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jueves, 10 de enero de 2013

Tango

Círculos Concéntricos

Por Carlos Bevilacqua

 

Desde 1996, la glorieta de Barrancas de Belgrano es sede de un baile muy especial, que tiene durante el verano su temporada fuerte

 

“Yo siento que esta milonga hace a la cultura y a la felicidad del pueblo. Con la música, el baile, el diálogo y el contacto con la naturaleza uno se gratifica el espíritu”, dice Marcelo Salas. Sus palabras pueden sonar exageradas, pero basta estar un rato en uno de los bailes que dos veces por semana llenan de tango la glorieta de la intersección de las calles 11 de Septiembre y Echeverría (en el barrio porteño de Belgrano) para comprobar que es así, nomás. Un concepto diferente al de las demás milongas domina la atmósfera.

 

En cuanto a las condiciones materiales de existencia, las parejas se mueven abrazadas en un lugar bucólico, romántico, inequívocamente retro. La glorieta en sí es una construcción histórica, de forma circular, de unos doce metros de diámetro, delimitada por una filigranada baranda de hierro y madera, y que se proyecta en altura con robustas columnas de hierro y un techo curvo rematado en una estética propia de la época del Centenario. A pesar de estar a unos cien metros del nudo de transporte de Barrancas, está como aislada del mundo, en lo alto de la plaza central del parque, con las copas de los árboles como paisaje inmediato.

 

Si bien una milonga es, esencialmente, su gente, el lugar probablemente determine buena parte del carácter del encuentro bailable. Así explica Salas qué tiene de particular: “Me parece que acerca el tango de una manera diferente a la habitual. En principio (dato no menor), no hay que pagar para poder acceder. Además el baile se da en un lugar público, o sea que lo puede ver cualquiera que pase caminando y, si se interesa, puede quedarse a ver o directamente sumarse. Por otro lado, es un ámbito relajado, en el que cada uno se viste como quiere, por ejemplo de zapatillas o pantalones cortos”.

 

En concreto, el público de La Glorieta está compuesto por gente de todas las edades, con predominio de los que tienen entre 20 y 60 años. Los hay vecinos del barrio y quienes vienen de más lejos, hombres y mujeres en proporciones parejas, habitués y novatos, además de argentinos y extranjeros (no sólo por el boca en boca sino también porque el sitio ya figura en guías de turismo y en las recomendaciones de paseos que da el Gobierno de la Ciudad).

 

“Además es una gran puerta al tango -aporta el organizador-. Mucha gente empezó a bailar acá. Es más: muchas parejas de la vida se armaron acá, algunas ya con hijos. Es algo que me emociona mucho. Es probable que eso ocurra porque acá se da mucha comunicación entre las personas, que se acercan de otra manera a la habitual en una milonga”. De nuevo, el entorno natural, el aire libre y la fisonomía del sitio pueden ser factores patrocinantes. Son muy pocas las pistas circulares, que dan al movimiento de rotación y traslación de las parejas un efecto muy peculiar, sobre todo cuando uno termina de bailar. Pero además, al no haber mesas a las que volver, uno tiene contacto con más gente por noche, se puede cambiar de lugar de “residencia” (mientras no se baila) y tener así diferentes puntos de vista del baile y de los bailarines.

 

Salas es el organizador de esta singular milonga desde su creación, en 1996, luego de conseguido el correspondiente permiso municipal. Desde entonces, el bailarín, docente, actor y desde el mes pasado también abogado, lleva él mismo el equipo de audio, sus cables y los CDs para luego administrar la música en tandas, según marca el canon milonguero. Lejos quedaron los tiempos en que hacía funcionar la música a fuerza de batería. “Ya puedo usar la instalación eléctrica del lugar y, después de la refacción de la glorieta que hizo el Gobierno de la Ciudad, las tomas son mejores. Además, en 2004 recibí un subsidio de ArteBA para renovar el sonido”, cuenta.

 

Sobre su módica mesa de DJ está el tubo que, a manera de gorra, va recibiendo los billetes de los milongueros como colaboraciones voluntarias. Allí transcurre el diálogo, mientras muy cerca pasan las parejas que van progresando en sentido antihorario, impulsadas por una música sabiamente elegida. Por el aire suenan las orquestas clásicas (Troilo, Pugliese, Di Sarli, D’Arienzo, De Ángelis, entre otras) pero también grabaciones infrecuentes, como algunas de Caló con la Orquesta de las Estrellas, Nelly Omar o Nina Miranda. Sólo una vez por noche el fluir tanguero se ve interrumpido, y es para cumplir con la “tanda folklórica”.

 

Es verdad que las comodidades no son las mismas que en un lugar cerrado: no hay guardarropas (los abrigos, mochilas y demás pertenencias se suelen acumular en una abigarrada montaña común) y no hay mediación con las inclemencias que depare el clima, pero esas contrariedades son ampliamente recompensadas por el encanto de bailar al aire libre, con árboles añosos de fondo.

 

La magia de La Glorieta se reproduce cada sábado y domingo desde las 18 (con una clase) y desde las 19:30 (con el baile propiamente dicho). Si bien el baile se realiza todo el año, la del verano es la temporada fuerte y el domingo, el día más concurrido, acaso por su carácter de antídoto contra el típico bajón dominguero. “Pienso que para muchos es como la frutilla del postre, o sea una buena opción para coronar el fin de semana, pasando un buen rato y volviendo a casa temprano, porque a las 23 levantamos campamento”, observa Salas.


 
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