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jueves, 10 de noviembre de 2011

Entrevista

 

Vivir Bailando

Por Mariana Fernández Camacho

 

Los argentinos Erica y Herman Cornejo, primeras figuras del Boston Ballet y del American Ballet Theatre, debutaron en el Teatro Colón en la gala conmemorativa por los cuarenta años de la trágica desaparición de los bailarines del Ballet Estable

 

Esta nota comienza por el final, por la culminación de una noche especial en el Teatro Colón ofrecida en homenaje a las primeras figuras del Ballet Estable desaparecidas en el accidente aéreo del 10 de octubre de 1971. Porque en ese marco, Erica y Herman Cornejo bailaron Diana y Acteón y entonces el Teatro alcanzó su clímax: el público, de pie, se dejó llevar y ovacionó a esta pareja de hermanos que debutaba en el escenario que los vio nacer.

Antes de bailar, los Cornejo compartieron con Balletin Dance la ansiedad del debut y el trayecto recorrido. Ambos se formaron en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón y simultáneamente con Katty Gallo y Raúl Candal en forma particular. Los dos pertenecen a una generación de talentosos bailarines que se iniciaron profesionalmente siendo muy pequeños y decidieron, también jóvenes, desarrollar sus carreras fuera de la Argentina.

En su localidad natal del Gran Buenos Aires, José C. Paz, los pequeños iniciaron sus clases en una asociación que impartía “ballet, fútbol, karate... de todo un poco” recordó Erica. Ella comenzó ballet allí a los 4 años mientras que Herman se matriculó a los seis en patín artístico… pero muy pronto, como en el caso de otros varones siguiendo a sus hermanas, fue inscripto en las clases de danza. Los dos demostraban facilidades a la hora de realizar los movimientos que exigía la técnica y años más tarde, su madre decidió llevarlos a estudiar a la Capital Federal.

 

“Tomé clases con Mercedes Serrano y Wasil Tupin que me prepararon durante un año y a los nueve me tomaron en la escuela del Instituto del Teatro Colón, donde cursé hasta el séptimo año. En el transcurso formé parte de la Compañía Estable del Colón como refuerzo y a los 15 años audicioné para el Ballet Argentino de Julio Bocca, donde estuve los cinco años antes de irme a Estados Unidos” sintetiza la bailarina.

 

“A los ocho años, por acompañar a mi hermana, quise aprender ballet. Nacimos con esas ganas de mover el cuerpo, con esa coordinación. A los 14 años entré a la compañía de Julio Bocca haciendo roles principales y ahora tengo 30, por ende llevo más años de bailarín profesional que de estudiante” aseguró el joven.

 

En el Ballet Argentino de Julio Bocca, los pequeños desarrollaron una experiencia singular e integraron la recordada gira La Vuelta al Mundo que marcó a una generación completa de bailarines argentinos. Herman fue aceptado en el Concurso Internacional de Ballet de Moscú (antes de cumplir la edad requerida) a instancias de Julio Bocca, y resultó ganador de una medalla. A partir de allí los horizontes se ampliaron.

 

En el exterior

EC. Tomamos la decisión de viajar a Nueva York en 1998. Tuvo que ver con que como Julio fue uno de los principales bailarines del American Ballet Theatre lo conocíamos a través suyo y además el ABT fue a bailar al Teatro Colón cuando yo todavía estaba en Buenos Aires y me había encantado. Así fue como audicioné y me tomaron en el American, donde estuve hasta el año 2006, cuando me fui al Boston Ballet como bailarina principal, donde sigo bailando actualmente.

HC. Lamentablemente, en la época en que nos tocó el futuro estaba afuera, porque la compañía del Teatro Colón no hacía espectáculos y el hecho de recibirte en el Instituto no te aseguraba entrar al Ballet. Ante la incertidumbre, cuando tuvimos la posibilidad de integrar la compañía de Julio Bocca obviamente tomamos viaje. Conocimos el ABT y era como un sueño viajar a Estados Unidos y trabajar donde han pasado las estrellas más grandes, como Makarova y Baryshnikov. Era como un imán, que te impulsaba a ir para conocer la historia del ballet. En cambio, cuando estaba en el Instituto yo no sentía ese futuro. Además Raúl Candal y Katty Gallo me dejaron ver qué hay en el mundo, no me retuvieron.

EC. Me acuerdo que estando en la compañía de Julio fuimos a bailar al City Center, en Nueva York, y fue algo energético. Con Julio bailamos en todas partes del mundo, pero aquella vez en ese teatro sentí una energía diferente, muy fuerte, y eso también me atrapó un montón para tomar la decisión de viajar allí. Es duro irse del país, nosotros éramos muy jóvenes, era otra cultura, otro idioma. Podrías no adaptarte.

HC. El ABT incluye todo el repertorio que para un bailarín es súper rico. Es una compañía donde aprendés todos los estilos.

EC: Lo mismo pasa con el Boston Ballet, donde podés hacer clásico, neoclásico, contemporáneo, y de las cosas buenas, con coreógrafos súper reconocidos mundialmente. Siempre me ha gustado experimentar diferentes estilos.

 

¿Cómo es la relación de dos hermanos que comparten la profesión?

EC. En el ABT se nos dio la posibilidad de bailar juntos. Porque puede pasar que haya hermanos, pero que no compatibilicen, o que tengan diferentes formas de bailar. Nosotros tenemos una energía y una forma de bailar muy parecida, y las estaturas también nos ayudan un montón.

HC. Y es muy importante, porque cuando te vas a otro país no sólo necesitás del coraje para hacer lo que te gusta, el apoyo familiar es esencial. Sobre todo para seguir el objetivo principal y no desviarte. Fue un regalo poder viajar juntos y tener el mismo objetivo.

 

Un día de trabajo

HC. El día normal de trabajo comienza a las diez de la mañana con una clase de una hora y media que no es obligatoria contractualmente, pero que te la pide el cuerpo, es el pan de cada día. Después son siete horas de ensayo de lunes a viernes, y cuando hay espectáculo trabajamos seis días a la semana con cinco horas de ensayo, más las dos o tres de la función. Además hacemos gyrotonic, que es un sistema como pilates pero más nuevo, con movimientos circulares, clases de yoga y a veces natación para fortalecer aquellos músculos que en el ballet no utilizamos.

Es un entrenamiento de todo el día, necesario para estar en el tope en compañías tan importantes, donde los bailarines -cada vez más jóvenes- vienen empujando para ascender. Uno tiene que estar cien por ciento al máximo todos los días. Y es una carrera muy corta, por eso tenés que aprovechar lo máximo que puedas, para superarte a vos mismo.

 

¿Cómo recibieron la convocatoria a participar de la gala homenaje?

HC. Recibí la convocatoria a través de Lidia Segni, la actual directora del Ballet Estable del Teatro Colón, y fue un placer tener por fin una invitación oficial. Pensé que lo mejor era hacer el debut con Erica, así sería la primera vez que los dos bailáramos juntos en el escenario del Teatro. La verdad es que es un poco vergonzoso que un argentino con 30 años no haya sido invitado antes, sobre todo en el nivel y en las compañías que estamos, pero yo intento tomarlo como una alegría y enfocarme en la suerte de poder cumplir este sueño. Es un día muy emotivo, más de lo que podamos demostrar en el escenario, porque es un riesgo que te juzguen por un espectáculo que haremos después de diez horas de vuelo... Por suerte no vamos a debutar con nuestro retiro, por lo menos nos quedan diez años más de carrera y espero que esta sea la primera de muchas invitaciones.

EC. A mí me encantaría venir en alguna oportunidad a bailar con la compañía, como lo hacen muchos extranjeros. Eso es lo que a veces duele.

 

¿Cuáles son sus próximas actividades?

EC. Con el Boston Ballet abrimos la temporada a fines de octubre. Se hace una gala con diferentes obras y luego en noviembre empezamos con Romeo y Julieta. Desde fines de ese mes y hasta diciembre El Cascanueces, que es tradición en Estados Unidos. Luego tenemos Don Quijote, La Sílfide, programas mixtos y muchas cosas más hasta mayo.

HC. Yo llego a Nueva York a trabajar el mismo martes. Con el American Ballet estamos preparando Don Quijote para viajar a Omán, porque se abre un nuevo teatro en Muscat y vamos a hacer tres funciones. Luego volvemos a Nueva York y empezamos con la temporada en el City Center, que son dos semanas. Ahí será El Cascanueces, con diferentes coreografías hasta finales de año. En febrero empezamos con La Bayadera de Makarova y la temporada más importante para el American que es en el Metropolitan de mayo a junio.

 

¿Les quedan metas por cumplir?

HC. Las metas nunca se terminan, sobre todo porque no existe la perfección. Todos los días uno hace algo diferente, algo mejor. Técnicamente, siempre se busca hacer más cosas. Interpretativamente, se buscan los detalles. Pero también están los proyectos de coreografiar, dar clases, trabajar con diferentes compañías en el mundo, visitar ciudades y públicos nuevos. Nunca se termina.

EC. Se aprende mucho cuando tenés la posibilidad de viajar a diferentes países. Culturas nuevas, otras sociedades, personas, todo te aporta a lo que das después en el escenario, cositas lindas y buenas que te enriquecen como artista y como persona. Relacionarte con diferentes compañías, permite que te superes, al ir viendo el nivel y cómo evoluciona el ballet en el mundo. Yo le doy gracias a Dios por estar donde estoy, obviamente con trabajo duro, pero es increíble.

  


 
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