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lunes, 10 de junio de 2013

Tango

Cafetín de Variedades

Por Carlos Bevilacqua

 

Tango Bistró, que estará en cartel hasta fin de año en el Centro Cultural Borges, es una amena y original propuesta que incluye música en vivo, danza y canto

 

¿Quién dijo que a los turistas hay que darles siempre lo mismo? El preconcepto que sostiene que el extranjero que va a ver un espectáculo de tango quiere encontrarse con una colección de estereotipos es un dogma que se fue afirmando más por la avaricia y la pereza que con datos objetivos. Por su ubicación y política comercial, el Centro Cultural Borges está claramente insertado en un circuito de turismo extranjero que, una vez en la Argentina, busca experimentar nuestra expresión artística más conocida a nivel mundial. Su último intento por seguir atrayendo parte de ese flujo de público ocasional demuestra que es posible armar un espectáculo que cumpla con las expectativas de los visitantes sin caer en cliché.

 

Estrenado a principios de abril, Tango Bistró reúne música en vivo, canto, danza, una mínima pero eficaz animación y hasta una degustación previa de fernet con bebida cola. No es en la estructura formal de los cuadros que la producción de Tatiana Kotzarew innova especialmente: sobre el escenario se suceden números instrumentales, otros cantados (los más) y muchos que incluyen danza, en su mayoría sobre grabaciones. Pero el repertorio no está integrado por los clásicos más obvios, sin por eso resignar belleza, calidez o “tangueridad”. Las versiones que entrega el trío de músicos en escena suenan con arreglos originales y oportunos. La danza es un rico muestrario de las posibilidades del tango como lenguaje abierto a diversas influencias, materializada además en los cuerpos de dúctiles intérpretes. Los segmentos cantados tampoco tienen fisuras, gracias a la capacidad vocal y expresiva de Fabián Russo, un artista clave de la puesta porque hilvana todo con breves comentarios a la manera de un maestro de ceremonias entre caballeresco y canyengue.

 

Como coordinador musical del show, Russo también es responsable fundamental de los gratos sonidos que generan Carlos Filipo (guitarra), Luis Vázquez (bandoneón) y Roberto Amerise (contrabajo). Es más: llega a sumarse como guitarrista durante la interpretación meramente instrumental de Libertango. Los tres instrumentistas forman un equipo sólido, con variantes, que tiene en Filippo a un músico capaz de introducir arpegios atípicos para el género pero de hermosos resultados.

 

En tanto cantor, Russo es un artista de notables condiciones. Acaso por la gran cantidad de trabajo que lo mantuvo ocupado en el exterior, es poco conocido en el ambiente tanguero local. Sin embargo, ostenta varios méritos curriculares: fue voz de la Orquesta Color Tango, del Sexteto Canyengue y llegó a actuar con Osvaldo Pugliese y Roberto Goyeneche, glorias de la música típica porteña ya fallecidas. Además, es miembro correspondiente de la Academia Nacional del Tango en Holanda. Entre los grabados en Argentina y en Europa suma seis discos. En Tango Bistró es un virtuoso y carismático intérprete de piezas más o menos frecuentadas como La Canción de Buenos Aires u Olvido, algún que otro archiconocido hit (como Los Mareados o Por una Cabeza) y de muchos temas desconocidos por el gran público, como Mi Noche y Yo (de Horacio Ferrer y Chico Novarro) o Milonga para Pepito Avellaneda (escrita por el mismo Russo en homenaje al famoso bailarín de pista).

 

Diseñados por el joven coreógrafo Leonardo Cuello, los tramos bailados están a la altura de sus producciones. Secuencias de líneas cuidadas, muy tangueras pero no por eso previsibles, llenas de matices y con una teatralidad medida. Tal guión encuentra intérpretes de muchas condiciones en dos de las parejas de su compañía: Ayelén Sánchez y Wálter Suquía, por un lado, y Ollantay Rojas y Laura Zaracho, por otro, quienes además confluyen en un par de escenas. Los primeros se lucen solos al ritmo del vals Flor de Lino, al principio del programa; en tanto los segundos brillan con Pata Ancha, el tango instrumental de Mario De Marco, poco después, además de hacerlo con otras músicas. De todas las coreografías, se destaca por ingenio la que Rojas y Zaracho protagonizan en interacción con una tela que cubre todo el piso del escenario, en un ámbito súbitamente invadido por humo artificial. Esta representación de la compañía de Cuello será parte de Tango Bistró hasta fines de mayo. Otras dos parejas -con otras coreografías y otros vestuarios- reemplazarán luego a las dos mentadas, aunque hasta fines de junio con Cuello como coordinador de los números de danza.

 

Cerca del final del espectáculo, Russo define lo que él entiende por “bistró”, término del francés que alude a un cafetín en el que siempre aparece alguien que canta o muestra alguna otra destreza artística. El espíritu informal, hedonista y bohemio de esos reductos se respira como una pátina que distingue a este trabajo, que volverá a ofrecerse, una vez por semana, hasta fin de año.


 
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