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sábado, 10 de agosto de 2013

Entrevista

Danza Intergaláctica

Por Daniel Sousa

Margarita Bali regresa al Teatro San Martín con una obra sobre planetas y nebulosas, en la que conjuga sus lenguajes predilectos: la danza y el video. El programa se completa con trabajos de Mauricio Wainrot y Daniel Goldín

Obras de Margarita Bali, Daniel Goldín y Mauricio Wainrot componen el segundo programa del año del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín, que acaba de estrenarse en la imponente sala Martín Coronado.

De Wainrot, director de la compañía, se ofrece una nueva reposición de La Consagración de la Primavera, sobre la creación musical de Igor Stravinski. Goldín, coreógrafo argentino radicado hace veintiséis años en Europa, montó para el Ballet Contemporáneo Oscuras Golondrinas, una pieza ligada a la danza moderna alemana. Margarita Bali, en tanto, trajo a la escena oficial un lenguaje con el que ha venido experimentando en el último tiempo, nacido de la comunión entre las artes visuales y la danza.

La relación de Bali con el Ballet del San Martín se caracteriza por la intermitencia. Integrante del elenco original de la compañía en su debut en 1977, bajo la dirección de Ana María Stekelman, la artista creó ese mismo año para el elenco la obra Biósfera. La temporada siguiente montó también la coreografía de La Novia, sobre música de Giuseppe Verdi.

Más adelante, en 1984, ya con Oscar Araiz al frente del Ballet, fue invitada a reponer De Saco y Corbata, una pieza que Bali había estrenado con Nucleodanza, su propio grupo. En 1996, en tanto, hizo Hombres en Juego, creada especialmente para la compañía oficial.

El año pasado, Margarita Bali realizó una videoinstalación para la 2º Bienal Kosice en el Planetario porteño, bautizada Homo Ludens Intergaláctico, que fue reconocida con el segundo premio por parte del jurado presidido, justamente, por el escultor y artista plástico Gyula Kosice, pionero del arte tecnológico. “Filmé muchísimo material para esa obra, con bailarines incrustados en el espacio, y se me ocurrió que podía resultar interesante hacer una combinación con la danza en vivo”, comenta la coreógrafa. “Al no tener ya un grupo estable desde la disolución de Nucleodanza, le envié una carta a Mauricio (Wainrot) explicándole lo que me interesaba hacer. En realidad, hace muchos años él me había propuesto montar algo con la compañía del San Martín pero no coincidimos en los tiempos. Ahora que yo tenía una idea, quise presentársela. No pensé que me diría que sí tan rápidamente como lo hizo. De verdad me sorprendí”.

La idea original de lo que hoy es Galaxias fue mutando al encontrarse la coreógrafa con catorce bailarines abiertos a la experimentación. “Monté una coreografía totalmente nueva especialmente para ellos”, explica. A la vez, la directora filmó a los bailarines en dúos y sumó esas imágenes a determinadas escenas de la obra que ameritan “una doble visión, en escena y en pantalla”.

¿Qué riesgos plantea el uso del video en una obra de danza?

Hay que cuidar mucho que no gane una forma sobre la otra. Debe existir una complementariedad. Es difícil de lograr, pero vengo trabajando en esto hace mucho tiempo, hace más de quince años que en mis obras coinciden videos y bailarines en vivo: Línea de Fuga (1994), Ave de Ciudad (1998), Naufragio in Vitro (1999)… En Hombre Rebobinado (2012), la última obra que hice, utilicé ocho proyectores simultáneos y un intérprete en vivo. En todas ellas traté de encontrar el balance, de direccionar la mirada del espectador. No deja de ser un desafío lograrlo. Sobre todo en este caso, porque nunca he proyectado al tamaño al que lo hago en esta obra en el San Martín. Sobre el final hay además una proyección parcial sobre un cilindro que representa un agujero negro.

¿De dónde nace su interés por la astronomía?

A raíz del trabajo para la Bienal Kosice estuve leyendo mucho sobre el tema. Para esta obra utilizo imágenes del Hubble Space Telescope, de la NASA, que permite bajar videos de muy alta definición y utilizarlos legalmente. Son maravillosas esas imágenes. Es así que me muevo entre galaxias y nebulosas. Todavía no volví (risas). Los artistas solemos meternos en un tema y hacer dos o tres obras relacionadas. Para mí este tema todavía no se agotó.

¿Qué otros cambios tiene la obra respecto de la que le dio origen?

Tiene un vestuario algo más fantasioso, que es obra de Mónica Toschi, quien trabajó mucho sobre lo transparente. En la obra se alude a planetas y satélites que represento con pelotas, y a raíz de esto comencé a trabajar con material transparente, que Mónica trasladó también al vestuario. La iluminación de todo el programa es obra de Eli Sirlin.

¿Qué le atrae de trabajar sobre música original?

Es muy interesante y muy laborioso a la vez. A veces envidio a los que eligen una música ya hecha y construyen sobre eso. En este caso, la música original es obra de Gabriel Gendín, quien trabajó en paralelo con el montaje de la coreografía. Esta forma de trabajo es muy tensionante pero me brinda la satisfacción de contar con una música hecha especialmente, a la vez que me permite pedirle algunas cosas muy puntuales al músico.

Entre 1975 y 1998, Margarita Bali codirigió junto con Susana Tambutti la emblemática compañía de danza contemporánea Nucleodanza. Continuó luego sola, hasta que en el año 2000 el elenco se disolvió. Daniel Goldín, cuya obra comparte el segundo programa del San Martín con el nuevo trabajo de Bali, formó parte de Nucleodanza en 1982, en las obras Ráfagas y Como de Costumbre.

"Fueron veinticinco años, una enormidad para la danza independiente en la Argentina y en el mundo”, justifica Bali cuando se le pregunta qué fue lo que marcó el final de aquel emprendimiento titánico. “Los últimos diez años habíamos achicado mucho el grupo, eran apenas cinco bailarines, pero nos la pasamos viajando a Europa todos los años. Prácticamente vivíamos haciendo obras en la Argentina para llevarlas de gira a Europa y Estados Unidos. En Buenos Aires hacíamos una temporada anual de, quizás, ocho funciones. El resto íbamos afuera”.

También el hecho de que Susana Tambutti decidiera dedicarse de lleno a la docencia y la teoría resultó definitorio. Bali se abocó entonces a profundizar en las videoinstalaciones, lo que le permite -dice- trabajar con grupos que se integran eventualmente y luego se desarman. “Hago un trabajo más individual. El video me ayuda a seguir creando sin la necesidad de estar pendiente de una compañía estable. Al tener un grupo, uno asume un compromiso muy grande de hacerlo trabajar continuamente, el tema económico y conseguir subsidios… es muy esforzado”. Al mismo tiempo, Bali sigue adelante con su propia escuela de danzas en el barrio de Belgrano.

Locuaz, inteligente, encantadora dama, Margarita se confiesa muy entusiasmada con esta oportunidad que le ha dado el teatro oficial. Pero no descansa en los logros conseguidos. Ya piensa en una videoinstalación conjunta con la escultora Claudia Aranovich, que presentará en el Centro Cultural San Martín antes de fin de año.

 


 
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