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sábado, 10 de diciembre de 2011

Con la Pasión Intacta

Por Carlos Bevilacqua

 

Tras cumplir en junio 20 años como parte del American Ballet Theatre, este mes Paloma Herrera se dará el gusto de bailar El Corsario junto al canadiense Guillame Côté en el Teatro Colón, el ámbito en el que se formó y al que sigue manifestándole gratitud. En la plenitud de su carrera, la talentosa bailarina revela su rutina de trabajo y reflexiona sobre los requisitos para destacarse en la danza clásica

 

Ya no es la adolescente prodigio que a principios de los ’90 sorprendió a propios y extraños con una técnica impecable. Sus actuaciones deslumbrantes ya son moneda corriente desde hace años. Son pocos los papeles del repertorio clásico que le quedan por interpretar. Sin embargo, Paloma Herrera sigue dando de qué hablar por sus logros como bailarina clásica. En junio último cumplió 20 años como integrante del American Ballet Theatre (ABT) de Nueva York. Con motivo de la efeméride, ese cuerpo de baile (uno de los más prestigiosos del mundo) decidió homenajear por primera vez a uno de sus miembros. ¿Cómo? Con una función especial en la que Paloma bailó Coppelia, la misma obra con la que había debutado en el Metropolitan Ópera House de la gigantesca ciudad estadounidense.

 

Entre aquel comienzo y este presente, Herrera recibió numerosos reconocimientos a partir de su trabajo sobre el escenario. En 1995, con apenas 19 años, fue elegida primera bailarina del ABT, la más joven de toda la historia de la compañía en alcanzar tal jerarquía. En ese carácter brilló tanto en las temporadas neoyorquinas del ABT como en sus frecuentes giras. Asimismo, fue estrella invitada de los más importantes ballets de Europa y América.

 

La acumulación de halagos no parece haber afectado su sencillez al hablar con la prensa. Fresca, reflexiva, optimista y agradecida fue cómo se mostró en el siguiente diálogo, motivado por su inminente protagonismo, los días 18 y 20 de diciembre, en el último programa del año del Teatro Colón. Esos dos días será parte central del elenco que encabezará junto al bailarín canadiense Guillaume Côté para llevar al escenario del máximo coliseo argentino El Corsario, con coreografía de Anne Marie Holmes y música a cargo de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires dirigida por Hadrian Avila Arzuza.

 

¿Con qué expectativas viene a Buenos Aires?

Como siempre, con las mejores. De Buenos Aires yo tengo los mejores recuerdos, ya sea bailando en el Colón, en el Luna Park o en cualquier otra circunstancia. El público es increíble. Cada vez que vengo hago diferentes producciones. Trato de mantener una relación lo más cercana posible con el público argentino. Lamentablemente no pude bailar el año pasado por una huelga de los bailarines. Por eso hace tres años que no bailo en Buenos Aires, lo cual para mí es un montón de tiempo porque me gusta poder estar todos los años.

 

¿Qué le genera El Corsario?

Me gusta mucho porque es un desafío. Es una obra que te exige estar todo el tiempo en el escenario y que tiene muchas variantes. Me parece que es un ballet que permite desarrollar no sólo lo técnico sino también lo lírico, o sea muchas facetas del personaje. La música todo el mundo la conoce. Otro rasgo que me gusta de El Corsario es que es tanto para público entendido como para gente que nunca fue a ver ballet, porque es una obra que impacta mucho por su música, su coreografía y su puesta en escena. Yo la había hecho mucho con el ABT en giras por otros lugares del mundo pero nunca en Argentina. Me gusta hacer diferentes obras cada vez que voy, ya que la mayoría de la gente no tiene la posibilidad de ir a Nueva York. Por otro lado, ya trabajé mucho con Anne Marie Holmes, la encargada de reponer el ballet.

 

2011 fue un año especial en su carrera porque cumplió 20 años en el American Ballet Theatre.

Sí, uno no cumple 20 años en un una compañía todos los años. Y la verdad es que me parece que fue ayer que empecé. Estoy muy feliz en el ABT, me ha dado todas las oportunidades. Era mi sueño de chica, cuando miraba los videos de Mikhail Baryshnikov. Soy consciente de que soy una privilegiada y cada día agradezco esta posibilidad que tengo. El director me da mucha libertad, porque me deja ir a bailar en Buenos Aires y con compañías de otros países.

 

¿Cómo es un día tipo en la vida de Paloma Herrera?

En general, tenemos una clase a las 10 de la mañana y ensayamos hasta las 7 de la tarde. Si es época de funciones ensayamos menos y descansamos un poco más para la función. También varía mucho la rutina si estamos de gira. Si estamos cerca de un estreno o el coreógrafo es nuevo, ensayamos un poco más. Por eso todos los días son diferentes. Siempre que puedo voy al teatro a ver otras compañías de ballet, obras de teatro del circuito comercial, otras del off-Broadway, conciertos y películas argentinas cuando se hace el Festival de Cine Latino. En ese sentido es una ciudad increíble en la que ya me siento como en casa.

 

¿Sigue sintiendo las mismas ganas de bailar que cuando empezó?

Sí, por no decir más... Es muy loco, a mí misma me cuesta entenderlo. Por eso estoy tan agradecida. A veces me digo a mí misma: “¡Qué increíble que después de una carrera tan larga siga con las mismas ganas y la misma energía! Es increíble que después de 20 años ningún día sea igual y ninguna función sea igual. Uno siempre está buscando más roles, buscando algo nuevo. Para mí cada día es especial. Me encanta el escenario, pero también todo el proceso de trabajo.

 

¿Qué disciplinas auxiliares de la danza son útiles para los bailarines profesionales?

A mí el yoga me ayuda muchísimo porque me lleva a hacer un montón de ejercicios de equilibrio y a trabajar partes del cuerpo que tal vez los bailarines no usamos tanto. Entonces, como complemento resulta maravilloso. Por otro lado, hago un estiramiento antes de mis clases y de las funciones, que es una mezcla de pilates y otras cosas. Pero pienso que cada uno tiene que encontrar lo que le sirva.

 

¿Qué influyó más en sus logros: el talento natural o el trabajo?

Todo. Me gustaría decir que si trabajás fuerte y duro vas a llegar, pero no es así. Uno tiene que nacer con algo especial. Hay muchos factores que influyen: hasta el físico, los pies, las extensiones. Hay artistas que son técnicamente perfectos pero que les falta ese algo especial cuando están arriba del escenario. Pero si uno tiene todo eso y no trabaja, se queda en el camino. Es muy difícil tener todos los atributos. Por eso tanta gente estudia danza y tan pocos llegan. Porque hay que tener ese don natural, más ese ángel sobre el escenario, más el trabajo. Y pienso que un poco de suerte, también. Porque en el mundo del ballet hay muchas lesiones. Todo el tiempo estamos poniendo el físico en riesgo y hay quienes se lesionan mucho más que otros.

 

¿Cuida mucho su alimentación?

Sí, la verdad que sí. Como súper-sano porque a mí me funciona. Comer sano me permite estar bien y, cuando estoy bien, doy lo máximo. No es algo que me implique un sacrificio. Hay gente que me dice: “¡No puedo creer que no comas nada de chocolate!”, pero yo no lo extraño para nada. También conozco bailarines que comen hamburguesas con papas fritas y son excelentes bailarines lo mismo. Cada uno tiene su fórmula. Hay quienes toman bastante, también. Yo jamás tomé una gota de alcohol y a mí me funciona. Pero no puedo afirmar que sea “la fórmula”.

 

¿Cómo sigue formándose como bailarina?

Pienso que uno tiene que seguir tomando clases todos los días. A mí me encanta seguir tomando las mismas clases de calentamiento y de barra que tomo desde los siete años. Me gusta seguir teniendo el maestro adelante y que siga haciendo correcciones. Uno a su vez trata siempre de mejorar. Me encanta esa búsqueda de algo más, de saber que no hay límites.

 

¿Qué se gana con el tiempo?

Mucho. Así como fui muy feliz a los 15, cuando al entrar al ABT sentí que tocaba el cielo con las manos, fui muy feliz durante toda mi carrera. Poder hacer diferentes roles tan joven y después poder hacerlos tantas veces fue algo fabuloso. No puedo elegir una etapa de mi carrera por sobre las demás, cada una tuvo lo suyo.

 

¿Por qué cree que el ballet no es más popular?

Es una buena pregunta. Está instalada la idea de que el ballet es sólo para un ámbito y para un grupo muy selecto de espectadores. Eso pasa en todo el mundo, pero más en la Argentina. Pienso que no es necesario saber muchísimo de ballet para poder disfrutarlo. Uno tiene que ir al teatro y ver qué siente. Es verdad que es difícil conseguir que la gente que no suele ir al teatro vaya al teatro. Pero me parece que influye mucho qué es lo que se le ofrece. Por eso, cuando voy a la Argentina trato de hacer espectáculos de muy buena calidad para que el público nuevo disfrute de la experiencia y quiera volver.

 

¿Está al tanto de los conflictos que hubo en el Colón?

Bueno, me tocó vivir uno de ellos porque el año pasado no pude bailar por un conflicto gremial. Pero yo nunca pertenecí a la compañía del Colón. Hice ahí toda la escuela, de la que tengo los mejores recuerdos. Siempre que me preguntan, digo que soy producto argentino, del Teatro Colón y de la maestra Olga Ferri. Pero después de estudiar ahí, me fui a Nueva York, o sea que no sé cómo se maneja todo, qué es lo que se estaba discutiendo en ese momento y traté de no meterme porque al no pertenecer me parece que no puedo saber lo que está pasando.

 

¿Y por la realidad del país en general se interesa?

Sí. Yo igual siempre trato de ver lo positivo. A mí me encanta mi país. Cada vez que en el exterior me preguntan por la Argentina, les digo: “Ay, es un lugar genial, divino, maravilloso”. Siempre trato de ver a mi país con ojos positivos, así que no soy muy objetiva. Es mi forma de tirarle buena onda. Me parece que si todos le tiramos tierra es peor.

 

¿Con qué sueña?

Me parece que a la hora de pedir algo hay que pedir para los demás. Si todos pensáramos un poco más en el otro, sería un mundo completamente diferente. Si todos pudiéramos vernos menos como un centro y cada vez que tenemos un sueño fuese un sueño colectivo, estaríamos todos en otra posición.

  
 
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