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viernes, 10 de agosto de 2012

Actualidad

 

Había Una Vez un Circo

Por Daniel Sousa

 

Después de Saltimbanco, Alegría y Quidam, el Cirque du Soleil trae al país Varekai, otra propuesta que combina destrezas físicas asombrosas con la danza, la música y las artes plásticas, ejecutadas por un elenco multicultural

 

La mixtura de disciplinas artísticas forma parte de la esencia misma del Cirque du Soleil. Desde los inicios en Quebec, Canadá, en 1984, hasta nuestros días, la compañía se ha nutrido de múltiples expresiones del arte, de la danza a la plástica y del teatro a la música y la poesía, además de las manifestaciones acrobáticas. Lejos quedaron los días en que una veintena de artistas callejeros se congregaba en torno al osado Guy Laliberté (acordeonista, experto en zancos, ducho en el ejercicio de escupir llamaradas) con el sueño de crear un show circense de estilo propio, que los identificara. Hoy, la gran maquinaria del Cirque… se mueve gracias al trabajo de cinco mil empleados, entre los que se cuentan mil trescientos artistas de unos cuarenta países.

 

Más de veinte obras actualmente en cartel en cuatro continentes y quince millones de espectadores previstos para este año dimensionan la envergadura que ha alcanzado el proyecto de aquellos iluminados. La Argentina recibirá el mes próximo otra producción original del Cirque du Soleil, la cuarta en llegar a estos lares después de Saltimbanco, Alegría y Quidam. Se trata de Varekai, cuyo desembarco se anticipó semanas atrás durante una reunión de prensa de la que participaron algunos de los artistas que desde el 8 de septiembre realizarán un total de veintitrés presentaciones en el Complejo al Río, de Vicente López (en el límite externo norte de la ciudad).

 

Estrenado en Montreal, en 2002, Varekai recorrió ya 65 ciudades de 18 países. Acaba de celebrar en Recife, Brasil, su función número 3.500, con lo que suma más de ocho millones de espectadores. Sus creadores lo describen como un canto al espíritu nómada y la tradición circense. O lo que es lo mismo, al origen de esta comunidad de artistas fascinante.

 

Escrita y dirigida por Dominic Champagne (artífice también del homenaje del Cirque… a Los Beatles, Love, actualmente en cartel en Las Vegas), la obra abreva en “el arte dramático y la acrobacia más pura”, aunque admite también ciertas licencias de corte más innovador. En este último punto se inscriben atracciones como los columpios rusos y el triple trapecio, que conviven en armonía, bajo el cielo azul y oro de la carpa gigantesca, con los irremplazables cuadros de payasos, los malabares y el equilibrio sobre bastones.

 

Varekai significa, en la lengua romaní de los gitanos, “en cualquier lugar”. El mismo término remite en esta propuesta a un mundo idílico ubicado en la cima de un volcán, al que un día accede un joven solitario caído del cielo en busca de aventuras. “Creo que los artistas tienen la responsabilidad de formular preguntas sobre el universo que los rodea -dijo Champagne al referirse a la trama-. Todas mis obras tratan sobre el intento de cumplir un sueño”.

 

NUEVA DIMENSION

La partitura original del espectáculo, obra de la compositora italiana Violaine Corradi (que ya había trabajado en otro opus del Cirque…, Dralion), combina cadencias hawaianas, melodías armenias y música gospel, y es interpretada por siete músicos en vivo. El vestuario diseñado por Eiko Ishioka (ganadora de un Oscar), de confección completamente artesanal, se compone de 130 trajes y está al cuidado de seis personas.

 

La coreografía, en tanto, lleva las firmas de Michael Montanaro y Bill Shannon. Comenta el primero: “Trabajar con acróbatas me permite explorar una dimensión nueva de la danza. El escenario deja de ser una pista, el movimiento ocupa todo el espacio y parece desafiar las leyes de la gravedad”. Montanaro, criado en Nueva Inglaterra (Estados Unidos) y con un paso por el Boston Ballet, es bien considerado entre sus colegas por tratarse de un renovador de la danza contemporánea. “El circo, sin ser trivial, es un arte festivo -opina-. Como un imán, nos aleja de los problemas cotidianos por un rato y nos transporta a un universo donde todo es posible. No es sólo entretenimiento, es mucho más”.

 

En el mundo del baile, a Shannon se lo conoce como “el maestro de las muletas”. A raíz de una incapacidad física inventó una singular técnica de movimientos con esa herramienta, que en Varekai adquiere una atrapante dimensión artística. “En mi coreografía, el objetivo es fusionar la ‘técnica Shannon’ con el baile de estilo libre de la calle, el monopatín y la poesía de las películas mudas”, adelanta.

 

PEQUEÑO MUNDO

De las 170 personas cuya vida gira en torno a este espectáculo, 127 son empleados (56 de ellos, artistas) y el resto, acompañantes (hijos y cónyuges). Hay 26 nacionalidades representadas y aunque las lenguas con las que más se comunican son el francés y el inglés, también se oye hablar en chino, italiano, portugués, castellano, georgiano y ruso. El grupo cuenta con cuatro docentes a tiempo completo (hay once alumnos), cocina y servicio médico propios.

 

La carpa mayor, la que alberga el show, tiene capacidad para 2.600 espectadores, está calefaccionada y alcanza los 17 metros en su punto más alto, siendo autosuficiente en términos de alimentación eléctrica.

 

Serán sólo tres semanas de Varekai en Buenos Aires, con entradas cuyos precios van desde los 225 a los 1.200 pesos. Caro, pero el mejor.


 
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