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lunes, 11 de marzo de 2013

Nota de Tapa

Por el Vicio de Bailar

Por Daniel Sousa

 

Mónica Fracchia celebra los quince años de su compañía Castadiva con una serie de presentaciones en el Centro Cultural de la Cooperación. Antes del estreno conversó con Balletin Dance sobre su carrera, el reencuentro con sus ex bailarines y la danza como fuente de felicidad

 

“¿Por qué me convertí en coreógrafa? Lo hice por necesidad, no es una fuente de trabajo, es un vicio. ¡Pero me hace tan feliz!”. Los ojos de Mónica Fracchia se iluminan súbitamente, se toma la cabeza con las dos manos, se acomoda el cabello corto alborotado. Y continúa: “Tengo una compañía pero no soy una empresaria. Soy una artista igual que los bailarines, sólo que en vez de bailar, coreografío. Creo que lo nuestro, nuestro esfuerzo, como el de otras compañías independientes, es muy valioso y merece ser festejado”.

 

En eso anda Fracchia, atareada con los preparativos del espectáculo que ofrecerá los domingos de este mes a las 19:30 en el Centro Cultural de la Cooperación (CCC), como parte de la celebración por los quince años de su compañía de danza contemporánea. Festejo que continuará en junio en el marco del Festival de Danza del Centro Cultural Rojas, y en julio, en el Auditorio Kraft, de Florida al 600. “De Castadiva no se come, los bailarines y yo misma vivimos de otras cosas, pero asumimos cada obra con absoluta entrega y compromiso”, se emociona.

 

Como pocas veces sucede, Fracchia decidió encarar estas funciones por los tres lustros de Castadiva como una suerte de homenaje a los bailarines que forjaron la historia del elenco. Es así que en octubre del año pasado les escribió a cada uno de los que pasaron por la compañía en distintas épocas proponiéndoles volver a reunirse. Fue también -confiesa- una manera de resarcirse de una falta cometida en el pasado. “En 2010, los chicos quisieron hacerme un homenaje, se juntaron entre ellos y armaron un paseo por el repertorio de Castadiva. Ellos solitos, yo no sabía nada. Lo presentaron en la Facultad de Derecho. Fue una función emocionante, pero yo soy muy crítica y creo que no fui lo suficientemente efusiva con ellos en el agradecimiento. En el momento no lo noté pero después caí en la cuenta del esfuerzo que les había demandado y pensé que no les había agradecido lo suficiente. Yo soy un poco así, doy más correcciones que felicitaciones. Es parte de mi trabajo estar viendo siempre lo que le falta al vaso. Es que si yo me enamorara de ellos y de cómo bailan, no podría ejercer mi rol de directora. Siempre tengo que ver lo que está mal, y es difícil”.

 

Por eso, ahora que cumplió sesenta y la compañía, quince, pensó que la mejor manera de celebrarlo era ésta. “Castadiva no soy yo sola sino toda la gente que me ha acompañado en estos años. Me parece muy emocionante poder hacer este reconocimiento a los bailarines”, reafirma. La lista de confirmados incluye a varios artistas que ya han tomado vuelo propio, como Soledad Buss, Facundo Mercado, Laura Torrecillas, Alexis Ledesma, Glenda Casaretto,  Andrés Baigorria, Sergio Villalba, Nicolás Minoliti y Hernán Nocioni, junto con las nuevas adquisiciones.

 

¿Por qué cree que los bailarines la siguen?

Yo soy de puertas abiertas. Siempre les pregunto si quieren y pueden bailar. A veces no hay dinero, las taquillas no cubren nada. Otras tenemos un subsidio de Prodanza. Yo he perdido el enojo, los entiendo siempre, a veces demasiado. Y ellos saben que se van pero pueden volver. Respeto todas sus otras actividades. Les pido compromisos puntuales: “¿estás en marzo? Ok, vamos…” También les pido que no estén con mil compromisos cuando asumen uno con Castadiva. Entiendo que necesiten bailar, es natural a su edad querer anotarse en todo lo que puedan. La danza tiene un límite corporal que lo marca el tiempo. Pero si yo canté primero, les pido compromiso. Las únicas veces que me he enojado es cuando no se cumplieron esas reglas de juego. En un tiempo me molestaba ver que Castadiva era un club de amigos, pero después me di cuenta que eso hacía que la compañía siga adelante.

 

¿Qué es lo que más valora de ellos?

El no cuestionamiento. Puedo pedirles la cosa más extraña, que ellos la hacen. Eso lo valoro mucho, me gustan esos bailarines. Yo misma fui así, le puse el cuerpo a los grandes y les di todo. Y estos chicos me devuelven eso.

 

Lo popular

No hay mayor orgullo para Mónica Fracchia que haber logrado que la gente pueda identificar con sus obras, su estilo de danza. “Eso para mí es haber crecido, haber podido encontrar una personalidad en el grupo, en lo que hacemos”, admite. “Creo que dentro de la danza contemporánea tengo un perfil bastante popular, sin que esto desmerezca ni la danza ni mi trabajo. En lo que hago está mi vida cotidiana y la de todos. Tengo algunas obras más abstractas, que también me gustan. Pero siempre necesité insertarme en el país, en la sociedad”.

 Integró el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín por más de una década. Incluso montó algunas obras para la compañía (Preludios en Juego, Trapos Viejos). ¿Cómo vivió el día después?

Yo soy, ante todo, una ex bailarina que necesito ser coreógrafa. Lo necesité para expresar cosas. En realidad, yo era grande cuando dejé de bailar, creo que con algo de (Ana María) Stekelman, a los 42 o 43 años. No era una niña aunque estaba muy bien físicamente. Ahora también me siento bien, doy clases, me mantengo activa, pero digo: “qué suerte que bailan ellos” (risas). Para mí, cuando estás dirigiendo una compañía o una obra, lo mejor es siempre estar afuera. No podría bailar y estar mirando qué hacen los demás. Los chicos me lo han pedido muchas veces pero no quise. Cuando coreografié para el San Martin, donde era parte del elenco, no bailé mis propias obras. Me siento muy dichosa de tener quien me baile, quien ponga esa pasión mía en escena.

 

¿Qué maestros la marcaron?

Como bailarina, Stekelman. Amé bailar sus obras. Lamentablemente, con Oscar (Araiz) trabajé muy poco, sólo bailé Cantares, porque no coincidieron nuestros tiempos en el San Martín. De cualquier modo, Oscar es el padre de la danza contemporánea argentina y así lo considero. Soy de las que creen que del pasado no se puede desechar todo, aunque tampoco guardar todo. Hay que tomar algo de ese pasado y unirlo con el presente-futuro. Los bailarines no nacimos de un repollo, debemos respetar esas fuentes. Ana Itelman fue muy importante para mí, y Renate Schottelius, de la que también bailé sus obras. De la gente del Ballet conservo recuerdos hermosos: Mauricio (Wainrot), Norma (Binaghi), Andrea (Chinetti), Alejandro Cervera…Ellos también son parte de la historia de Castadiva porque son parte de mi propia historia. Los del Ballet son mis hermanos, y los chicos de Castadiva son como mis hijos.

 

¿A qué se debe que varios de sus bailarines provengan del folklore?

Muchos son del interior. Cuando llegan a Buenos Aires arman entre ellos una especie de gueto para protegerse, y se van trayendo unos a otros. Tengo muchos bailarines de las provincias, maravillosos, que vienen de la danza folklórica. Sobre todo los varones. Generamos entre todos un vaso comunicante interesantísimo, porque ellos traen toda la tierra y yo vengo de un palo completamente contemporáneo. Esto tiene un origen: a principios de los ’90 vino a verme una bailarina del Ballet Folklórico Nacional (BFN), Mónica Neifert, y me contó que debía interpretar La Mala Suerte, un personaje de una obra de Santiago Ayala ‘El Chúcaro’, con una coreografía muy contemporánea. Pero ella sentía que no tenía los elementos para hacerlo. Yo la ayudé con todo gusto y después de eso varios de los bailarines del BFN comenzaron a tomar mis clases en el estudio de Olga Ferri. Más adelante Norma Viola me llevó a dar clases a la compañía durante un tiempo, y quedé ligada con esa gente. A mí me gusta lo que me pasa cuando me dejo influenciar. No discrimino, todo me suma. También cuando tuve bailarinas clásicas lo aproveché y me sumó.

 

A raíz de esta costumbre de Fracchia de trabajar sobre proyectos puntuales, la conformación del elenco para las funciones de junio y julio es todavía una incógnita. En el Rojas, casi seguro, repondrá Pandemónium, una obra que fue creada especialmente para esa sala, junto con otra pieza a definir según los bailarines con que cuente.

 

Entretanto, en el ciclo del CCC habrá una particularidad: actuarán una bailarina embarazada, Laura Torrecillas, que espera su primer bebé; y una mamá reciente, Glenda Casaretto, que hace apenas tres meses dio a luz a su segundo hijo. “Esta es una compañía con historias. Historias de personas, porque los bailarines pueden ser grandes artistas y también compartirlo con sus familias normales. A mí siempre me imaginaban sola y sin embargo tengo una familia tipo, dos hijas y un marido hace más de treinta años”.

 

¿Qué mostrará los domingos de este mes en el CCC?

En mis obras hay siempre algo de sarcasmo e ironía, y ésta no será la excepción. En primer término presentaremos Para los Divos de Castadiva, en la que trasvasé un dúo que habían bailado Andrés Baigorria y Facundo Mercado en 1999, lo puse sobre una música de boleros y lo amplié haciendo participar a todos los varones. A ellos les encanta bailar entre varones. Es como que se potencian, les gusta. Después haremos Para las Divas de Castadiva, una sucesión de los solos que a mí más me gustan y que las chicas ya habían bailado. Con música de Bach y Schubert, entre otros. Y para el final preparé Tribus, una obra que es pura energía y color. Para mí es muy difícil determinar cuál es mi mejor obra y cuál no. Y tampoco me importó eso esta vez. No prioricé las obras sino los intérpretes.


 
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