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jueves, 10 de enero de 2013

Nota de tapa

El Artesano

Por Eliana Gissara

Actor, bailarín y director, Gustavo Collini Sartor es uno de los máximos exponentes de la danza butoh en Argentina. En diálogo con Balletin Dance, se define como un “artesano polifacético” que encontró en el butoh la estética para contar las contradicciones del ser humano

 

“Mi maestro, Kazuo Ohno, siempre me decía que hay un currículum vitae que expresa las condiciones con las cuales uno empieza a bailar: experiencias, técnicas, disciplinas y dificultades del vivir. Yo me subo al escenario para mostrarle al público a qué vine al mundo, los deseos y los sueños, el humanismo y el pragmatismo”, explica Collini Sartor, en el inicio de una charla amena que recorrerá su camino en el arte del movimiento, la relación con su mentor japonés y los nuevos proyectos en el género audiovisual.

 

¿Cómo nace la danza butoh?

El butoh brota de las cenizas atómicas, de la devastación, de las dificultades más atroces que tuvo que enfrentar el ser humano que es el aniquilamiento total de miles de personas por la acción de las mismas personas. Se trata de la destrucción total porque los seres desaparecieron, quedaron sólo las sombras. Kazuo Ohno, el maestro creador del butoh y prisionero en Nueva Guinea durante la guerra, se preguntó cómo bailar a un cuerpo que ha sufrido esa devastación y salió a la calle para sublimar ese dolor.

Sin embargo, Kazuo no hablaba en sus obras de la guerra o de la destrucción, hablaba de su arte, del vivir y del morir, las contradicciones del ser humano. En ese sentido la danza butoh se nutre del expresionismo alemán y del dadaísmo que rompieron con el ideal de belleza. Él fue una Isadora Duncan oriental, bailando como el mar, experimentando con su cuerpo lo que pasaba.

 

¿Cómo descubrió usted esta forma de expresión?

Mi lazo con el butoh comienza con la directora Ellen Stewart, mi madrina artística, que había venido a Argentina cuando volvió la democracia, a dar una conferencia en Córdoba. En ese momento yo era estudiante del Conservatorio de Arte Dramático y era la primera vez que venían artistas de vanguardia. Ella realizó una audición para montar una obra al aire libre durante su estadía en el país. Salí elegido entre los cuarenta candidatos e hicimos la obra Los Últimos Días en medio de las sierras de Córdoba, donde hubo un campo de exterminio en la dictadura militar. Stewart quería que transformáramos la oscuridad en algo creativo.

 

Poner el cuerpo

Participar en esa experiencia fue para Collini Sartor un hecho transformador que lo llenó de deseos por comunicar algo nuevo, algo distinto. Estaba claro que su aspiración era ponerle el cuerpo a los sueños y miserias del ser humano pero el problema era cómo. Tardó tres años en resolverlo y fue nuevamente Stewart quien lo ayudó a encontrar la respuesta. Así, la directora le presentó a dos artistas y amigos: Jerzy Grotovsky y Kazuo Ohno.

El primer encuentro con Kazuo fue en 1987, en un hotel céntrico de Buenos Aires. “Esa fue mi primera clase de butoh. Seguí a Kazuo durante diez años, hice ocho viajes a Japón, lo vi en treinta y cuatro países”, cuenta con emoción.

 

¿Cómo fue su formación profesional en Japón?

Creo que es importante capacitarse y formarse con los maestros in situ. En mi caso fue Japón, un país con otra cultura, otro lenguaje. El aprendizaje es constante, yo no sé cuando empezaba la clase, si cuando iba a comprar comida, cuando subía una colina o cuando esperaba uno de los tres trenes que tenía que tomar para asistir a la clase. Esta formación difiere de los japoneses que van haciendo tour por el mundo dando workshops para turistas que hacen butoh; “turismo butoh” lo llamo.

 

¿Cómo desarrolló el vínculo maestro-alumno con Ohno?

En primer lugar, tardé mucho tiempo para que me aceptara porque el maestro también elige a quién darle su sabiduría. Kazuo bailó con su cuerpo hasta los últimos días. 103 años vivió. Un cuerpo tan ágil y tan joven; de tan joven, tan viejo; de tan hombre, tan mujer; de tan mujer, tan masculino; de tan sagrado, tan prostituta, tan payaso y tan niño.

Él decía que había que tallar tres personajes en el escenario: la prostituta, el payaso y el niño, que en última instancia son el erotismo, la desdramatización y el deseo interior. Eso es Hiroshima, hacer sentir a la gente que cada uno es una destrucción de sí mismo, que todo el tiempo la muerte y la vida están espalda con espalda; el caos o la creación.

 

Kazuo Ohno fue una inspiración para usted. ¿Qué faceta suya lo ayudó a perfeccionar como artista?

Yo soy un personaje multifacético, fusiono estéticas con otras estéticas y con lenguajes: el cine, el teatro, la danza, la música, el canto, la televisión, las letras. Tango Butoh es mi espectáculo leit motiv y lo llevé a cabo gracias a él. A mí me aburría el tango, me resultaba nostálgico, deprimente, y en Japón me hicieron comprender esa pasión por el tango. De ahí nació la inquietud de fusionar el tango con el butoh, ese es mi descubrimiento: el puente entre occidente y oriente con inconscientes diferentes. Tango Butoh es mi caballito de batalla. Junto a la directora Susana Torres Molina hicimos giras durante quince años.

 

Actor, director, bailarín, escenógrafo y coreógrafo. ¿Cómo se autodefine?

Soy un artesano de mi creatividad. Los que creemos ser artesanos contagiamos al otro una verdad, es un contagio positivo. Me considero un artesano porque hablo desde las emociones, busco conmover al otro, movilizar. Con esta filosofía fundé mi propia compañía en Italia, en 1989, con la innovación de trabajar el cuerpo como instrumento y así me eligieron para inaugurar la XLIII Bienal de Arte de Venecia en el Lido, estrenando una versión de Romeo y Julieta ante el público más selecto.

 

Un proyecto ambicioso

Después de incursionar en el teatro con Tango Butoh, Collini Sartor ha decidido llevar su sello al séptimo arte. En conjunto con el guionista Gustavo Bellati, llevan adelante el proyecto Orígenes que fusiona el cine con el butoh, en una ficción que tiene lugar en el que fue centro clandestino de detención: la ex ESMA.

Se trata de “dar luz en el lugar más oscuro” utilizando el butoh como lenguaje central. Este film, que empezó a tomar forma en 2009, habla sobre la vida de Nicolás, un exitoso joven nacido en la ex ESMA y apropiado durante la última dictadura militar. Para narrar la vida y la historia de Nicolás, el actor Collini Sartor danzó butoh en las Cataratas del Iguazú y en las ruinas de San Ignacio Miní, Misiones. Las imágenes, algunas publicadas en la red social del intérprete, son de gran riqueza visual y cuentan con la participación de actrices de primera línea, miembros de la comunidad japonesa y bailarines amateurs.

“Este proyecto forma parte de un largometraje en el que también estoy trabajando llamado Un Grito Sordo, con la actuación de Geraldine Chaplin y el butoka Tadashi Endo que grabó escenas durante su estadía en Argentina en agosto de 2012”, explica Collini, incansable.

 

¿Por qué decidió contar esta historia?

Yo viví esa época terrible de Argentina, algo me habrá tocado en el currículum vitae de poner el cuerpo en los lugares que hay oscuridad, como hizo Kazuo. Orígenes le habla a la oscuridad que cada uno tiene en su deseo interior, va más allá de lo que pasó en la ESMA. El personaje de Nicolás no escucha sus sueños, no atiende a su deseo; va a tener que morir desde el butoh para renacer también del butoh. Es lo que necesitamos hoy como sociedad. Vivimos en un mundo veloz, líquido, y queremos poner en crisis estas ideas a través de lo dramático, el suspenso y la risa.

 

¿Cómo es el proceso de producción de la película?

Leímos más de 500 testimonios para hacer esta historia, visitamos el lugar muchas veces para ver qué les pasa a los detenidos que vuelven a ese lugar,  las novias que vuelven a buscar a los amados desaparecidos. Charlamos con los custodios que ayudan a las personas que se descomponen ahí y hablan con el piso y las paredes… Gente que se derrumba y que vuelve a vivir como en el butoh, desde las cenizas atómicas.

 

¿Cómo interviene el otro, en este caso el espectador, en la obra de arte?

El arte tiene que ver con el juego de recrear la infancia y volverla a contar desde otro lugar, darle apoyo al espectador para que se anime durante esa hora y media a volver a ser niño nuevamente. El problema del arte es cuando se queda en las ideas; el arte conceptual nos convierte en autorreferenciales. Yo hablo mucho de mí pero para hablar de mis maestros, no por autorreferencial sino por memoria. Kazuo Ohno me dijo una vez que cuando el currículum vitae se une con el currículum del universo, ahí, en el escenario, ese día, en ese momento, se genera amor, vida y creatividad. Es fantástico cuando pasa, y eso es el butoh.


 
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