ese tiempo en una prehistoria donde la mujer era un bulto sospechoso que debía estar en la cocina. Por eso esta mujer fue pionera en muchos aspectos”, la elogia Adrián. “Si no eras gitano, era complicado entrar al flamenco, y más si eras argentino”.

Las ansias de crecer hicieron que La China abriera su propio tablado en Venezuela y eso, entiende su hijo, “fue clave para que los flamencos finalmente la aceptaran”. Galia hacía los deberes escolares en un rincón del tablado, mientras su madre ensayaba. La Escuela del Ballet Nacional lo alejó en parte de ese mundo tan particular, aunque siempre mantuvo el vínculo con el que considera “un espacio sagrado”. A los diecisiete, cuando había conseguido un lugar en “la mejor compañía de esa época, el Ballet Español de Madrid”, al lado de artistas como José Antonio, Luisa Aranda, Emilio de Diego (compositor de Bodas de Sangre) y Merche Esmeralda, problemas con su pasaporte lo devolvieron de prepo a Buenos Aires. Un año tardó en poder regresar, justo cuando la compañía de Gades había convocado a audiciones. Resultó uno de los dos elegidos entre doscientos postulantes. Y otra vez el pasaporte: “Entro a la oficina para firmar mi contrato, extiendo mi pasaporte y…“lo sentimos pero en España hay mucha gente sin trabajo y no podemos aceptarlo”. Muchos años después, en 2004, tras la muerte de Gades, volvieron a llamarme, no sólo para entrar en la compañía sino para interpretar los roles que él había creado para sí mismo. Fue una satisfacción enorme”.

 

¿Nunca se frustró?

Mi pasión estaba por encima de todo. A mí el baile me sacó de muchas cosas, me puso en línea con la vida. En esa época, los años ´80, era muy fácil terminar en las drogas, la juventud en España caía como moscas, algo tremendo. Cantaores, bailaores, guitarristas, no se salvaba nadie. Y yo gracias a la danza estoy vivo. Todas las mañanas a las nueve tenía clase de ballet, cuántas noches crees que podía trasnochar en esos juegos.

 

¿Qué rasgos heredó de su padre Jorge Luis, a quien muchos recordamos por el espectáculo Por las Calles de Madrid?

Así como mi madre es bailaora y mi padre era bailarín. En él encontré un gran referente masculino, físicamente me parezco mucho. Verlo bailar fue una confirmación de que eso era lo que quería para mí. Desde los cinco años mi padre se formó con los Pericet, debutó aquí en la Argentina con ellos, en Canal 13. Era la mano derecha de Luisa y fue el único niño que aceptaron en su escuela, en la que sólo formaban a adultos. He absorbido mucho de mis padres, como de Paco de Lucía, que me abrió un mundo musical fantástico que me permite ser más bailarín. Y de José Granero, otro argentino olvidado. Y de Gades, por cierto. Era imposible no mirarlo e intentar llegar a ser como él.


Viajero incansable

Desde el año 2003 que Adrián Galia no comparte un escenario con su madre, La China, y con su hermana Cristina Martos. Fue en Tokio, en una de sus muchas visitas a esa tierra que ha acogido al flamenco con pasión inusitada. “Japón tiene un tablado llamado El Flamenco, que lleva cuarenta años de inaugurado. Todos los grandes han pasado por ahí. Cuando todavía no existía Internet, los japoneses ya llevaban los grandes espectáculos flamencos a ese escenario. Más allá del poder económico que tienen para viajar y aprender en España, ellos siempre estuvieron muy actualizados. Existe una movida muy interesante, sobre todo en el baile y la guitarra. En el cante van rezagados por la cuestión idiomática. Lo bueno es que han empezado a trabajar al flamenco desde su propia cultura, lo utilizan como una herramienta artística. Han comprendido que no pueden pensar ni sentir como alguien de Sevilla o de Córdoba. Lo mismo ocurre acá, y en Brasil, adonde acabo de estar. El flamenco se está metiendo en la cultura de otros países, lo mismo que sucedió con el jazz, con el blues, con el tango”.

Desde 1990 Galia viaja una vez al año a Japón a dictar sus clases. Montó el primer centro coreográfico de flamenco en Tokio y lo dirigió durante un lustro. Hoy colabora con el Estudio Sol, del cual su madre es profesora titular.

Una enciclopedia audiovisual de 21 capítulos sobre el arte flamenco, que el artista editó hace un tiempo, promete abrirle también las puertas de Latinoamérica. Publicada originalmente por Salvat, será relanzada en breve por El País a nivel regional. Mientras tanto, Galia sigue adelante con sus talleres en el estudio de Alicia Fiuri y Néstor Spada, en el barrio de Almagro. “Tengo una pierna de cada lado, una aquí y otra en España. Me encantaría poder quedarme”, se ilusiona.


 
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