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miércoles, 10 de abril de 2013

Teatro Musical

El Musical Inolvidable

Por Daniel Sousa

 

A diez años del estreno de Jazz Swing Tap, comparten sus recuerdos Sandra Guida, Vanesa García Millán, Mariano Botindari, Elizabeth de Chapeaurouge, Jimena Olivari y Rodrigo Cristofaro

  

Se estrenó el 5 de junio de 2003 pero los ensayos habían comenzado cinco meses antes y, previo a eso, la audición rigurosa, que dio como resultado un elenco soñado. Diez años se cumplen del debut de Jazz Swing Tap, la celebrada revista musical que produjo Alejandro Romay y que marcó una época en la historia reciente del teatro musical argentino.

Con Sandra Guida, Elena Roger y Diego Reinhold en los roles estelares, orquesta en vivo a las órdenes de Gerardo Gardelín, y un ensamble de 24 cantantes-bailarines, el recuerdo de aquel espectáculo que se alzó con ocho Premios ACE en esa temporada sigue vivo entre los amantes del género.

“Esa obra es un mito -confirma Elizabeth de Chapeaurouge, quien estuvo a cargo del diseño coreográfico-. Quedó grabada en la memoria de la gente para siempre. Para mí es, quizás, mi obra más querida porque fue un trabajo completamente original. Hicimos un metié que acá nadie conocía, una mezcla de jazz antiguo con una connotación muy actual. Algo inolvidable”.

Fueron seis meses de funciones en el Teatro Broadway y a su término, una semana de presentaciones en el Teatro Municipal de Santiago de Chile.  Una temporada relativamente corta que, como cuentan varios de los protagonistas que ahora se dedican a la docencia, aún hoy sigue acercando gente a las escuelas de danza y comedia musical. Mariano Botindari, que fue el más joven de los integrantes varones de aquel elenco (tenía apenas veinte años), admite que siente “mucho orgullo” cuando sus alumnos le dicen que empezaron a bailar después de ver Jazz Swing Tap. También Jimena Olivari, otra pieza fundamental dentro del ensamble, que no deja de sorprenderse de que la gente todavía le recuerde aquel trabajo, lo que la lleva a preguntarse “por qué razón no lo han hecho nuevamente”.

¿Cuál fue el secreto de aquel suceso? Sandra Guida opina que “hubo un trabajo muy grande de Elizabeth, Gardelín (director musical) y James Murray (director artístico). Pero además, todos nos habíamos puesto el proyecto sobre los hombros. Lo parimos desde nuestras individualidades, aportando cada uno cosas interesantes. Ese fue el gran acierto de los directores, que estuvieron siempre muy abiertos a las sugerencias y las propuestas”. Para Guida fue la oportunidad de hacer una rentrée gloriosa en Buenos Aires, “con un espectáculo superlativo”, dice. Se había marchado a trabajar a México después del éxito de Chicago y Jazz Swing Tap que le permitió volver “feliz y orgullosa, y no perder la impronta que había marcado” con la obra en la que compartió cartel con Alejandra Radano en 2001.

Vanesa García Millán, para quien Jazz Swing Tap fue el primer trabajo importante en su carrera artística, cree que la obra “marcó un momento de la danza en la Argentina. Fue muy bien vista entre los colegas del ambiente y el público la aceptó porque era un espectáculo distinto. A todos los que estuvimos ahí nos dejó muy bien posicionados como bailarines”, señala.

El proyecto era un viejo sueño de Alejandro Romay: un show brillante, con mucho baile y pinceladas de humor, al ritmo de las más populares partituras del jazz y con evocaciones a la época de oro de las películas musicales de Broadway. El resultado estuvo a la altura del desafío. Colaboraron, sin duda, el excelente casting, el encomiable trabajo del trío de directores y los aportes de Fabián Luca en el vestuario y de Ariel del Mastro en la iluminación.

“Ya no se ven espectáculos de esta envergadura -se lamenta Guida-. ¡Hay que tener a un elenco tan numeroso ensayando durante cinco meses…! Es que acá estamos mal acostumbrados. Cualquier musical americano lleva cuatro años de proceso y un año de testeo en el interior, antes de llegar a Broadway. En ese período lo que no funciona se saca, lo que no gusta se corta. Cuando llega a Broadway, la obra ya tiene un año de trabajo sobre el escenario. Acá, muchas veces, se quiere sacar una obra en apenas dos meses”.

Botindari ratifica que en Jazz Swing Tap “se probó mucho. Si bien Elizabeth tenía una idea muy clara de lo que quería, las cosas iban cambiando todo el tiempo. No fue como esos proyectos que hay que tenerlos listos en dos meses salga como salga. No, acá no. Para hacer algo desde cero dos meses no alcanzan. Es distinto cuando viene un clon de afuera, porque ya está todo guionado. En este caso estuvo bueno tener tiempo de ir y venir, de probar”.

 

Don Alejandro

La figura de Romay, su dedicación e interés en sacar adelante el proyecto, son rescatados por casi todos los que participaron de la obra. “Recuerdo que era una persona muy generosa -sostiene Olivari-. Es raro encontrar alguien así ahora. Cuando surge algún productor nuevo, uno siempre piensa ‘ojalá que tenga algo de Romay’ en el sentido de la generosidad. Se notó mucho su ausencia en el teatro cuando se retiró”.

Todos los integrantes del ensamble audicionaron para llegar a la obra (aun los que eran alumnos de Elizabeth en su estudio del barrio de Liniers). “Una audición bravísima -recuerda Jimena-. Canto, baile, actuación, y que te vea don Alejandro. El tipo la tenía re clara, sabía bien qué era lo que iba a funcionar”.

La de la obertura es una anécdota que cada uno repite agregándole condimentos personales. “Era espantosa, a los bailarines no nos gustaba nada”, reconoce Olivari. “Demasiado tranqui, muy soft, de un Broadway de los años ’50”, la describe Mariano. El tema era que a Romay no le convencía. “Venía, se la mostrábamos, y nada. Decía que la cosa no caminaba, pegaba media vuelta y se iba ofuscado. El creía que el primer cuadro tenía que explotar”. Fue así hasta que, a poco del estreno, decidieron sacar ese cuadro, que se llamaba Todos Tenemos Ritmo, y se montó In the Mood, una de las escenas más recordadas por su vibrante energía. “Ese acierto se dio por el ojo de Romay, al final tenía razón”, reconoce García Millán.

Los recuerdos emergen a borbotones. Jimena evoca que en la búsqueda por encontrarle el rumbo a la propuesta, Romay les anunció un día que sumaría a Las Trillizas de Oro. El desconcierto fue mayúsculo. Tanto como cuando trajo a un cómico al que puso a prueba delante de todo el elenco y que, finalmente, tampoco quedó. Para el estreno se rumoreó que vendría la mismísima Liza Minnelli pero el sueño terminó desvaneciéndose. Aunque hubo otra extranjera fanática del espectáculo: la uruguaya China Zorrilla estaba haciendo El Camino a la Meca en el Multiteatro, a una cuadra del Broadway, y cada noche, al terminar su función, salía corriendo para no perderse los últimos minutos de Jazz Swing Tap.

 

La escalera

El centro de la escena estaba presidido por una escalera de enormes dimensiones, casi una protagonista más de la obra. “Fue algo terrible trabajar con eso -recuerda Elizabeth entre risas-.  Más que una escalera de vedette, esto era una tribuna y había que incluirla sí o sí en las coreografías. Aún hoy veo el video y no puedo creerlo. Además, la puesta de luces que había hecho Del Mastro era tan milimétrica que no te podías correr un centímetro del lugar indicado. Fue así que planteamos las posiciones en la escalera como si se tratara de una batalla naval: C 14, A 7”.

“En el final, el ensamble salía por orden alfabético y yo era el primero -aporta Mariano-. Saludé al público, me di vuelta, corrí a mi ubicación en la escalera y terminé estampado contra el piso. El escenario desnudo y yo ahí tirado. No fue imposible trabajar con eso, pero nos resultó difícil”. Vanesa lo ratifica: “Era una locura zapatear en la escalera, subiendo y bajando todo el tiempo. Pero cuando lo vi de afuera me di cuenta que era imponente”.

A diferencia de otros espectáculos del estilo, en Jazz Swing Tap no había bailarines de reemplazo. Botindari explica que “cada uno tenía uno o dos cuadros extra que debía saber por si faltaba alguien. Débora Turza y yo éramos reemplazo en la obertura, que era cuando todo el elenco estaba en escena, por lo que me tuve que aprender doce lugares por si había que cubrir a alguien”.

Elizabeth, que en 2003 ganó los premios ACE y Trinidad Guevara por la coreografía de esta obra, se saca el sombrero ante esos bailarines. “Fue un elenco soñado. Me encantaría volver a convocarlos a todos y hacer algo juntos porque son gente que tiene un peso escénico que los bailarines jóvenes no tienen”. Mariano recuerda que muchas veces le han preguntado “cómo hacíamos para bailar tan iguales. Y lo genial es que no bailábamos todos iguales, el secreto era la coreografía de Elizabeth, que permitía que se nos viera iguales. Todos teníamos un muy buen estilo pero éramos de diferentes edades y con distintas energías. Sin embargo, la coreografía estaba armada de tal manera que se daba una uniformidad”. “El corazón del espectáculo eran las coreografías de Elizabeth”, remata Jimena.

 

Sueño cumplido

A Vanesa, además de gratísimos recuerdos, Jazz Swing Tap le dejó un marido: Rodrigo Cristofaro. “Nos conocíamos desde chicos pero ahí empezamos a salir”, comenta. “Para mí, que toda la vida me gustó ser ensamble, espectáculos como éste eran algo soñado porque te la pasabas bailando de principio a fin. En las comedias musicales uno tiene tres o cuatro cuadros importantes y el resto del tiempo lo pasa en el camarín. Acá no, teníamos diez o doce números, todos divinos”.

Rodrigo admite que “en aquella época no entendíamos bien por qué a la gente le gustaba tanto. ¿Tan bueno está?, nos preguntábamos. Después de cinco o seis años vimos el espectáculo por primera vez en un video y nos dimos cuenta que era impresionante”.

 

La obra fue un gran semillero de coreógrafos y bailarines ¿Imaginaban que podía significar un despegue para ustedes?

(Vanesa) Fue muy loco todo lo que pasó. Con Rodrigo estamos a punto de empezar a coreografiar Anything Goes, otra obra en la que el tap es muy importante, y en algún punto creo que esta experiencia se conecta con lo que fue nuestra presencia en Jazz Swing Tap. Tal vez hoy no nos confiarían una coreografía tan importante de jazz y de tap si no tuviesen la confianza de que uno tiene claro cómo hacerlo.

(Mariano) Para mí fue una gran escuela. Yo no era muy experimentado en tap y laburé mucho durante la temporada para estar a la altura del resto. Si bien estaba muy bien formado en jazz, en tap no estaba a la altura de Rodrigo, Vanesa o Jimena, que son unas bestias. Por eso tenía mucho miedo de que un día llegara Elizabeth y me hiciera sacar las chapas de los zapatos. Eso hubiese sido lo peor que me podía pasar.

 

A la hora de señalar los cuadros preferidos, las opiniones se dividen. Sandra recuerda “el tema que cantábamos con Elena, Él te Ama”, y otro, Yo Amo el Piano, con una expresiva puesta de luces de Del Mastro (muy elogiado por todos). “Después ya no volví a trabajar con Elena, pero los adoro a ella y a Diego, son dos genios. No sólo están dotados de talento sino que además han trabajado como artesanos moldeando al artista que llevan dentro”.

Una escena famosa, la del vestido con cola, fue una de las propuestas que el equipo creativo aceptó de buena gana. “Un amigo, José Muñoz, me hizo una sugerencia, vino la idea, lo comenté con James y con Fabián Luca, y ahí nomás nació el cuadro del vestido. El tema que cantaba era Teach Me Tonight. Es así: cuando la idea es buena y la gente tiene pasión por lo que hace, enseguida se nota”.

El preferido de Jimena era Los Aburridos. “Un cuadro diferente. Diez bailarines de tap que nos movíamos al ritmo del tema Tuxedo Junction, como cansados. En eso Rodrigo se encendía y nos contagiaba a todos. También me gustaba Crazy Rhythm, un típico número de tap. Quizás hoy a todos nos gustaría zapatear algo más moderno, pero ese era el clásico cuadro de tap de los espectáculos de jazz. Todos con nuestro frac, iguales varones y mujeres, preciosos. La gente moría”.

Mariano se inclina por lo que Murray bautizó como “la trilogía”, compuesta por Vos Mandás, que cantaba Sandra; Maldito Boogie, que interpretaban Nicolás Armengol y Charly G, y un tercer tema de Reinhold con las mujeres. “Había otra canción que cantaba Elena vestida de amarillo, junto con tres varones vestidos de gangsters. Yo era uno de ellos y me encantaba”, reconoce.

El elenco de lujo se completaba con Cecilia Estévez, Gustavo Carrizo, Fabio Gigli, Bebe Labougle, Bruno García, Carla Lanzi, Christian Giménez, Agustina Maier, Luis López Morera, Cecilia Sullivan, Ariel Pastochi, Nadia Saval, Darío Petruzio, Silvina Tordente, Damián Zaga, Eugenia López Furgoni  y Patricia Tirelli. En los rubros técnicos aparecían también Valeria Ambrosio (diseño de escenografía), Gastón Briski (diseño de sonido) y Juanjo Ubiría (producción ejecutiva).

 

Gira y después

A la temporada en el Broadway le siguió el viaje a Chile, donde la obra fue muy bien recibida. Los bailarines lo recuerdan como “el viaje de egresados”. “Fue algo inolvidable”, coinciden a coro. “El mejor cierre que podríamos haberle dado”. Más tarde hubo un intento de hacer Jazz Swing Tap II, esta vez con producción de Diego Romay, el hijo menor de Alejandro. Se ensayó durante varios meses con el mismo equipo creativo, y hasta se hicieron las fotos de promoción. Pero Gardelín, Chapeaurouge y Murray se alejaron cuando Romay hijo apareció con la idea de abandonar el formato de revista con cuadros musicales para orientar el proyecto hacia algo más narrativo, con una historia que le dé sustento.

Finalmente, esa obra, que se estrenó en mayo de 2009 en el teatro El Nacional, fue Caravan, The Jazz Musical, con dirección de Omar Pacheco y coreografía de Gustavo Wons. Del elenco original quedaron Sandra Guida, Armengol, Cristofaro, García Millán, y se sumaron Ivanna Rossi, Rodolfo Valss, Gustavo Monje y Rubén Roberts, entre otros.

Chapeaurouge no permaneció de brazos cruzados. Ese mismo año escribió y dirigió junto a Gustavo Carrizo la obra Swing Time, que ocupó la sala mayor del Maipo. La acompañaron Gardelín en los arreglos musicales y Del Mastro en el diseño lumínico. Y del primer elenco, Christian Giménez (esta vez protagonista), Petruzio, Turza, Pastochi, Cecilia Sullivan, Nadia Saval y Cecilia Estévez. Pero esa es otra historia…

A una década del estreno se repiten las alusiones a Jazz Swing Tap como “un espacio de puro placer”. “Aunque siempre voy contento al teatro, creo que no hubo en estos años otra obra en la que me haya sentido tan feliz cada noche”, resume Botindari. Y no cuesta creerle.


 
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