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viernes, 10 de agosto de 2012

Comentario

Aguas Danzantes

Por Daniel Sousa

 

Con sus más y sus menos, Stravaganza, el espectáculo de Flavio Mendoza, es una gran producción que introduce una enorme pileta en escena y en la que el baile comparte protagonismo con el humor y las canciones

 

Y un día Stravaganza llegó a Buenos Aires... En la antesala de las vacaciones de invierno y con la expectativa de perdurar en el candelero al menos hasta las últimas semanas del año (que para eso se remodeló a nuevo la sala que la alberga), debutó Flavio Mendoza con su revista humorístico-musical en la calle Corrientes. Y la función de estreno, a la que además de los medios asistió toda la fauna de celebrities, como de habitué, resultó -vaya paradoja- un baldazo de agua fría a las expectativas del común de los espectadores.­

 

¿Cuál es el problema con Stravaganza? Lo primero que uno se inclina a pensar es que el suceso en Villa Carlos Paz el verano pasado, fue inflado en exceso por una parte del periodismo (básicamente, el chimentero). Pero si se atiende a los comentarios de colegas que pudieron asistir a alguna de aquellas funciones en el serrano teatro Luxor, habrá que aceptar que fueron la técnica y la disposición de la sala las que no colaboraron con el resultado final en este desembarco porteño.­

 

La noche del debut, un desperfecto eléctrico obligó a suspender la función por largos quince minutos (dejando a los espectadores en una media luz de sala que hizo más tediosa y agobiante la espera). Pero eso no fue lo peor (puede pasar), sino que los problemas comenzaron antes, cuando transcurría el que quizás sea el cuadro más bello de toda la obra, un dúo acuático y en altura con Mendoza y la esplendida Belén Pouchán, situación que descolocó al bailarín, lo disuadió de lanzarse a la pileta desde una tarima elevada, lo obligó a correr para cubrir el bache, lo hizo chocar contra una esfera de acrílico transparente que pendía del techo y bajar finalmente -a los gritos- hasta sumergirse en la piscina.­

 

Más desajustes se vieron luego en una escena de humor sobre una moto que corre a través de un alambre de acero de lado a lado del escenario. Tanto, que en el final el artista pidió disculpas reiteradamente llevando las manos hacia el pecho, como si estuviese rezando una plegaria.­

 

De cualquier manera, no todos son puntos flojos en Stravaganza. Entre lo mejor hay que citar el impactante diseño de vestuario (obra de Marcelo Péndola), de lo mejor que se ha visto últimamente en el genero musical-revisteril. También el sigiloso mecanismo hidráulico que eleva la parte delantera del escenario para descubrir la piscina, que tanto permite contar con un segundo escenario en altura como con un plano inclinado del que por momentos se descuelgan los acróbatas.­

 

El ensamble de bailarines es de primer nivel (surgido de una audición abierta a la que Mendoza convocó hace algunos meses), con especial destaque de algunos rostros conocidos de la televisión (Facundo Mazzei, dueño de una energía desbordante; Mariana Conci y Juan Leandro Nimo, siempre efectivos). La mencionada Belén Pouchán es toda una revelación: hermosa, sugestiva, arriesgada, parece una ninfa escapada de un cuento fantástico.­

 

La línea de bailarines es numerosa, asume riesgos diversos (un cuadro de flamenco pop, el malambo con faldas de Fernando Rodríguez, un tango acrobático de Rodríguez y Melina Sol Greco) y no exhibe mayores fisuras. La coreografía de Mendoza y Romina Propato, de líneas neoclásicas, se inclina por ofrecer varios puntos de atracción en simultáneo. Son pocos los unísonos y muchas las evoluciones en solitario, conformando una verdadera artillería visual que obliga a un gran esfuerzo para no perderse detalle. Los bailarines están abiertos también al juego en el agua -más allá de que haya nadadoras experimentadas en determinados tramos-, lo que permite que el espectáculo fluya con naturalidad entre los diferentes espacios (tierra-aire-agua).

 

Le resta atractivo a las incursiones subacuáticas el hecho de que la platea se extiende casi al mismo nivel de la piscina, con una mínima elevación hacia el fondo de la sala, por lo cual, de frente, sólo se observan los cuerpos que sobresalen de la superficie pero no los dibujos que realizan bajo el agua.­

 

Las rutinas de humor son otro aspecto que la dirección debería replantear. Aunque el uruguayo Maxi de la Cruz arranca algunas sonrisas con un monólogo estructurado en base a los títulos de programas de tevé, y se nota un trabajo dedicado del resto al interactuar con imágenes proyectadas en una pantalla, el balance final no supera la medianía. Bien, en cambio, Lucila Juárez (hija de Rubén, el gran fueye tanguero) en los tramos cantados.­

 

Por último, los protagonistas. Noelia Pompa y Cinthia Fernández se ajustan a lo que el público espera de ellas (simpatía, mucha piel, lindos bailes). Pero esta última asume mayores riesgos cuando se suma a la troupe de trapecistas y se mide de igual a igual con los profesionales. Flavio Mendoza, un adonis a quien el circo le corre por las venas, se prodiga sin retaceos y es esa entrega (a la par de su encomiable resistencia física) la que lo convierte en grande, más allá de cualquier observación que pueda hacerse sobre la factura general de la obra.­


 
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