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martes, 10 de septiembre de 2013

Entrevista

El Arte de Morder el Piso

Por Carlos Bevilaqcua

 

Leyenda viviente de la danza argentina, Juan Carlos Copes fue el inventor del tango como espectáculo escénico de jerarquía internacional. En esta charla, el veterano bailarín reflexiona sobre el estilo que supo lucir a lo largo de más de seis décadas y narra episodios fundamentales de su cinematográfica carrera

 

A los 82 años, Juan Carlos Copes sigue en actividad. Es más: tiene un par de nuevos motivos de orgullo. Al momento de la entrevista, a fines de julio, el bailarín más famoso de toda la historia del tango intervenía en las cuatro funciones semanales que el sainete El Conventillo de la Paloma, en versión de Santiago Doria, tuvo desde el 13 de junio en el Teatro Cervantes de Buenos Aires. “Está muy bien montado -opina-. Es una obra muy especial, que tiene una riqueza particular porque habla de la mezcla de colectividades que se dio en la Argentina hace cien años. En principio, yo fui convocado sólo como coreógrafo y después Doria me preguntó si me animaba a bailar. ¿Cómo no me voy a animar?, le contesté”.

 

Asimismo, desde hace varios años forma parte del elenco estable del enorme y lujoso restaurant-concert Tango Porteño, ubicado frente al Obelisco, en el mismo predio donde funcionara el cine Metro. Allí despliega su experimentada pericia durante un solo tango y abrazado a la joven bailarina Soledad Rivero. El rito se repite cada noche ante la mirada de un público compuesto casi exclusivamente por turistas extranjeros. “Saber que estoy vivo. Eso representa para mí bailar todos los días esa piecita, que es nada menos que Danzarín, de Julián Plaza”, explica él. Su intervención es algo así como la frutilla de un postre que tiene ingredientes varios: desde la danza de otras cinco parejas, una orquesta de doce músicos capitaneados por la violinista Érica Di Salvo y la participación del cantor Carlos Morel hasta las actuaciones estelares de Juan Darthés y Luciana Salazar. Todos dirigidos por la coreógrafa Dolores De Amo.

 

Paralelamente, Copes preparaba por entonces una reposición de La Pesada del Tango, su espectáculo de 1991, para el Mundial de Tango que cada agosto organiza el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. “Es un trabajo que habla de todo lo que sufrió el tango ante la irrupción de la televisión y de las músicas foráneas”, resume. Tras narrar la escena que funciona como puntapié inicial de las acciones, Copes se empieza a meter en la historia: “Los palos en la rueda que le pusieron al tango fueron increíbles. Cuando éramos jóvenes, en la entrada de algunos bailes nos ponían carteles que decían ‘Prohibido bailar con cortes y quebradas’. Hasta se llegó a prohibir el lunfardo por decreto. El tango sorteó todas las dificultades. Tal vez porque siempre fue marginal. Hoy en día lo sigue siendo”.

 

La charla será un animal indócil, difícil de manejar. El entrevistado no siempre contesta lo que se le pregunta o bien deriva en asuntos aparentemente inconexos. Aun así, el saldo es riquísimo, por las vivencias que transmite y la inusual visión panorámica que pueden dar más de seis décadas de escenario.

 

Uno de los conceptos que se repite en el discurso de Copes es la ponderación del abrazo para entender el éxito del tango en todo el mundo y en diferentes épocas. “Yo llegué a Nueva York en 1960 -evoca-. Estaba naciendo el twist. Las escuelas de danza buscaban con desesperación un baile en pareja. Con el rock se bailaba separado. Ya habían probado con el cha cha cha, el mambo, el vals... pero nada de eso prendió. Entonces siguieron inventando danzas cuyos nombres ni siquiera recuerdo. Lo que descubrieron en el mundo entero con el tango es la continuidad del abrazo. El abrazo es lo que conquista, lo que atrae en todo el mundo. Hasta en Alemania, donde uno espera encontrarse con gente fría, marcial, conocí una milonga donde la gente bailaba con un fervor, unas sutilezas y un respeto, increíbles hasta las cuatro o cinco de la madrugada”.

 

Progresivamente, el devenir de la charla ancla en anécdotas alusivas a su estilo. “Estuve tres veces en Broadway. En el ‘62 participé de un casting en el que la consigna era ‘New faces’, porque buscaban caras nuevas para el espectáculo. Conseguí ser seleccionado por el ‘fast tango’, o sea por lo que ellos llamaban tango rápido. Yo llamaba la atención porque la referencia previa que tenían era la de Rodolfo Valentino, que había impuesto en todo el mundo un tipo de tango más lento, con el eje del cuerpo en el ombligo. Algo completamente distinto a lo que estábamos acostumbrados a hacer nosotros en las milongas, que arrimábamos las caras y estábamos más abrazados”.

 

Una diferenciación estilística que se acentúa cuando asegura, ya refiriéndose a las figuras: “Yo tuve un sello distintivo, que eran los famosos diez ganchos consecutivos. Con [María] Nieves los hicimos muchas veces actuando con Aníbal Troilo en vivo, durante la parte final de Quejas de Bandoneón. Lo hemos hecho incluso sobre una mesa de café, a gran velocidad, como parte de un show en Estados Unidos”.

 

También por el estilo, explica la coronación en un campeonato celebrado en 1951 en el Luna Park, a la postre trampolín para su extraordinaria carrera profesional. “Ganamos gracias al público. Con Nieves sabíamos por varias fuentes que el título estaba arreglado, pero el público coreó tanto nuestro número que el jurado se vio obligado a elegirnos. La clave de nuestro éxito fue que pertenecíamos a una generación diferente a la de las otras dos parejas finalistas, acostumbradas a la música de Villoldo, Firpo y Canaro, o sea al tango milonga. Las mujeres todavía usaban polleras largas como Carmencita Calderón con El Cachafaz. Hacían apenas lo que dice Alberto Castillo en Así se Baila el Tango: ‘ahora una corrida / una vuelta una sentada’. Nosotros innovamos con giros, ganchos y paradas. Es que en Atlanta ya bailábamos a Pugliese, Di Sarli, Troilo y a todas las orquestas más modernas”.

 

El tradicional club de Villa Crespo vuelve a asomar cuando evoca sus años de tenaz aprendiz a través de la práctica en la pista, a lo largo de los años ’40 y ‘50. “Para poder integrarme a la milonga tuve que mandarme a hacer ropa para pagar a plazo. Porque los milongueros tenían todo un atuendo. Se vestían de acuerdo a pautas muy estrictas. Por suerte pude encontrar mi lugar: el club Atlanta. De esa época recuerdo que había tangos de Pugliese que me producían algo muy especial, aquí en el pecho, algo así como una hermosa angustia. Y en cuanto a nuestra forma de bailar, había una consigna que nos definía: morder el piso”.

 

A pesar de haberse formado en la escuela informal de la observación, la prueba y el error, Copes admite que la actual manera de aprender a bailar, organizada en clases, es mucho más efectiva. “Yo me iba todas las noches a bailar a algún club, por más que al día siguiente tenía que trabajar y estudiar. Yo necesitaba ver cómo se bailaba, porque en aquella época nadie te enseñaba. Hoy es todo mucho más sencillo, pero hay que tener cuidado. El aprendizaje es sistemático y progresivo. Hay muchachos que están ansiosos por hacer los pasos que les enseñan sus maestros. Y se ponen a hacerlos en la milonga, olvidándose que viene gente atrás. Así terminan dando patadas. Conozco colegas a los que les han roto los meniscos. ¿Por qué? Si con paciencia llega el dominio. Lo más difícil en cualquier danza es la sutileza. Cuando vos dominás la sutileza, dominaste todo, porque después lo podés acelerar”.

 

A la hora de seleccionar los espectáculos más importantes de su profusa carrera, dice: “Hay uno que implicó un cambio de paradigma para las danzas populares en escena. Lo presenté al comienzo de mi carrera, en 1956, curiosamente en el cine Metro. Basándome en un poema de Belisario Roldán, representé una partida de billar con seis bailarines. Después de verlo, Santiago Ayala me dijo: ‘Hace al menos diez años que no veía una idea como esta’. Después de eso, incorporó el tango a sus espectáculos y me ofreció hacer sociedad con él. Pero el mejor de todos creo que fue Entre Borges y Piazzolla, estrenado en 1997 en Mar del Plata y repuesto poco después en el Teatro Astral de Buenos Aires. En los papeles protagónicos actuaban Pepe Soriano y Raúl Lavié. Siempre había alguien moviéndose, incluso cuando los actores hablaban o cantaban. No tuve ni una crítica en contra y arrasamos con los Premios Estrella de Mar, pero no conseguimos buena cantidad de público en Buenos Aires”.

 

La tentación de dar con alguna clave que explique su vigencia después de tanto trajín escénico resultó irresistible. Así resumió los cuidados que tomó con su cuerpo: “El baile te exige disciplina. Cuando actuaba en shows de una hora y media o dos horas, bajaba entre dos y tres kilos. Eso lo tenés que recuperar, pero sobre todo tomando agua sin gas. Siempre me cuidé con la comida. Desde que empecé a dedicarme a esto profesionalmente que no almuerzo. Al mediodía, si tengo hambre, engaño al estómago tomando unos mates con unas galletitas. Además de joven hacía mucho deporte. Jugaba al fútbol y al basquet. Después, cuando pude viajar, probé deportes más exóticos, como paracaidismo y esquí acuático. Todo eso, unido a la práctica misma de la danza, me ayudó mucho”.


El Bailarín del Siglo

Juan Carlos Copes se crió en un hogar humilde, primero en el barrio porteño de Mataderos y, luego de varias mudanzas, su familia recaló en una casa de Villa Pueyrredón. En esa etapa, siendo apenas adolescente, germinó su pasión milonguera, la que lo llevaría a restarle horas de descanso a la noche (aunque al día siguiente esperara, impiadosa, la escuela técnica o el trabajo), la que lo empujaría a dirimir a las trompadas diferencias con barras milongueras rivales, la que le permitiría desarrollar un estilo espectacular pero basado en las raíces del tango social y la que lo llevaría a cruzarse con una chica flaquita, bajita y tímida, igual que él tan amateur como entusiasta: María Nieves.

 

Con ella fue que logró transformar una danza popular en un trabajo profesional. Si bien otros habían cobrado por clases, números vivos o exhibiciones, Copes y Nieves fueron los primeros en montar espectáculos teatrales atractivos. Así, Juan Carlos logró seguir los ejemplos de sus admirados Fred Astaire, Ginger Rogers y Gene Kelly pero con el tango como materia prima. Tras armar algunos audaces espectáculos tangueros con amigos, en 1961 llegó a Broadway gracias al New Faces Show. Desde entonces, recorrería el mundo entero con su arte. Siempre junto a Nieves (una bailarina excepcional), logró actuar varias veces para el Ed Sullivan Show de la TV estadounidense, se radicó en Las Vegas, luego en diferentes puntos de Europa y giró varias veces por México y América Central, mechando los viajes con temporadas artísticas en Buenos Aires junto a artistas como Aníbal Troilo, Ástor Piazzolla y Horacio Ferrer.

 

A principios de los ’80, el trabajo empezó a mermar, según cuenta. Pero al poco tiempo fue convocado para participar de la antológica revista musical-coreográfica de Claudio Segovia y Héctor Orezzoli Tango Argentino, con la que recorrerían el planeta entre 1983 y 1991. Antes y después de aquel hito, Copes siguió generando sus propios shows con un espíritu emprendedor que recién en los últimos años se relajó con actividades docentes, breves intervenciones en espectáculos for export y honores como el de la Legislatura porteña, que en 2001 le otorgó el título de “bailarín del siglo”.

  

La Descendencia

Recién en 1997 Copes rompió su pareja artística con María Nieves. Aquel año estrenó en Mar del Plata el que hoy considera su mejor espectáculo, Entre Borges y Piazzolla, ya sin ella. Por entonces como mera curiosidad, en algunas funciones de la temporada que el show cumplió en el Teatro Astral empezó a aparecer Johana, una de las hijas que Juan Carlos tuvo tras divorciarse de Nieves. Si bien la diferencia de edad y el vínculo filial tornaban improbable la conformación de una nueva pareja artística, al poco tiempo padre e hija empezaron a protagonizar exhibiciones con un lenguaje coreográfico uniforme y convincente. Así evoca Copes los inicios de su hija: “A principios de los ’90, cuando casi no había jóvenes bailando tango, convoqué a chicos de entre 15 y 25 años para guiarlos en el aprendizaje y Johana quiso sumarse. Yo pensé que para ella sería como un divertimento, algo pasajero. Pero siguió, y siguió y siguió...” Tanto perseveró que logró ser la pareja de baile de Juan Carlos durante aproximadamente diez años. “Me pareció que podía ser una forma de ayudarla en el desarrollo de su carrera”, explica él.

 

Johana recibió el espaldarazo de su padre y sigue teniendo a favor un apellido que es sinónimo de tango, pero ya demostró sobrados méritos propios. Dueña de un estilo depurado y elegante, ha lucido su técnica en incontables espectáculos y exhibiciones con otros compañeros, como Julio Altez, Martín Ojeda o Bruno Gibertoni. Con ellos también recorrió buena parte del mundo participando de festivales de tango basados en clases temáticas y noches de milongas con shows de música en vivo y exhibiciones de danza. Johana también es una apasionada del tango. En los últimos años, sus conocimientos del género típico porteño redundaron en varios trabajos como coreógrafa y en convocatorias para integrar jurados en finales de campeonatos de tango organizados por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Además, se destaca como una entusiasta productora de eventos creados por ella misma: desde mediados de la década pasada lleva adelante el Festival Bailemos Tango (que atrae a bailarines de todo el mundo hacia Buenos Aires) y el Festival Lady’s Tango (focalizado en las particularidades del rol femenino y concretado también en la ciudad cuna del género).


 
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