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lunes, 10 de diciembre de 2012

Entrevista

Brazos y Abrazos

Por Daniel Sousa

 

Por iniciativa de un grupo de integrantes del Ballet Folklórico Nacional, alumnos suyos, Giuliana Rossetti creó Abrázame, una obra que fusiona la danza contemporánea con la intensidad del zapateo. De cómo es trabajar de manera profesional en el circuito independiente, con un elenco de catorce artistas, habló con Balletin Dance

 

El vínculo de Giuliana Rossetti con la danza folklórica es de corta data. Acostumbrada a trabajar siempre en la línea del contemporáneo de la mano de Oscar Araiz y Ana María Stekelman, habiendo incursionado también en el tango junto a Leonardo Cuello, llegó tres años atrás al Ballet Folklórico Nacional para ejercer la docencia y la experiencia terminó marcando su carrera. Tanto, que con un grupo de bailarines de esa compañía oficial creó un espectáculo propio, complemente independiente, que mostró el mes pasado en Hasta Trilce y promete reponer en marzo próximo en la misma sala.

“Hace un tiempo empecé a darles clases de contemporáneo a los chicos del Ballet Nacional -cuenta Giuliana-. Con ellos me fui empapando del folklore, sobre todo del malambo, que a mí me fascina. De algún modo, fueron ellos los que me impulsaron a hacer esta obra”. Se refiere a Abrázame, un trabajo sobre el amor de pareja en el que los sentimientos emergen a borbotones y cuyo sustento sonoro nada tiene que ver con zambas, gatos y bagualas, sino que abreva en composiciones de Astor Piazzolla, Karol Beffa y Bohuslav Martinú. Una rareza.

¿Cómo se conectan esas melodías con los repiques, escobilleos y chairadas propios del zapateo folklórico? Casi mágicamente, podría decirse, porque la coreógrafa ha sabido combinar la delicadeza propia del acercamiento amoroso con la urgencia del arrebato al que conduce la pasión. Y es esa briosa expresión del ser interior la que exterioriza a través del zapateo, que se hermana con la danza contemporánea de un modo armónico, natural, sin ruidos.

“Acercarme al folklore fue muy enriquecedor para mí -confiesa Giuliana-. Me encanta todo lo rítmico que tiene, el hecho de que los chicos trabajan mucho con el oído. Todos ellos poseen un oído tísico impresionante. Cuando coreografié sobre la partitura de Martinú, que es una música técnicamente muy difícil de contar, la trabajamos a oído, rítmicamente. Ahí no hubo cuentas como en los cánones de otros pasajes de la obra. Estos bailarines tienen un oído tan fino que es divino poder trabajar musicalmente de ese modo”.

 

¿Cómo reelaboró los zapateos para acercarlos a la línea contemporánea?

Los bailarines me mostraban mudanzas y yo me dedicaba a destrozarlas (risas). En el malambo se trabajan sólo las piernas, no se ocupan mucho de los brazos o del torso. Es un solo de piernas. Entonces yo les ponía marcaciones de brazos y los chicos quedaban descolocados. “¿Cómo hago ahora para zapatear con brazos?”, me decían. Para ellos fue muy difícil esta obra. Están acostumbrados a un despliegue muy fuerte de piernas, que tienen sumamente afiatado y es maravilloso. Pero de la cintura para arriba no pasaba nada. Cuando yo los empecé a quebrar, a hacer que se tiraran al piso, que rodaran, que usaran el torso y los brazos, se les empezó a complicar eso que tenían tan seguro. Fue un cambio muy fuerte y a la vez muy rico para ellos. Están muy contentos.

 

La obra es de una intensidad poco frecuente…

Es cierto. Estos bailarines (Hernán Nocioni, Adrián Vergés, Mariano Luraschi, Alexis Ledesma, Alfredo Ribalta, Federico Santucho y Rodrigo Colomba) tienen una intensidad maravillosa. Es un poco eso lo que yo quise mostrar, llevar todo a un estado de intensidad extrema y mantenerlo ahí. Esa es la propuesta de la obra, permanecer en el límite.

 

¿Qué lugar ocuparon las bailarinas en este entramado?

Las chicas (excepto Roxana Zelaschi, con la que bailamos juntas once años con Araiz) hace mucho tiempo que estudian conmigo. Soy un poco responsable de su formación en contemporáneo. Conocen cómo me muevo, cuándo respiro, saben por dónde voy. Tienen muy masticada mi propuesta, entonces me resultó fácil trabajar con ellas. Todas vienen de la danza contemporánea (Zelaschi, Teresa Sevilla, Lara Cuffia, Yamila Ramírez, María Colimodio, María Cecilia Bazán), excepto Jimena Visetti, que si bien está en el Ballet Folklórico también estudia conmigo, entonces conoce mi estilo. Todos los bailarines  tenían el material muy profundizado, de manera que pude jugar mucho con eso.

 

ELENCO NUMEROSO

Resulta infrecuente toparse con una obra de danza de tan alto vuelo, gestada de manera independiente e interpretada por un elenco de profesionales tan numeroso. Rossetti explica la razón: “Yo sé bien lo que significa embarcarse en un proyecto independiente y profesional a la vez. Vengo de trabajar con Araiz, con Stekelman. Tengo una formación sumamente estricta en ese sentido. Entonces, si voy a hacer algo amateur, pienso que debo hacerlo de una manera profesional también. Tal vez por eso siempre tuve miedo de largarme a hacer algo sola”.

Cómo llegaron a ser catorce bailarines en escena también tiene una explicación. “Un día, tres de los chicos del Ballet Folklórico me pusieron contra la pared y me pidieron que empezáramos a armar algo. ‘Ok, vamos’, les dije. El lunes siguiente cuando nos reunimos me avisan: “genial, pero no somos tres sino seis”. Como yo quería montar algo de parejas, hombre-mujer, entonces ya no éramos seis sino doce. Finalmente, quise convocar a  Mariano (Luraschi), un bailarín al que quiero mucho y me encanta, que es el más contemporáneo de los integrantes del Ballet Folklórico. Así fue que, contándome a mí, terminamos siendo catorce”.

 

¿Cómo sintió la reacción del público?

Fue algo impresionante, una respuesta divina, muy fervorosa. Para todos nosotros fue un trabajo arduo, tuvimos un año de ensayos. Es que ensayábamos sólo una vez a la semana durante varias horas porque es el día que los chicos del Ballet Folklórico tienen libre.  Era nuestro único ensayo, independientemente de que mucho de lo que después fue a la obra lo trabajo yo en mis clases. Fue por eso que pudimos avanzar. Recién tres meses antes del estreno comenzamos a ajustar cosas y sumamos dos o tres ensayos por semana. Ahora están todos desesperados por seguir con la obra. Fue mucha adrenalina y mucho esfuerzo llevar esto al escenario. Cuando terminamos nos quedamos todos en el aire. Me gustaría llevarla a algún festival, y haremos otra temporada en marzo, seguramente en Hasta Trilce.

 

¿Qué balance hace de su trabajo con el Ballet Folklórico?

Es una compañía increíble. Yo trabajé con el Ballet del Colón cuando con Araiz montamos Flúmina. Trabajé en el Argentino de La Plata dando clases, también con el Ballet del San Martín. Pero el Ballet Folklórico trabaja con una intensidad admirable.  Casi no hay gente que se tire a chanta. Se entregan en la clase como si estuvieran en una función. Es un grupo de cuarenta chicos muy trabajadores, que profundizan, escuchan mucho, son súper respetuosos. Eso es maravilloso. Los varones, especialmente, son una cosa de locos. Algunos hace diez años que están en la compañía y no hay uno que vos veas que durante la clase se sienta o se distrae. Aparte, los lunes, que tienen su día de descanso, vienen a tomar clases particulares. Evidentemente quieren superarse y crecer, tienen una motivación interna que es divina, y yo me identifico mucho con eso.


 
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