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martes, 10 de septiembre de 2013

In memoriam

Fernando Alonso

 

Adiós a Fernando Alonso, el Noverre cubano

Por Miguel Cabrera, para Balletin Dance

 

En horas de la tarde del domingo 28 de julio fue sepultado en la Necrópolis de Colón, en La ciudad de La Habana, el ilustre pedagogo de la danza, Fernando Alonso, quien había fallecido el día anterior, en el Instituto de Cirugía Cardiovascular, exactamente a cinco meses de cumplir 99 años de fecunda existencia. Una de las personalidades más relevantes del ballet de nuestro tiempo, cofundador del Ballet Nacional de Cuba y uno de los pilares en la gestación de la escuela cubana de ballet.

 

Nacido en La Habana, el 27 de diciembre de 1914, se inició en el mundo de la danza en 1935, como alumno de la Escuela de Ballet de la Sociedad Pro-Arte Musical de esta capital, y continuó su formación técnica y artística en Estados Unidos desde 1937, bajo la guía de eminentes profesores, entre ellos el italiano Enrico Zanfretta y los rusos Alexandra Fedorova, Anatole Vilzak, Pierre Vladimirov y Leon Fokine. A partir de 1938 integró los elencos del Ballet Mordkin, de varias comedias musicales llevadas a la escena de Broadway y del American Ballet Caravan. En 1940, ingresó en el Ballet Theatre de Nueva York, donde alcanzó el rango de solista y se mantuvo hasta 1948, fecha en que junto a Alicia Alonso y su hermano Alberto, se dio a la tarea histórica de fundar el actual Ballet Nacional de Cuba, cuya dirección general asumió durante veintisiete años.

 

En 1950, luego de limitar su carrera como bailarín para dedicarse básicamente al trabajo de dirección en la Compañía y en la Academia de Ballet Alicia Alonso, fundada ese propio año, Fernando Alonso dio comienzo a su labor más trascendente: la de pedagogo de danza.

 

En la Academia, la institución encargada de formar las primeras generaciones de bailarines cubanos profesionales, iniciaría junto a Alicia un serio trabajo de investigación encaminado a lograr un método de enseñanza propio, que con el paso de los años ha culminado en la escuela cubana de ballet, hoy mundialmente reconocida.

 

En el difícil período que media entre 1948 y 1956 Fernando Alonso supo enfrentar la apatía oficial y las incomprensiones de los gobiernos que padeció Cuba, que negaban el más elemental apoyo a empeños culturales de la magnitud del ballet cubano. En profética y valiente Ponencia, enviada al Congreso Continental de Cultura, celebrado en Santiago de Chile en 1953, y que fuera leída por el poeta Nicolás Guillén, afirmaba:

 

“El ballet empieza a enraizar en el pueblo, a extraer las esencias autóctonas de las distintas nacionalidades, a matizarse de nuevos colores, a vigorizarse con nuevas corrientes y a ayudar al hombre medio y al hombre de abajo en su superación artística e intelectual. Ya el ballet no será nunca más arte de reyes o potentados sino arte de pueblo, tal como lo exigen los nuevos tiempos. Por ello hemos de trabajar”.

El advenimiento de la Revolución Cubana en 1959, proporcionó al maestro Alonso infinitas posibilidades de realización profesional como director general del Ballet Nacional de Cuba (1959-1975), de la Escuela Nacional de Ballet (1962-1967), del Ballet de Camagüey (1975-1992), de la Compañía Nacional de Danza de México y del Ballet de Monterrey (1992-95). Cumplimentó también un extenso período de colaboración con el movimiento de danza internacional, que incluyó instituciones tan prestigiosas como la Opera de París (Francia), el Ballet Real de Wallonie (Bélgica), la Escuela Nacional de Ballet de Toronto (Canadá), el Ballet Clásico de Santiago de los Caballeros (República Dominicana), el Instituto de Cultura de Yucatán (México), el Instituto Colombiano de Ballet Clásico, así como Festivales y Concursos en Moscú, Varna, Nueva York y Perú, entre otros.

Vigilante perpetuo de los principios técnicos, éticos y estéticos de la escuela cubana de ballet, aportó su rica experiencia al ballet cubano como Asesor del Ministerio de Cultura, de la Escuela Nacional de Ballet, de la Facultad de Arte Danzario del Instituto Superior de Arte, del Centro Pro-Danza y como Presidente de Honor y miembro de los Jurados de los Concursos y Encuentros Internacionales de Academias para la Enseñanza del Ballet, efectuados en La Habana.

 

Por su valiosa contribución a la cultura de su país, se le confirieron numerosas distinciones, tanto en su patria como en el extranjero, entre las que figuran: la Orden “Félix Varela”, del Consejo de Estado de la República de Cuba (1981), los Doctorados Honoris Causa en el Instituto Superior de Arte de Cuba (1984) y en la Universidad Autónoma de Nuevo León, México (1996); el Premio de las Artes de la Universidad Autónoma de Nuevo León (1999), Medalla y Diploma de Honor y Título de Visitante Distinguido, Trujillo, Perú (1999), el Premio Nacional de Danza de Cuba (2000), el Premio Nacional de Enseñanza Artística (2001), así como el Premio “Benois” de la Danza, en Moscú; y el Título de Huésped Distinguido, en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, ambos en 2008.

 

En esta triste hora de su despedida física, vienen a mi mente inolvidables recuerdos de mi vida junto a él, etapa que comenzó en 1968, cuando justamente había finalizado yo mis estudios en la Universidad de La Habana. Ingresé en las filas del Ballet Nacional dos años después, a instancias de él y de Alicia [Alonso], quienes no dudaron en confiar en un jovencito veinteañero, con un título académico, pero totalmente inexperto en las grandezas históricas del arte de la danza. Ellos me aportaron generosamente afecto, conocimientos e incalculables experiencias para que pudiera emprender la más difícil y honrosa tarea de mi vida profesional: organizar científicamente la historia de nuestro movimiento coreográfico y su conexión con el devenir secular de ese arte.

 

Aunque a partir del 27 de enero de 1975 dejó de estar entre nosotros como Director General, nuestra cercanía no se rompió nunca gracias a un respeto y a una admiración compartidas. Mis reencuentros con él durante sus años al frente del Ballet de Camagüey y en las numerosas actividades en las que volvimos a estar juntos, como los Eventos pedagógicos en la Escuela Nacional de Ballet, en los Cuballets, en la Facultad de Arte Danzario del Instituto Superior de Arte, y en los Encuentros Internacionales de Academias para la Enseñanza del Ballet, fueron citas propicias para esa renovación de afectos y respetos. Me correspondió el honor de pronunciar las Palabras de elogio, en 1984, por el 70º aniversario de su natalicio, en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba; y las de sus 90º en una Gala organizada por la Escuela Nacional de Ballet, en 2004, en la Sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba. En el año 2000 tuve el honor de presidir el Jurado que le otorgó el Premio Nacional de Danza, en una emotiva Gala celebrada en el Teatro Mella, también en la capital del país. Fueron ocasiones en las que comprendí, más que nunca antes, la verdad de la sentencia martiana de que Honrar, honra.

 

En cada encuentro acostumbraba saludarlo con una frase que se relacionaba con su verdadero nombre. Solía decirle: ”Qué dice Fernando Evangelista?”. Entonces una lucecita aparecía de inmediato en sus vivaces ojos azules, como preludio a una invariable sonrisa, como una aceptación de la verdad de su vida. Ahora comprendo que más que como un pedagogo tenemos el deber de recordarlo como uno de aquellos bíblicos, que tuvieron como misión no dejar morir la verdad del Evangelio al que dedicaron sus vidas.

 

*Historiador del Ballet Nacional de Cuba


 
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