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viernes, 10 de mayo de 2013

Nota de Tapa

Puertas que se Abren

Por Daniel Sousa

El Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín dedica su primer programa del año a difundir la obra de nuevos coreógrafos de diversas extracciones. Analía González, Anabella Tuliano y Juan Onofri Barbato hablaron con Balletin Dance sobre la génesis de sus trabajos y el desafío de adaptarse al sistema de producción de la compañía oficial

 

El año comenzó para el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín con la reposición de una obra de Mauricio Wainrot que recogió excelentes críticas en el cierre de la temporada anterior, Flamma Flamma. El conflicto en la Sala Alberdi, que se trasladó luego a las puertas mismas del San Martín, afectó el normal desarrollo de las funciones previstas, pero no hizo mella en el impulso creador de Wainrot ni en el inclaudicable empeño de la compañía oficial. Es así que el 18 de este mes, el Ballet Contemporáneo estrenará en la sala Martín Coronado su primer programa de 2013, dedicado a difundir el trabajo de jóvenes coreógrafos.

La convocatoria recayó en tres artistas que, aun poseyendo lenguajes corporales distintos, reconocen entre sí varios puntos en común. Se trata de Anabella Tuliano, Analía González y Juan Onofri Barbato, quienes por estos días ensayan a todo vapor con el elenco.

Anabella Tuliano es la directora del grupo de danza contemporánea Cadabra, compañía residente del estudio Domus. Integró hace algunos años la compañía Utopía, del brasileño Sergio Berto, y se formó en el exterior con Roseli Rodrigues, de la Compañía Raça de San Pablo. Entre sus últimos trabajos como coreógrafa y directora se cuenta el doble programa que presentó el año pasado en el Centro Cultural Borges, compuesto por las obras Domesticame y Cadabra.

Analía González es la laureada coreógrafa de El Choque Urbano, que con el más reciente espectáculo de esa compañía de percusión, Baila!, obtuvo los premios Hugo, Trinidad Guevara y Estrella de Mar. Estudió con Wasil Tupin, Freddy Romero y Adolfo Colque, entre otros maestros; trabajó para Disney y coreografió también para el Ballet Argentino (Egon Schielle, 2011).

Juan Onofri Barbato, en tanto, nació en Neuquén y se formó en el Taller de Danza Contemporánea del San Martín. Tiene en su haber obras como Tualet, Ocupaciones Breves y Pack. En 2010 creó el grupo Km29, con el que lleva adelante un proyecto de resocialización de jóvenes a través de la danza. Como fruto de esa iniciativa nació Los Posibles, que se estrenó en 2011 en el TACEC del Teatro Argentino de La Plata y acaba de concluir una breve temporada en la sala AB del recuperado Centro Cultural San Martín. A fines de mayo se estrenará en la sala Lugones una película sobre este proyecto, con dirección de Santiago Mitre.

 

¿Los sorprendió esta convocatoria?

Analía González: Mucho, sobre todo porque yo no vengo del palo del San Martín y esto es algo que no estaba en mis planes. Me alegró mucho, por otra parte. Me llamaron a fines del año pasado y presenté algo parecido a un proyecto, más bien una idea. Fue algo simple, rápido. Tuve una reunión y no hubo más que coordinar las cuestiones de rutina.

Anabella Tuliano: Yo estuve con Cadabra en la celebración del Día de la Danza, en la que también actuó el Ballet del San Martín. Andrea (Chinetti, codirectora de la compañía) estuvo viendo mi trabajo y evidentemente le gustó la propuesta. Un día me llamó Mauricio y me propuso elaborar un proyecto.

Juan Onofri: Yo debo decir que no me sorprendió la invitación dado que ya me habían convocado en el año 2008 para presentar una obra llamada Ansia, que fue la tesis con la cual egresé del Taller. En aquel momento Mauricio la vio y me propuso hacerla acá. Formó parte de la programación oficial pero finalmente no se pudo dar porque nosotros decidimos estrenarla en el circuito independiente y era incompatible hacerla en el independiente y en el oficial. Nos inclinamos por el otro camino, finalmente, pero a partir de eso quedó una relación abierta.

 

¿Reconocen puntos de contacto entre ustedes?

AT: Tenemos lenguajes diferentes pero muchas cosas en común. No trabajamos con un lenguaje contemporáneo puro sino que es producto de nuestra formación, de todo lo que uno ha ido incorporando con los años. En mi caso, tal vez los puntos de contacto sean mayores con Analía que con Juan, dado que las dos estudiamos con Roseli Rodrigues, que es nuestra maestra base. Tal vez compartamos algo de la emotividad y la energía física que ella nos ha inculcado.

JO: En este sentido, es interesante ver cómo los bailarines se adaptan a todos los lenguajes. Es un grupo de gente con mucha voluntad de trabajo y eso es fundamental.

AG: Hay mucha disposición de parte de todos, es cierto. Trabajan muchísimo: en este momento están aprendiendo tres obras nuevas y re-montando otras dos: Las Ocho Estaciones y Consagración de la Primavera. Es casi un exceso, pero hay en ellos una predisposición absoluta. Son muy trabajadores, muy profesionales. Es admirable su capacidad para retener física e intelectualmente todo. Yo misma a veces no recuerdo cosas que ellos sí.

JO: Tienen una capacidad de fijación del material que es maravillosa. Aunque para mí a veces eso es un poco perjudicial porque se cristalizan cosas que yo preferiría que coreográficamente estén algo más inestables, en bordes más vulnerables. Los chicos tienden a construir formas muy determinadas, que fijan, y es difícil que ese material después se movilice en otra dirección. Esa es la contra de la memoria tan precisa. Aunque eso mismo hace que se sistematice la obra muy rápidamente porque ellos la entienden y la memorizan rápido.

 

Juan, ¿cómo surge Los Trompos, la obra que va a presentar?

Arranqué con un planteo de lineamiento performático pero se fue adaptando a lo que el ballet resiste como propuesta estética. Resiste, digo, en el sentido de lo que permite pero también de lo que rechaza, utilizo esas dos ideas de resistencia. El trabajo, entonces, se fue amoldando a las posibilidades del espacio y de los bailarines. La obra es un recorrido en torno a un elemento específico de movimiento, que está girando todo el tiempo. Ese elemento está presente constantemente pero es más que nada una alegoría. No estoy interesado en hablar particularmente del giro sino de la producción posible de un estado físico que le permita al bailarín trascender la presencia y complejizar su estado en escena. Es decir, poder conectarse con un estado físico aeróbico mayor, poder entrar en una sintonía de movimiento que no sólo tenga que ver con la coreografía sino con lo que al bailarín le empieza a suceder dentro suyo cuando permanece mucho tiempo en algo. Acá, para permanecer mucho tiempo en algo, el elemento elegido es el giro. De cualquier modo, ese giro se fue diluyendo a medida que avanzaban los ensayos y empezamos a encontrar otras maneras de permanecer en el tiempo con un mismo elemento. Esta propuesta intenta radicalizar el estado físico, la manera física de permanecer en el escenario. Trabajo con quince integrantes de la compañía que están prácticamente todo el tiempo en escena. Y asumo esta invitación como la posibilidad de contar con un espacio para experimentar sobre algo nuevo.

 

¿Se emparenta en algún sentido con Los Posibles?

Muy poco. De hecho, la forma de trabajo que me planteé esta vez es bien distinta. El proceso de Los Posibles duró un año y trabajamos sobre la presencia de los bailarines en el escenario y el vínculo entre ellos. Eso acá no lo puedo trabajar porque los ensayos son de una hora y media, cuando mis ensayos de otras obras duran tal vez cuatro horas. Este sistema de producción impide poder profundizar, por eso me está costando mucho y he tenido que negociar mucho la idea que traía. El sistema de ensayos que está pautado, más la cantidad de obras que hacen los chicos y el estado general, dificultan mucho que uno puedo profundizar en algo. A mí me pasa un poco eso, quizás otros coreógrafos lo han podido hacer, pero yo en lo personal siento que el régimen de trabajo no está orientado a que uno pueda calar hondo. Eso es algo que yo sí pude hacer en Los Posibles. Esta vez no estoy pudiendo llegar a ese nivel de profundidad que a mí tanto me motiva en el trabajo. Estoy en un estado intermedio entre la profundidad y la superficialidad, tratando de llegar un poco más hondo, pero también siento que estoy perdiendo peso en el camino.

 

Analía, ¿cómo ha sido la experiencia de saltar del circuito comercial a la esfera oficial?

Es muy fuerte la transición. Con Baila! tuve, como Juan, un proceso muy largo de creación. Hace diez años que trabajo con El Choque Urbano a nivel creativo. Todas las áreas nos movemos por separado pero también en conjunto. Antes de comenzar los ensayos de una obra tenemos meses de reuniones, pruebas, dibujos, ideas. Y cuando empezamos a crear la obra ensayábamos de lunes a sábados entre seis y ocho horas. Esto, durante cuatro a seis meses. E incluso cuatro meses es poco para una obra nueva. Eso te permite profundizar, ver, reconocer, trabajar mucho con el ensayo y error. Con este método que se aplica en el San Martín es bastante difícil. Aunque también lo pone a uno ante un desafío nuevo como creativo, que le permite redescubrirse trabajando de otra manera. El factor fundamental, la diferencia en el proceso creativo la da el tiempo y cómo uno puede profundizar en ese tiempo.

 

Después del Sol es su obra ¿Cómo la define?

Cuando surgió la propuesta me encontré un poco desnuda. En ese momento me sentía muy lejos del San Martín en todo sentido. Entonces, como a mí me gusta mucho partir en el proceso creativo desde una imagen, pensé en una imagen que fuera común a todos, sobre todo porque desconocía la gente con la que iba a trabajar. A los bailarines siempre los vi sobre un escenario, no los conozco. En cambio, yo estoy acostumbrada a trabajar con mi compañía, que son parte de mi familia. Con ellos puedo calar muy profundo. Entonces -decía- me vino la imagen del sol y de un momento del día que a nadie le resulta ajeno, que es el atardecer. Me puse a investigar qué representa el atardecer para las diferentes culturas y religiones, incluso a través del tiempo, y me encontré con muchos significados. Tomando esos diferentes conceptos armé un poco el mío. La obra transcurre en un atardecer real, se proyecta esa imagen en progresión. Mientras muere el sol van surgiendo pequeñas historias que vinculan a los catorce bailarines entre sí, y que a la vez, entre todas, dan forma a una misma historia.

 

Anabella, Infima Constante es su estreno ¿También siente que debió resignar algo de la idea original?

No tanto. Mantengo la misma línea estética que trabajo con Cadabra. Es una estética minimalista, con la presencia sólo de los bailarines. La base de mi trabajo está puesta en los bailarines, la interpretación, y nada más. Necesito que el tiempo se detenga para crear una atmósfera de poesía. Repito eso también en este caso.

 

¿Cuál es la ínfima constante a la que alude el título?

Es ese segundo cotidiano en el que uno toma conciencia de su pequeñez, de su mortalidad, de que el momento es ahora y no se repite jamás. Esto abarca la realización, a partir de ese momento, de todos los caminos posibles con plenitud. Infima… habla del momento pleno, de calma; y de la capacidad de rearmarnos desde las piezas, de renacer de las cenizas. Muchas veces se nos nubla el sentido de la vida, cuando en realidad la magia es poder abrir los ojos cada mañana. A mí me gusta coreografiar sobre sensaciones muy íntimas, y esta obra habla un poco de eso. El gran desafío para mí es qué le pasa al intérprete con lo que yo propongo, porque es algo muy profundo.

 

Juan, como egresado del Taller del San Martín ¿tiene un valor especial para llegar a coreografiar para la compañía mayor?

Sí, está buenísimo. Yo soy casi un adicto al escenario y espero que eso no se cure (risas). Poder estar con una de mis obras en la sala Martín Coronado es fantástico, es un lugar increíble. En ese sentido, la convocatoria fue una alegría. Para mí fue muy difícil hacer el Taller del San Martín, mis docentes lo saben. Yo venía de Neuquén, llegué y me metí en un espacio de estudio que es muy demandante y exigente. Es difícil entrar y más aún, egresar del Taller, y yo hice las dos cosas con un esfuerzo enorme. Después de eso, poder proponer y compartir algo de lo que experimenté luego de salir del Taller, es muy bueno.

AG: Convocatorias como ésta son de esas cosas que van sucediendo sin que las busques, y eso es lo más interesante. Te ubican en un lugar nuevo, desconocido. A mí personalmente me gustan los abismos. Es muy movilizante.


 

 
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