Inicio arrow Junio 2013 (Año 20 - Nº 221) arrow Tango
Narrow screen resolution Wide screen resolution default color green color orange color

Suscripción (impresa)

Suscripción individual a la edición impresa

 

Balletin en Facebook

Seguinos en Facebook

Balletin en Instagram

 Seguinos en Instagram

Balletin en Twitter

Twitter
Tango Imprimir E-Mail
miércoles, 10 de abril de 2013

Tango

Aguafuertes Porteñas

Por Carlos Bevilaqcua

 

En Chaucito, Historias de Milonga, quedan fielmente retratados los personajes que a diario animan los bailes sociales de tango

 

La milonga, en tanto lugar de baile social del tango, tiene mucho de teatro. No sólo por las máscaras más o menos verosímiles que todos de alguna manera lucen, sino también por esa especie de escenario que es la pista. Al acordar con alguien un abrazo por los nueve minutos que dura una tanda, se pasa de la masa anónima al protagonismo, aunque no consten el nombre y apellido de los miembros de la pareja. De eso y muchos asuntos más hablan las páginas de Veneno de Tango, el libro de Ramiro Gigliotti que compila algunos de los cuentos que había ido publicando hasta 2009 en la revista El Tangauta. Agudos, sensibles y muchas veces irónicos, esos textos constituyen una exhaustiva radiografía del sistema de valores que se maneja en torno a los bailes de tango en Buenos Aires.

 

Sin embargo, más allá de la calidad, no dejaba de ser literatura. Cuando a mediados del año pasado el autor se propuso llevar esos relatos a un formato teatral enfrentaba un desafío complejo. No habían sido concebidos para ser actuados, transcurrían en un mundo marginal (o al menos subterráneo para la mayoría de la gente) y como director, el autor acreditaba muy poca experiencia. Así y todo, los resultados, que desde principios de marzo y hasta fines de abril vuelven a estar accesibles en el porteño Teatro Elkafka, son por demás auspiciosos. Los siete cuadros de Chaucito, Historias de Milonga potencian la amena sociología de aquellos textos con una puesta muy teatral, que tiene la virtud de integrar la palabra y la danza al lenguaje general de la obra.

 

Con algunos recursos sencillos pero poderosos, se reproduce ese mundillo aparte que constituyen las milongas, con sus personajes novelescos, sus obsesiones, los famosos “códigos”, las diferentes sintonías que dominan las charlas entre varones y las charlas entre mujeres, y la siempre difícil convivencia con el prójimo bailarín. Las escenas son casi siempre grotescas, igual que la mayoría de las que se dan en una milonga. Pero lejos de la apología, la mirada del autor-director parece oscilar entre la acidez y la ternura, cuando no genera ambas sensaciones al mismo tiempo. Un fino sentido del humor sirve para sazonar (y suavizar) los trazos gruesos, como exacerbados, de lo que pasa sobre el escenario, fiel reflejo de lo que se vive a diario, cada noche, en las pistas porteñas.

 

Esa fidelidad es producto, entre otras razones, del conocimiento vivencial que tienen los intérpretes de la realidad que reproducen. Porque para encarnar a sus personajes, Ramiro Gigliotti eligió a una decena de milongueros, varios de ellos además bailarines profesionales. “Cuando ves a actores bailando tango, es como que se ve el truco. Se nota que tomaron un par de clases pero que no suelen bailar. Por eso preferí apostar a gente que baila y que además pueda actuar”, justifica el director una decisión que implica resignar nivel actoral, según puede verse en varios pasajes. “Además, me gusta que los actores entiendan lo que necesito desde la vivencia, más allá de lo que yo les pueda explicar. Eso permite que la situación dramática trascienda y funcione mucho con gente que no es del palo tanguero”, agrega como un científico satisfecho ante su experimento. Las muestras, extraídas del corpus milonguero e inoculadas en el escenario de Almagro, tienen nombres y apellidos: Vera Czemerinski, Jennifer Roberts, Marina Svartzman, Paula Travnik, Analía Vega, Fandi Bufager, Lucas Di Giorgio, Horacio Gabín, Claudio Strang y Marcelo Varela.

 

A ellos se suma una “pareja estelar” diferente en cada función. Además de participar en un par de cuadros como actores, entregan una exhibición de baile similar a esas que se generan, cada tanto, de manera espontánea, en las milongas. “¿Viste cuando sale a bailar una pareja y por alguna razón los demás no salen y se quedan mirando?”, pregunta para definir la situación.

 

Otra virtud de Chaucito, Historias de Milonga es que resulta atractiva tanto para el iniciado como para el neófito. El primero la encuentra sabrosa (se identifique o no con los personajes) y el segundo aprende o coteja sus sospechas con lo que va viendo. Según cuenta Gigliotti, no fue especialmente contemplativo con los ajenos al mundillo: “Se me planteó el dilema de hacer algo didáctico para el común de la gente pero que para los milongueros iba ser parecido a un jardín de infantes o hacer algo más auténtico, con el riesgo de ser algo críptico para los que no son del palo. Opté por la segunda alternativa, porque creo que el que no es del ambiente igual intuye que hay algo más en esos guiños que tanto disfrutan los milongueros”.

 

La obra nació como resultado del taller de puesta en escena que dictan en Elkafka sus dueños, los dramaturgos Rubén Szuchmacher y Graciela Schuster. Luego de un año en el que se nutrió de abundante información, en el segundo año del taller Gigliotti empezó a probar cómo podía llevar al teatro algunos de sus cuentos. “En realidad llegué al taller con la idea de sumar algo a mis exhibiciones y con el tiempo me fui derivando hacia esto”, cuenta en referencia a una obra que este año sumó dos episodios a los cinco que había mostrado en 2012, durante su primera temporada.

 

La sagacidad del Gigliotti director probablemente se alimente de su talento personal pero también de su vasto currículum. Como bailarín profesional dictó seminarios y dio exhibiciones en 13 países de América y Europa. Como escritor, además de despertar polémicas escondido detrás de un seudónimo en El Tangauta, supo escribir notas para la Revista Ñ del diario Clarín y hasta ganar el premio Oesterheld que otorga la Biblioteca Nacional por el guión de la historieta Superhéroes. En teatro, ya había hecho la puesta en escena de Campi, el unipersonal en Velma Café. Además es guitarrista aficionado. Tampoco le falta calle: desde hace décadas, es gustoso partícipe de esa dimensión paralela, fascinante, de la milonga porteña.


 
< Anterior   Siguiente >