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sábado, 10 de diciembre de 2011

El Gran Debut

Por Daniel Sousa

 

Silvia Bazilis, la gran bailarina clásica, estrena su primera coreografía para una compañía oficial. Se trata de El Cascanueces, que el Ballet Nacional del Sodre mostrará en Montevideo hasta el 20 de este mes. Julio Bocca, con quien compartió un dúo soñado sobre los escenarios, la convocó para afrontar este reto

 

En veinte años de carrera artística profesional, habiendo escalado hasta lo más alto de la danza académica aquí y en el extranjero, es de imaginar que Silvia Bazilis se enfrentó a infinidad de desafíos. Sin embargo, ninguno se compara con el estreno de su primera coreografía para una compañía oficial.

 

“Realmente nunca pensé que mi relación con la danza seguiría expresándose a través de coreografías mías”, admite ante Balletin Dance en Montevideo, donde se instaló hace ya dos meses para montar su propia versión de El Cascanueces para el Ballet Nacional del Sodre, dirigido por su tan querido Julio Bocca.

 

“Siempre me atrajo poner coreografías para las muestras del Estudio de la Fundación de Julio, en donde trabajo. Los niños me inspiran y también algunas músicas e ideas que surgen a partir de ellos. Pero realmente nunca pensé en esto que hoy me pasa”, subraya.

 

¿Qué la decidió a hacerlo en este momento?
Fue Julio quien hace tiempo pensó que yo podía coreografiar cosas interesantes. Siempre digo que él cree en mí más que yo misma. Puse una obra pequeña para él hace unos años, en la opera Enrique VIII, para el Liceo de Barcelona. Poco después me habló de El Cascanueces para hacerlo en Buenos Aires, pero nunca se dio. Una vez más ahora me pide que lo haga y yo decido asumir este desafío tan grande para mí, ya que es la primera vez que trabajo con una compañía oficial

Pensar en Bazilis y Bocca juntos sobre un escenario es remontar el tiempo para volver a verlos bailar, con encomiable entrega y elevado rigor técnico, en inolvidables versiones de Giselle, Coppelia o Romeo y Julieta. “Mi relación con él siempre ha sido preciosa, basada primero en la admiración, y desde luego en la gratitud, porque trabajo en su estudio desde que dejé de bailar”, confía Silvia, quien se retiró de la escena a los 41 años. “Mi jubilación fue muy desfavorable económicamente y Lidia Segni me dio la posibilidad de dar clases reemplazándola cuando ella viajaba en gira con el Ballet Argentino. Desde entonces y hasta hoy continúo en la Fundación Julio Bocca, a la que considero mi casa”.

 

Las dos décadas en las que se desempeñó como integrante del Ballet del Teatro Colón (donde fue primera bailarina entre 1977 y 1994) le han dado a Bazilis una visión integral del trabajo de las grandes compañías. Esto le permite descubrir en los jóvenes valores del Sodre a “una compañía deseosa de hacer, aprender y crecer. Realmente Julio ha dado un vuelco en el ballet en Uruguay. Ha jerarquizado este arte y atrajo al Sodre a un público que había perdido el interés en ver ballet. A tal punto que dos meses antes de cada estreno, como nos ha pasado ahora con El Cascanueces, la sala está totalmente vendida para todas las funciones que haremos”.

 

En Uruguay

En sus días en Montevideo, Silvia Bazilis se levanta muy temprano, repasa la agenda de la jornada y le dedica un tiempo a su espiritualidad. A las 10 arranca con los ensayos hasta las 17, y “después la tarea sigue con vestuario, peluquería… No me queda tiempo para mucho más”, admite. Sumamente responsable, decidió instalarse en la capital uruguaya porque “necesito tener la seguridad de que cada lunes a la mañana voy a estar acá, lista para comenzar a trabajar; no puedo correr el riesgo de que se suspendan los vuelos y esas cosas”.

 

¿Qué intervención tuvo Bocca en el montaje de su obra?

Como director de la compañía me ha dado total libertad para hacer, y me aportó también algunos consejos muy útiles en el armado de los pas de deux, ya que los creé sin tener ningún bailarín presente, dado que traje todo pensado desde Buenos Aires. El ha sido un partenaire increíble y me ayudó a montar los dúos marcando conmigo y dando directivas muy precisas a los muchachos, ayudándolos en los trucos coreográficos. Además de eso, Julio está continuamente en el control de la producción, que es nueva en todo sentido, y aportó ideas como la de incluir muñecos y títeres en la obra, con la técnica del teatro negro, que serán manejados por el grupo de teatro Pampinak, de Uruguay. 

 

¿Qué líneas sigue el diseño coreográfico?

Si bien la puesta está inspirada en la original de Marius Petipa y Lev Ivanov, tiene suficientes novedades como para considerarla un estreno. Más allá de ser un ballet netamente clásico, en el concepto y la musicalidad me incliné por un estilo menos académico, sobre todo en los grupales, poniendo énfasis en la amplitud de los movimientos e invadiendo el espacio con dibujos coreográficos, que creo es lo mejor que me sale. Busco que los bailarines hagan ver la música por sobre todas las cosas. Que el espectador cierre los ojos y capte el sentimiento de la música, y luego los abra y la visión coincida con ese sentimiento.

 

¿Qué ha sido para usted lo más difícil de esta primera incursión como coreógrafa?

Sin duda, armar un ballet sin bailarines con los cuales probar los pasos y secuencias. Para hacerlo conté, claro, con la valiosa ayuda de mi asistente, Cristina Ibáñez, bailarina del Teatro Colón y compañera mía durante varios años. Trabajamos mucho en el estudio de Katty Gallo, donde filmábamos los pasos y estudiábamos intensamente los dibujos, para después dejar todo asentado por escrito.

 

¿Cuál fue la anécdota más sabrosa de todo este proceso?

En esas largas tardes de trabajo en el estudio no lográbamos ver unos cruces que yo tenía en la cabeza para el cuerpo de baile en el Vals de las Flores. Al ser dos era imposible probarlos. En eso pasó otra amiga y también maestra, Alicia Stolerman, que había terminado una clase, y le pedimos ayuda. Ahora éramos tres para más o menos hacer algo. Así fue que a esa secuencia en nuestros cuadernos le pusimos el paso Alicia, y así quedó. Al montarlo, en la partitura, y hasta entre los bailarines se referían a ese tramo como el paso Alicia y para nosotras fue algo muy gracioso.

 

Repartos

El Cascanueces, un clásico navideño, con música de Piotr Ilich Tchaikovski (se presenta en versión grabada), tuvo su debut el viernes 9 de este mes y realizará diez funciones en el Auditorio Nacional Adela Reta, hasta el martes 20.

 

Dentro del elenco de casi sesenta integrantes se seleccionaron cinco repartos de figuras principales, todas muy jóvenes y provenientes de distintos países. Son ellas Giovanna Martinatto (Uruguay) y Guillermo González (Argentina), Careliz Povea (Venezuela) y Ciro Tamayo (España, de sólo dieciocho años), Rosina Gil (Uruguay) y Juan Carlos Pi (Perú), Ismael Arias y Vanesa Fleita (ambos de Uruguay), Gabriela Flecha (Paraguay) y Nelson López (Uruguay).

 
 

Un cuento de Navidad

 

El Cascanueces es un ballet en dos actos y tres escenas, compuesto por Piotr Ilich Tchaikovski entre 1891 y 1892. El compositor puso música a la adaptación de Alejandro Dumas (padre) del cuento El Cascanueces y el Rey de los Ratones, de E. T. A. Hoffmann.

 

La partitura pertenece al período romántico y varias de sus melodías se escuchan con frecuencia, especialmente en Navidad. El ballet se estrenó en diciembre de 1892 en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, dirigido por Riccardo Drigo. A lo largo de los años se han conocido distintas versiones y variaciones argumentales, destacando entre ellas las coreografiadas por Rudolf Nureyev, Roland Petit, George Balanchine y Mikhail Baryshnikov.

 

La historia comienza con una fiesta en la víspera de Navidad en casa de los padres de Clara. Su padrino, Drosselmeyer, le trae varios regalos a la niña, entre ellos un cascanueces con forma de soldado. Después que los invitados se marchan, Clara se va a dormir con su cascanueces y sueña que se agranda toda la casa (menos ella) y los juguetes del árbol navideño cobran vida.


 
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