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lunes, 11 de marzo de 2013

Teatro musical

Dos Regresos Bienvenidos

Por Daniel Sousa

A veinte años de su estreno, Pepe Cibrián y Angel Mahler repusieron El Jorobado de París en el Teatro Alvear, al tiempo que ofrecen Dorian Gray, el Retrato en el Lola Membrives. Juan Rodó, que actuó en la primera y hoy protagoniza la obra inspirada en el clásico de Wilde, habló con Balletin Dance de este presente

Cibrián Campoy, ‘Pepito’, tal vez el pilar más importante del teatro musical argentino de las últimas tres décadas, dudó ante la posibilidad  de montar dos obras suyas en simultáneo en la calle Corrientes. Lo admite Angel Mahler, su otra mitad artística, el hombre que le ha venido poniendo música a sus sueños desde hace añares. “Fue hasta que escuchó el primer acorde”, confiesa. No hubo fantasmas ni temores cuando los buenos recuerdos se hicieron presentes. Y fue así que Cibrián puso manos a la obra para recuperar y poner en forma dos de sus creaciones más preciadas.

A veinte años del estreno en el imponente Luna Park (siguiendo la huella del inesperado éxito que había resultado Drácula. El Musical), Cibrián y Mahler reestrenaron a principios de este año, en el Teatro Presidente Alvear, El Jorobado de París, versión musical de la novela gótica de Víctor Hugo Nuestra Señora de París. En una sala renovada para la ocasión, y merced a una coproducción entre La Cripta (Julieta Kalik-Angel Mahler) y el Complejo Teatral de Buenos Aires, volvió a escena este clásico del teatro musical, que había tenido sendas reposiciones en 1995 (también en el Luna), en 2006 (en el Opera) y en 2007 (en el Cervantes, con un elenco surgido del reality televisivo Aquí Podemos Hacerlo, de Canal 7).

Habían estrenado El Jorobado… en 1993, Carlos de Antonio interpretando el difícil rol de Quasimodo, la bella Paola Krum como Esmeralda (venía de sorprender como la Lucy en Drácula) y Fernando Ciuffo como Frollo (quien un año después encarnaría al doctor Jonathan Harker en el intenso drama del conde transilvano). El elenco de esta rentrée, claro, no le va en zaga: Ignacio ‘Nacho’ Mintz entrega una actuación sobresaliente en el rol estelar, bien secundado por Florencia Spinelli (la gitana Esmeralda), Diego Duarte Conde (Frollo, que había trabajado con Cibrián-Mahler en Otelo) y otros rostros conocidos dentro del género: Adriana Rolla, Nicolás Bertolotto (también a cargo de la reposición de la puesta coreográfica, sobre la original de Cibrián), Mauro Murcia y más.

Mintz ya había encarnado con buena repercusión al traumado campanero de Notre Dame en la versión de 2006, en la que Juan Rodó, actor fetiche de la dupla creativa, vistió las ropas del archidiácono Claudio Frollo. Pero esta vez Rodó tiene un compromiso aún mayor, dado que la segunda obra que Cibrián y Mahler reestrenaron este verano en Buenos Aires es Dorian Gray, el Retrato, en la que el actor y cantante interpreta al protagonista, al igual que lo hiciera en el estreno, en 2005, en el teatro Opera.

“Este es un regreso muy esperado y muy querido por mí -admite Rodó en diálogo con Balletin Dance-. Dorian es un rol con el que me encariñé desde el primer momento. Esta es la única obra de Cibrián-Mahler que no había tenido una reposición hasta ahora. Es una historia muy interesante, que parte de una novela maravillosa de (Oscar) Wilde. Este personaje fue para mí un gran cambio respecto de lo que venía haciendo hasta ese momento”.

Ha encarnado grandes personajes, muchos de ellos de fuerte personalidad. ¿Qué matices le atraen de Dorian?

Es un personaje que explora esa doble faceta que impera en el ser humano, la del narcisismo a ultranza, que produce lo que yo llamo un ‘efecto Jekyll & Hyde’. Es decir, la presencia de un monstruo que vive dentro de un ser aparentemente normal. Este juego de claroscuros, de opuestos, me resulta muy atractivo. Siempre he tenido predilección por los personajes oscuros. Y éste es así, al que amo con la misma intensidad que amo a Jekyll & Hyde.

Pasaron ocho años desde el estreno. La obra habla, justamente, del paso del tiempo. ¿Cómo lo sobrelleva?

La obra habla del paso de los años y de mantenerse joven y bello. Pero sobre todo habla de lo que uno está dispuesto a entregar a cambio de ser eterno. ¿Cuál es el costo que tiene ese capricho? Es una invitación a explorar la vanidad que el ser humano tiene, que es tan actual como en el tiempo en que Wilde escribió su obra. Justamente, Wilde hacía una referencia muy sutil a la sociedad victoriana que era muy ‘careta’, muy superficial, que miraba mucho el afuera. Y subrayaba la necesidad de rescatar el alma. Habiendo pagado el costo de su capricho, finalmente Dorian decide en forma heroica romper ese pacto y recuperar su alma. Ese es uno de los aspectos de esta versión que me conquista, ese heroísmo del personaje por recuperar su esencia.

Cibrián ha dicho que usted está en el momento físico y artístico exacto para encarnar este personaje. ¿Qué siente usted?

Tal vez cuando pasen unos años ya no podré hacerlo. Pero hoy estoy en un tiempo en que todavía le puedo hacer justicia al personaje. No soy, quizás, aquel joven que uno espera ver de Wilde, pero tengo un espíritu joven y creo que ahora entiendo mejor que antes su dilema.

A diferencia de otras obras de Cibrián en la que lo coreográfico se ceñía a los desplazamientos en escena, en Dorian Gray… se pone a la par del ensamble e incluso baila en algunos pasajes. ¿Le interesa esta apertura?

Yo me divierto mucho. No me considero un bailarín pero sé que me puedo mover con gracia. Juego al baile desde el actor y eso convence. A Pepe siempre le han gustado esos desafíos, plantearme no sólo lo que es mi fuerte sino cosas que quizás no son lo que mejor hago, pero que las puedo hacer también. Ya había hecho algo parecido en Las Mil y Una Noches, una obra donde la coreografía era muy importante.

Habiendo trabajado en superproducciones como Los Miserables y en buena parte de la producción de Cibrián-Mahler, ¿qué rescata de estas formas tan diferentes de encarar el teatro musical?

La primera gran diferencia es la inversión. Acá no podemos competir con semejantes montajes. Menos aún en este país donde uno apuesta y quizás le va mal. Pero a veces siento que toda esa superproducción reviste una obra, pero la esencia de la obra, que está en su dramaturgia, no es tan sólida. En ese sentido no tenemos nada que envidiarles a los norteamericanos. Ellos hacen grandes obras súper montadas. Nosotros, en cambio, no tenemos toda esa parafernalia pero nuestras obras tienen un alma y eso se nota. Esto hace que una obra se sostenga más allá de los efectos, de las grandes escenografías y los vestuarios. En definitiva, el corazón de una obra son su dramaturgia y sus actores.

Por último, el año pasado abrió su propia escuela de comedia musical. ¿Qué balance hace de la experiencia docente?

Es un proyecto al que le estoy dando mucho impulso porque creo que la experiencia de uno puede, no sólo disfrutarla el público, sino también ser útil para los nuevos artistas. En 2012 terminamos el primer año con un montaje de Drácula. El Musical en versión integral, con escenografía y vestuario, y para este año estoy planeando hacer Los Miserables, otra obra que protagonicé, de la que mamé la forma de dirigir de los ingleses. Es algo que quiero que los alumnos también vivan. Yo doy las clases de canto en forma personal, no puse sólo el nombre en la escuela. Mi idea, es estar ahí y formar desde mi experiencia.

 

Dorian Gray, el Retrato, donde Rodó comparte protagonismo con Luna Pérez Lening (Sibyl Vane), Gastón Avendaño (Lord Henry), Luz Yacianci (Hortense), Diego Rodríguez (Basil), orquesta y ensamble, continuará presentándose en el teatro Lola Membrives hasta el 7 de abril, para luego iniciar una gira nacional.


 
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