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lunes, 11 de marzo de 2013

Tango

Polifuncionales

Por Carlos Bevilacqua

 

El trabajo de Gonzalo Orihuela como director de Cram revela lo que puede generar la técnica de orquesta circular con intérpretes dúctiles y ocurrentes

 

La palabra que da nombre a la obra es a la vez enigmática y reveladora. Poco conocido en la Argentina, “cram” es un término del inglés que significa atiborrar y se suele usar para referirse a la necesidad de encerrarse en espacios reducidos, delimitados. “Krämer”, su parónimo del alemán, designa a un mercachifle (vendedor ambulante de baratijas). En sueco, “cram” tiene otro pariente sonoro llamado “krama”, que sirve para designar el abrazo. Los tres sentidos confluyen en las acciones seleccionadas por Gonzalo Orihuela, joven bailarín y coreógrafo que confirma sus dotes como director en Cram, un trabajo de fascinante originalidad que se estrenó en Buenos Aires a principios de febrero y estará en cartel hasta mediados del corriente mes.

 

Uno de los rasgos que más llaman la atención de lo que se puede ver sobre el escenario del Teatro del Abasto es la ductilidad de los seis intérpretes. Todos actúan y tocan música, casi todos además bailan y varios también cantan. Si bien cada uno tiene su historia que lo vincula más con determinado rubro, desarrollan las artes que menos dominan con notable solvencia y cumpliendo tareas difíciles.

 

Nadie desentona dentro del alto nivel interpretativo que demuestran. Ni los miembros fundadores de la compañía (la bailarina Solange Chapperon que además toca el bajo y el acordeón; el músico Julián Rodríguez Orihuela, que además actúa), ni quien está desde hace ya varios años (Rodrigo Fonti, bailarín capaz de tocar el bajo y manejar programaciones desde un teclado), ni las incorporaciones más recientes: Natalia Fures (milonguera y pianista), Juan Fossati (bailarín profesional con conocimientos de piano y bandoneón) y Mayumi Urgino (violinista filipino-estadounidense que también supo desarrollarse como milonguera).

 

Otro aspecto inusual está dado por la convivencia entre tramos previamente guionados y otros improvisados, tanto en la danza como en la música. Eso da a cada función matices irrepetibles. Al respecto, señala Orihuela: “Trabajamos con la técnica de orquesta circular, oriunda de Nueva York y que acá difundió mucho Sami Abadi. Consiste en un grupo de artistas compuesto por músicos y no músicos que se juntan para improvisar a partir de las pautas que les va tirando, con señas, un director. Entre los no músicos puede haber algunos tocando un instrumento musical y el director, que dirige tanto música como baile o textos, puede ir cambiando”. A partir de ese método surgieron las ideas que impulsan las escenas definidas de Cram, y también el espíritu de los fragmentos improvisados.

 

Siempre atractivas, las músicas que ambientan las acciones (y por momentos las subrayan) destilan influencias múltiples. Armada a partir de timbres también numerosos, es una banda sonora propia, producto de los procesos creativos descriptos por el director.

 

La frescura de las escenas también puede explicarse por el eclecticismo que caracteriza a Orihuela, quien ya había impactado en 2010 con El Sonido de las Caricias, presentada en Ciudad Cultural Konex, tras haber tenido muy buena repercusión en Alemania y Suiza. Acá vuelve a valerse de diferentes recursos: se basa en la danza y lo que va sugiriendo la música en vivo, pero no desdeña el rol que puede cumplir un monólogo en filipino (y otros dos en inglés), el humor o lo que pueden decir los cuerpos sin relación directa con la música. En cuanto a lo coreográfico, aparece bastante el tango y en menor medida la danza contemporánea, pero en ambos casos como gestos de lenguajes corporales amplios, desprejuiciados.

 

Todo en apenas una hora, sin baches ni partes que sobren. Y sin mayor artificio escénico que el de una plataforma móvil muy sencilla, pero simbólica. Porque, según se adelanta en un texto promocional, Cram encierra preguntas sobre la identidad y la personalidad. “Como trasfondo psicológico de las acciones me interesaba pensar en cuántas cosas uno hace porque piensa que quiere y cuántas a uno realmente le dan satisfacción. Esa distancia que hay entre la persona que somos por mandato social o familiar y la que realmente querríamos ser. Me interesaba ver, también, qué pasa cuando uno trata de despegarse de lo uno para tratar de llegar a lo otro. No sé si el espectador llega a ver ese planteo psicológico, pero sí ve personajes que se van enfrentando a situaciones relacionadas con ese conflicto”, opina el director.

 

Lo cual condujo la charla hacia el concepto de libre albedrío (tan presente en la religión católica) y a algunos recursos que distinguen a la obra. “En cuanto a lo musical, trabajamos mucho con el loop, o sea con la repetición, que es algo que te contiene pero al mismo tiempo te apresa. El loop es algo que te devuelve casi siempre al mismo lugar. Entonces, fue algo que usamos mucho como símbolo de este círculo donde el libre albedrío no existe. Tiene que ver con mi manera de ver el mundo en este momento, porque siento que el libre albedrío rige en una parte muy pequeña de nuestras vidas”, sostiene Gonzalo.

 

En ese sentido, son elocuentes los monólogos en lenguas extranjeras que interpretan Urgino, Fonti y Fosatti. “La obra tiene mucho que ver con lo que les pasa a los artistas cuando están viajando. Como los artistas con los que trabajo hablan varios idiomas, nos pareció que el tema idiomático, y sus dificultades, tenía que estar presente. A veces entendés y a veces no, lo mismo que nos pasa a nosotros cuando viajamos a vender nuestro arte. Igual, ese efecto buscado de confusión se puede reducir leyendo la traducción al castellano de los tres monólogos que entregamos en el programa de mano, antes de ingresar a la sala”, cuenta Orihuela, que tiene una biografía curiosa: nació en Sudáfrica, se crió en General Roca (Río Negro) y ya acredita una vasta experiencia como bailarín, docente y coreógrafo de tango en Alemania.


 
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