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sábado, 10 de septiembre de 2011

Nota de tapa

 

Mi nombre es Freddie

Por Daniel Sousa

  

Hernán Piquín asume el desafío de encarnar a Freddie Mercury en una obra musical sobre la vida del recordado líder de Queen. No buscará imitarlo, aclara, sino transmitir las emociones que lo embargaron en diferentes momentos de su agitada historia personal. El bailarín habla además de su recuperación tras el accidente que protagonizó, de la relación con Julio Bocca y la mirada crítica de algunos de sus colegas

 

 

Ya no se levanta cada día a las cinco de la mañana para tomar el tren en la estación Villa de Mayo y llegar a tiempo a su clase en el Colón, como cuando era niño. Pero la vida de Hernán Piquín no es hoy menos sacrificada. Se presenta a un ensayo de su próximo espectáculo con el vértigo de quien se sabe con los minutos contados. Es que su agenda, siempre ajustada, suma ahora los compromisos derivados del estreno de Freddie, la obra musical de Ricardo Arauz que debuta el 15 de este mes en el teatro Astros.

 

Allí Piquín se pondrá en la piel de Freddie Mercury, nada menos, en una pieza que recorre, en versión libre, la vida del inolvidable líder de Queen sin evitar los claroscuros. Junto a él estarán dos de sus afectos más cercanos, figuras también con peso propio: Cecilia Figaredo, encarnando a La Muerte, y Anita Martínez como la madre de Freddie. Una selección de dieciocho temas de la banda británica servirá de base para que se luzca el diseño coreográfico de Laura Roatta, dentro de una línea neoclásica y contemporánea. El cuerpo de baile se compone de catorce bailarines.

 

“Lo que más quiero con este espectáculo es que la gente se emocione como me emociono yo en el momento en que estoy bailando -dice Piquín-. Por supuesto que no voy a imitar a Freddie, voy a interpretar su música tratando de transmitir todo lo que al personaje le pasa por dentro en cada escena”. El relato se inicia en el momento del fallecimiento del músico, en 1991, y a partir de ahí retrocede en el tiempo para contar sus días en la isla de Zanzíbar (Tanzania), donde nació; su estancia en la India, donde fue violado en un colegio de curas; la llegada a Londres escapando de aquel horror, el descubrimiento del primer amor, la separación de su esposa, el deslumbramiento con los hombres, el apogeo de su carrera artística, el momento en que se entera que es portador de VIH y, finalmente, la desgarradora despedida.

  

 

¿Cuál es el primer contacto con Freddie del que tengas memoria?

 

Desde chico, mi hermano Claudio era fanático de Queen y en mi cuarto siempre se escuchó la música de la banda. Yo no la entendía, pero igualmente me gustaba. Cuando, hace dos años, me llamaron para este proyecto redescubrí aquellas canciones. En este tiempo junté mucha información de Freddie, llamé a Daisy May Queen, que es amiga, y le pregunté muchas cosas sobre él. También Ricardo Arauz, el director, me contó mucho de su vida. Reviendo su historia creo que fue un artista impresionante al que nadie ha podido igualar. Pensá que cuando comenzó a cantar, los que hacían rock le decían que eso que él tocaba no tenía nada que ver con el género y ahora el rock se conoce por las canciones de Queen. Hoy, con treinta y siete años, entiendo y disfruto a Freddie de otra manera, y descubrí en él a un gran poeta.

  

 

¿Por qué se demoró tanto el proyecto?

 

En el medio sufrí un accidente automovilístico muy serio (en noviembre de 2009, en Punta del Este), del que gracias a Dios estoy repuesto. A raíz de eso tuve que dejar de bailar el clásico más puro porque es algo que demanda mucho esfuerzo físico y yo tuve una fractura en la quinta vértebra cervical, con desplazamiento, que por dos milímetros casi me deja cuadripléjico. Lo cierto es que hoy no podría hacer un cambré en el final de El Corsario como el que hacía antes. Esto, sumado a la necesidad de encontrar productores que se comprometieran con el proyecto, hizo que la concreción se demorara.

  

Volver al ruedo

 

Al diagnóstico médico según el cual no podría volver a bailar, Piquín le respondió con esfuerzo y trabajo. Tanto, que a los pocos meses estaba nuevamente en carrera. Protagonizó una revista musical el verano pasado en Mar del Plata, y ganó el premio Estrella de Mar por su obra Pasión Tango, de la que se despidió en agosto en Buenos Aires pero con la que planea realizar una gira por Estados Unidos más adelante.

 

 

Después de haber trabajado juntos en Hernán BuenosAyres, en Aniceto la película de Leonardo Favio y en Pasión Tango, vuelve a encontrarse con Laura Roatta. ¿Qué significa para usted?

 

Con Laura, al igual que con Margarita Fernández, nos conocemos tanto, desde que yo tenía diez años creo, que existe una comunicación increíble entre nosotros. En los ensayos de Freddie, Laura sabe lo que yo necesito decir y yo sé lo que ella quiere mostrar. Así es fácil y agradable trabajar, con gente que conoce bien hasta dónde le puede exigir a uno. En sus manos me siento muy cómodo.

 

 

Aunque inicialmente se planeó que Hernán cantara alguna canción a lo largo del espectáculo, el bailarín declinó amablemente el convite. “No chicos, para hacer un musical cantado me preparo todo un año y hago las cosas bien, pero esta vez no”, cuenta que le respondió a los productores. Sabe además que existe otro tributo al líder de Queen en cartel en el West End londinense (We Will Rock You), pero admite que no lo vio y que no ha tenido tiempo “ni siquiera para ver el material que me acercaron. Lo que tengo muy en claro es que no voy a imitar a nadie -reafirma-. No lo hice cuando bailaba clásico en el Colón, ni en los diez años que viví fuera del país (en Inglaterra, Venezuela, Estados Unidos), ni al lado de Julio Bocca. Tengo mi propio estilo, bueno o malo, pero único”.

  

En lo personal, ¿qué puntos de contacto halla con Freddie Mercury?

 

Me gusta interpretar las melodías y las letras, y en el caso particular de estas canciones se trata de una música que invita al movimiento. Creo que acompañar con el cuerpo lo que propone la música de Queen me va a acercar mucho a la esencia de Freddie sin necesidad de imitarlo. Quiero que quienes vean la obra critiquen a Hernán Piquín y no a Freddie, que está más allá de todo.

 

 

¿Siempre le interesó lo teatral de la danza?

 

Siempre, siempre. Aun cuando es algo que te desgasta mucho anímicamente. Si te toca interpretar Romeo y Julieta, además del cansancio físico, lo actoral francamente te agota. Cuando bailé Giselle por primera vez casi termino internado. Se cerró el telón y me puse a llorar sin parar. Y con todo lo duro que puede resultar eso, es algo tan lindo… Lo recuerdo y se me eriza la piel.

 

 

Bocca, el mentor

¿Qué fue lo mejor que le dejaron los diez años de trabajo junto a Bocca?

Julio me dio todo lo que soy. Me brindó la enorme posibilidad de conocer el mundo y que el mundo me conozca. El artista que soy hoy en gran medida se lo debo a él. No nos vemos seguido porque él es medio ermitaño, muy de estar conectado con él mismo. Pero hace unos días, justamente, me mandó un mail a raíz de unas supuestas declaraciones que hizo sobre mi presencia en ShowMatch [el programa televisivo Bailando por un Sueño].

 

 

Hernán rescata el iPhone que tiene aprisionado entre los muslos, busca el mensaje y lee en voz alta: “Querido Piquín, me pusieron en la misma bolsa, pero quiero que sepas que nunca dije eso…”, y sigue, para terminar afirmando: “Cada uno tiene que hacer la carrera que quiere, como yo hice la mía. Besos y fuerza”.

 

 

¿Le afecta la crítica de algunos de sus colegas?

 

Maxi (Guerra) dijo que él nunca podría estar en un programa así, pero está en otro programa en el que aprieta un botón para decirle a la gente que no sirve. Igual, me llevo súper bien con él, cada uno tiene su forma de trabajar. También Iñaki (Urlezaga) dijo que no me conocía, siendo que hicimos el Colón juntos. En fin… A mí estar en una vidriera como ShowMatch me sirve. No voy al programa a hacer escándalos, sólo hago lo que creo que sé hacer, que es bailar. Es mi forma de demostrar que el arte también se puede compartir en un programa así.

 

 

Lo esperan tres meses de temporada con Freddie en Buenos Aires, y luego otros tantos en Mar del Plata. Aunque admite que un ritmo de trabajo tan intenso lo agota, dice que nunca vivió la profesión como un sacrificio. “Para mí, estar en el escenario es pura felicidad”, sostiene. No figura en sus planes el retiro de la carrera artística, y muchos menos uno al estilo del de Bocca o Eleonora Cassano. “¿Quién va a querer verme por última vez?”, bromea. “Un día alguien va a decir `¿te acordás de Piquín?´ `Uy, sí, pero se retiró hace rato´”.-

 

 


 

El Sueño de Volver al Colón

 

¿Nunca más volveremos a verlo bailar clásico?

 

Tuve la suerte de bailar muchísimo clásico con la compañía de Julio Bocca: ciento ochenta funciones anuales, giras por todo el mundo... Hoy disfruto bailando neoclásico y contemporáneo. Aunque sí me gustaría algún día volver a bailar en el Teatro Colón

 

 

¿Piensa que puede darse?

 

No lo sé. Creo que el teatro está acéfalo, y lo digo sin el afán de ofender a nadie. Yo sé lo que es estar en el Colón, lo complicado que es moverse dentro de esa estructura. Tuve a Lidia Segni como directora y me saco el sombrero ante ella. Nos dirigió en la compañía de Julio, cuando éramos todos muy chicos, y nos enseñó lo que es la disciplina y el respeto que uno debe tener hacia esta profesión. No creo que Lidia haya cambiado tanto en estos años. Siento que, tal vez en los cargos directivos, no hay gente que ame verdaderamente el arte; son sólo funcionarios, gente de paso. Nunca escuché a nadie que diga: “Este año vamos a hacer cien funciones”, y que lo cumpla. No es posible que una compañía tan grande, con bailarines excelentes, haga apenas veinte funciones anuales. Cuando yo estaba en el Colón, decir que eras bailarín de la compañía te abría muchas puertas. Ya no es tan así y es muy feo que se haya perdido ese respeto. Hoy los funcionarios anuncian ochenta funciones, terminan haciendo veinte y están conformes. Eso no es justo con los bailarines, que de por sí tienen una carrera cortísima y sólo se pueden mostrar, con suerte, cinco veces al año. Perdés tu carrera y la vida ahí adentro.

 

 

¿Pensó alguna vez en formar su propia compañía?

 

Considero que para ser director tenés que ser sólo director. No podés ser, al mismo tiempo, director, bailarín y coreógrafo. Y lo mío en este momento es bailar. Sí me gustaría, tal vez, empezar como coach, hacer la asistencia de algún director interesante. Si el Colón va a montar El Lago de los Cines, por ejemplo, yo podría darles a los primeros bailarines y a los solistas algunas recomendaciones y secretos de aquello que a mí me ayudó y que fue bien criticado.


 
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