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viernes, 10 de agosto de 2012

Entrevista

La Vida es Suerte

Por Agustina Llumá

 

Para quien transita el mundo del ballet y la danza de la ciudad de Buenos Aires, la figura de Galina Gladinkova es bien conocida. Con 93 años y un metro cuarenta y cinco de altura, es una de las pocas ex bailarinas que asiste a todos los espectáculos de esta pluricultural metrópolis

 

Galina -como la conocen todos -, cumple el 29 de este mes 93 años y no se pierde ni un espectáculo coreográfico o evento vinculado con el arte de terpsícore. La diminuta bailarina sigue tan activa como a los quince: vive sola, se maneja por toda la ciudad en subtes y colectivos, baila tango, hace gimnasia y natación.

 

En una cálida charla desarrollada en la sede de Balletin Dance, en una de sus frecuentes visitas a la redacción, la bailarina recordó fragmentos de su historia y varias anécdotas para compartir. Nació en la ciudad de Odesa (actual Ucrania) en 1919 y a los dos meses, escapándose de la guerra sus padres llegaron a Rumania donde la beba fue inscripta, “soy rumana” señala jocosamente. Luego de cinco años de una infancia de pocos recuerdos, se establecieron en París.

 

Galina domina cinco idiomas: ruso que hablaba con su mamá, francés que aprendió en el primer grado de la escuela primaria en París. Al año siguiente la familia se radicó en la Argentina donde cursó en una escuela alemana, por lo que tuvo que aprender rápidamente el español y el alemán. “El inglés, que es el último que aprendí, es el que mejor domino, después del español” confiesa.

 

Buenos Aires

Llegó a Buenos Aires en barco con su mamá, un año después que el padre, ingeniero, que había venido en búsqueda de trabajo. Recién en el segundo año de la escuela comercial Galina decidió dedicarse al ballet, había sido una niña muy activa y se destacaba en gimnasia. Tenía 15 años. Luego de una experiencia infructuosa “me dijeron que fuera al Conservatorio Nacional” del que egresó con el título docente de danza. “En 3 años hice los 9 años, todo libre. Allí me recomendaron a Ekaterina de Galantha, con quien estudié varios años, en la clase superior, junto a Mecha Quintana y María Ruanova”.

 

Galantha

Ella no gritaba pero era muy... no te charlaba, ni nada. Daba muy lindas clases, la barra era parecida, pero en el centro inventaba pasos cada vez. Uno bailaba en sus clases. Tenía en la calle Posadas 1029, un estudio “enorme”, ni siquiera hay uno tan grande ahora -creo-, hasta escenario tenía. Al segundo año de estudiar con ella me ponía junto a todas las primeras figuras del Teatro Colón. Entonces vino desde Viena Margarita Wallman para dirigir el Ballet del Teatro Colón y le dijo que le faltaban bailarines, que era muy chico el cuerpo de baile y que además era toda gente que no bailaba muy bien, necesitaba renovarlo. Galantha me dijo ‘anotate que con lo que vos sabés vas a entrar de cabeza’. Me anoté... creo que fui la única persona que entró sin cuña”.

 

En el Colón

Hacía tres años que había empezado a estudiar ballet, y el examen fue para Galina muy sencillo. “Entramos en esa oportunidad veinte chicas”.

 

Era 1938 y el inicio de una carrera en nuestro primer coliseo que transitó siempre en el cuerpo de baile. Medía entonces un metro cincuenta, pero para ella esa no fue la razón por la que nunca ascendió de categoría. “Quise dar un examen para corifea, una categoría anterior a solista que había en aquella época, pero cuando me tocó a mi Wallman dijo ‘basta, basta, yo se que usted sabe bailar bien’ y no me dejo hacer el examen. Ella era a veces severa, a veces simpática, a veces muy antipática. Con ella hablaba en alemán”.

 

En los primeros programas de mano, Galina figuró con su apellido paterno, alemán, pero enseguida pasó a usar el nombre artístico “que era el apellido de mi madre, el ruso: Gladinkova”.

 

Viajes

Así como ahora, de jovencita, Gladinkova siempre fue muy inquieta. “Estuve varias veces en Londres y en Nueva York. Viajaba desde fines de enero, aprovechaba cuando teníamos nuestras vacaciones anuales”. Y simultáneamente, instaló su estudio de danza que llevaba su nombre “en Acevedo (actual Armenia) y Santa Fe”.

 

Veinte años después de haber ingresado, el Teatro Colón ofreció a sus bailarines la posibilidad de jubilarse. “Papá me dijo ¿para qué vas a seguir bailando? mamá no está bien, vos tenés la escuela de baile… él estaba muy enfermo, ya se estaba por morir. Le hice caso, me jubilé y después me arrepentí”.

 

De todas maneras la pequeñita no se quedó quieta, organizó una serie de recitales solistas acompañada por un pianista (que rotaba constantemente) con los que recorrió varias ciudades y países.

 

Clases

Otra de las características de Galina es haber seguido tomando clases toda su vida lo que se refleja en su postura y en su grácil andar. “Seguí tomando clases mientras pude. Me operé de las dos caderas, reemplazo de fémur, no fractura (NdR: la cirugía típica de las bailarinas clásicas) y tuve que cambiar, en lugar de hacer ballet pasé a tomar clases de gimnasia. Podía levantar las piernas, pero me prohibieron saltar. Bailé tango, también, hasta el año pasado y soy una buena nadadora”. Es socia vitalicia del club Gimnasia y Esgrima donde va todos los días a hacer natación, excepto en invierno “para no tomar frío”.

 

Docencia

“Tuve alumnas muy buenas: Estela Erman que bailó en el Colón y ahora tiene las Escuelas Patagónicas, estudió conmigo cinco o seis años antes de irse a Rusia, incluso el primer año cuando vino en las vacaciones, siguió estudiando conmigo. Después de recibirse en Rusia se radicó en París”.

 

Espectadora

Como público Galina Gladinkova afirma que ve todos los detalles “me interesa no solamente la parte técnica sino la artística. Veo bailarinas muy frías, porque no bailan con el alma, bailan con la técnica. Para ser bailarina buena, buena, hay que tener las dos cosas. La técnica se aprende pero el alma viene con uno, eso no se aprende. También es importante que tengan buenos brazos”.

 

Para asistir al Colón Galina se ha hecho acreedora de un pase único. No se pierde espectáculo en el primer coliseo. “Tengo un pase -dice-. No se si alguien más lo tiene o no”. El Ballet Estable está “fantástico”, asegura, aunque este año todavía no ha podido ir a ver clases. “Pero estamos a mitad de año, todavía tengo tiempo y voy a ir. Están trabajando bien. Tengo mi preferida… Silvina (Perillo), divina, que es muy linda bailarina, para mi gusto es la mejor”.

 

Reinventándose

Y sus inquietudes y desafíos se prolongaron toda su vida. A los sesenta años decidió que era hora de aprender a manejar, sacó su registro de conducir y se compró su primer auto. También a esa edad, resolvió que era momento de casarse. “Cuando mamá murió -vivía con ella- me encontré muy sola. A los seis meses me casé” confiesa al referirse a la peor decisión de su vida. Y para ser más clara explica: “Por estúpida, vendí el estudio con la vivienda, para mudarnos a Corrientes y Callao, y ahí me fue muy, muy mal”. Esta relación duró seis años y Galina confiesa no haberle prestado mucha atención a su marido. “Me pasaba las noches jugando a la canasta, o al rummy, en el club El Progreso de la calle Sarmiento (socia vitalicia también). Siempre me encantó el juego”.

 

¿Cuándo comenzó a perder la vista?

“Hace seis años, de a poco. Después que me operé de las cataratas. No me fue bien con esa operación. La retina está mal, no tiene cura. Estoy viviendo con gotas que no me hacen nada”. El certificado de invalidez le permite viajar gratis a todo el país con un acompañante, y también en subtes y colectivos. “Ni en avión, ni en barco” aclara. Conoce todas las líneas de colectivos “no uso taxi porque para mi es muy caro, todavía no cobré…”.

 

Ese es el puntapié para hablar del reclamo judicial que todos los bailarines iniciaron hace unos años. Según Galina, de un día para el otro, todos comenzaron a cobrar la mitad de su sueldo jubilatorio. “Reclamamos lo que nos pertenece. Justo vengo del abogado y cree que me va a salir este año”. Prácticamente la mitad de los bailarines -todos más jóvenes que Galina- ya normalizaron su situación. “Así es la vida. Todo es suerte, la vida es suerte”.

 

La Foto

 

Hace nueve años, la fotógrafa Gaby Messina conoció a Galina Gladinkova y resolvió retratarla. Fue en su casa donde tomó una foto de la bailarina con atuendo de clase color rosa y zapatillas incluidas. La foto pasó a integrar una exposición realizada en el Teatro San Martín, luego fue la tapa del libro Grandes Mujeres de Messina, y hasta el mes pasado se expuso en el Museo de Arte Latinoamericano (Malba) en el marco de la exposición temporaria “Adquisiciones, donaciones y comodatos 2011”.


 
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