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domingo, 10 de julio de 2011

La Teatralidad en la Danza

Por Daniel Sousa

Fotos de Antonio Fresco

 

Figuras destacadas dentro de la camada intermedia de bailarines y coreógrafos de danza contemporánea, David Señoran y Pablo Rotemberg comparten sus impresiones sobre el presente de la actividad y la posibilidad de construir una identidad nacional a través del lenguaje de los cuerpos

  

Se admiran, se incitan, se chicanean. “Nos conocemos hace veinte años”, sacan cuentas a dúo, y sellan la escena con una carcajada impúdica, estruendosa. Dos décadas intensas en las que crecieron en su faceta artística hasta convertirse en figuras destacadas de la generación intermedia de coreógrafos y bailarines de danza contemporánea en la Argentina.

 

En todo este tiempo, David Señoran y Pablo Rotemberg -de ellos se trata- forjaron una relación signada por el afecto y el respeto. No son parecidos, no; más bien complementarios. David es la energía, la extroversión, un equilibrista en la altura trabajando sin red. A Pablo, en cambio, lo gana la formalidad, le cuesta soltarse. Claro que cuando lo hace es capaz de lanzar la pregunta más irónica o el comentario más insidioso con pasmosa naturalidad.

 

“No somos de ir a vernos, es una mala costumbre que tenemos los coreógrafos -admite Rotemberg-. Pero siempre estamos al tanto del trabajo que está haciendo el otro, te llega el comentario, alguien que fue al estreno te cuenta”. Reconocen ambos como punto de contacto entre sus creaciones cierto acento en lo teatral, más allá de que sus carreras no tengan un origen común. Pablo acusa una formación “muy atípica: estudié música toda mi vida, además de cine, agronomía, teatro, y a través de una compañera llegué a Luis Baldasarre, que fue mi primer maestro de ballet, pero para entonces ya era grande, tenía casi veinte años”, rememora. Una elaborada síntesis entre todas las disciplinas en las que fue incursionando le permitió suplir aquel tardío ingreso al mundo de la danza. “El imaginario del cine está muy presente en todas mis obras, así como la estructura y el ritmo las acercan a la música de un modo casi intuitivo”, explica.

 

David, en cambio, siguió el derrotero de muchos de su generación: bailó folklore de chico, se inició en el clásico a los doce, siguió con el tap y el jazz, hasta llegar al Taller de Danza Contemporánea del Teatro San Martín, que fue su pasaporte para entrar al ya desaparecido Ballet Juvenil. Para poder dirigir estudió puesta en escena, y en 1998 se atrevió a probarse como docente, actividad que aún hoy ejerce.

           

En Escena

Atrevidos, jugados, provocadores: tal vez en el fondo no se parezcan tanto a la idea que uno se hace de ellos al ver las obras que hoy tienen en cartel. Señoran lo justifica: “En la vida diaria uno es bastante más tranquilo de lo que quizás se presupone a partir de un trabajo. Yo no voy por la vida vistiendo colores estridentes ni a los saltos. Esa cosa loca que me moviliza interiormente la canalizo en cada coreografía”. De él puede verse actualmente Si me Colgás te Mato, un intenso dúo sobre el amor, la rutina y la violencia de género, con músicos en vivo, que se ofrece en el espacio de experimentación del Centro Cultural Borges. Entretanto, ensaya Euforia, una pieza sobre la violencia (uno de sus temas recurrentes) y el erotismo, protagonizada por siete varones, que estrenará en agosto en la sala Pata de Ganso.

 

Rotemberg, por su lado, va por la segunda temporada de La Idea Fija, crudo alegato sobre los cuerpos y el deseo, que sube a escena cada sábado en El Portón de Sánchez. Volvió a hacer Souvenir, con Karina K y dirección de Ricky Pashkus, en Timbre 4 (trabajo por el que ganó el premio María Guerrero), y tiene en mente montar un solo con el que recuperaría el lugar de bailarín que abandonó en 2008. Está a la espera de un subsidio que lo haga viable. “Ya no quiero invertir tanto en cada obra -subraya-. Cuando uno va creciendo tiene que dar veinte millones de clases para subsistir y la posibilidad de producir es cada vez menor. La gente joven vive de una manera más hippie, tiene a los padres, necesita menos dinero… Pero fijate que a partir de los treinta y pico son pocos los que siguen produciendo. Se va dando, entonces, una desvalorización de la producción más madura porque es muy difícil de sostener”. Señoran aporta su visión sobre el tema: “Tambien ocurre que los espacios convocan siempre a los nuevos coreógrafos, y yo pienso: ¿por qué no podemos entrar nosotros en ese circuito?”.

 

¿Qué lugar ocupa hoy la danza contemporánea?

Pablo Rotemberg. La danza, se sabe, es una disciplina muy sacrificada. Requiere de un tipo de entrenamiento muy intenso y prolongado. Sin embargo, y a pesar de eso, en casi todo el mundo la danza contemporánea es algo marginal. Aquí mismo no hay una tradición académica ni institucional que la avale socialmente. Lo que no es danza académica y excede el Colón y el San Martín, es siempre off y alternativo. Hay que ver también que en la danza siempre ha habido un espíritu muy individualista, algo que no ocurre, por ejemplo, en el teatro. De cualquier modo, los chicos jóvenes tienen la cabeza un poco más abierta, hay una voluntad mayor de generar espacios comunes.

 

Jóvenes Valores

¿Qué opinión les merece el trabajo de los jóvenes coreógrafos?

David Señorán. A veces me sorprende ver estructuras muy antiguas en las obras, pero entiendo que son etapas que uno debe atravesar como parte de un proceso. Lo que me agrada es encontrarme con buenos caprichos, alguien que dice “quiero hacer esto” y lo hace, y al final sale de ahí una punta interesante, una visión descontracturada, menos prejuiciosa.

PR. Hay una nueva camada de chicos jóvenes que están probando cosas radicalmente distintas a las que producimos nosotros, con una impronta muy europea, que tiene más que ver con lo conceptual, con un lenguaje más abstracto. Ideas más desvinculadas de lo teatral, enfocadas en una danza muy pura o con una base filosófica.

 

¿Aceptan que se considere a sus trabajos como danza teatro?

David Señoran. Yo vengo investigando una teatralidad en la danza, pero me cuesta ponerle el nombre de danza teatro. ¿Por qué razón? Tal vez porque en otra época se usaba ese rótulo para hablar de aquel que no sabía hacer nada: “no actúa bien, no baila bien…ah, hace danza teatro”.

PR. La gran referente de la danza teatro fue Pina Bausch, que acá dejó una impronta muy fuerte en los años ‘80 y principios de los ‘90, que fue cuando nosotros nos estábamos formando. Sé que la gente más joven reacciona muy fuertemente contra ese rótulo, pero yo no he encontrado todavía un término más adecuado. No hago performances, no hago una danza pura, no hago teatro físico: hago danza teatro.

 

¿Llegaremos a tener algún día una danza contemporánea de cuño argentino?

PR. La danza es un lenguaje internacional. Aquí estamos muy pendientes de lo que ocurre en Europa y nos vemos teñidos por todo eso. De cualquier modo, lo que se produce acá es argentino y tiene una impronta local. Si yo viviera en Berlín seguramente no crearía lo mismo que creo estando acá.

DS. Muchas veces nosotros mismos no trabajamos en la construcción de una impronta argentina. Es algo que a mí particularmente me interesa y que lo analizo con mis alumnos. Evitar el reflejo de lo ya hecho, pensar en lo que nos pasa aquí y ahora. Justamente, lo contemporáneo remite a lo que ocurre en este momento, y no a la copia de la copia de la copia. Caer en la copia es como hablar con las emociones de otra persona. Creo que existe un espacio para empezar a construir una identidad en la danza, si no argentina al menos latina.

 

Viaje Interior

Ya sea por la representación de sus obras en distintos festivales, o por su trabajo en la formación de artistas, tanto Señoran como Rotemberg viajan con asiduidad al interior del país. “Si fuera por ellos deberíamos quedarnos a vivir allá”, bromea David haciendo referencia a sus anfitriones provincianos. “Es que sienten una fascinación con la Capital, sobre todo en las ciudades menos centrales. Así como nosotros miramos al exterior, para la gente de las provincias Buenos Aires es el gran punto de atracción”, agrega Pablo. Y el primero completa: “Hay mucho hambre de conocimiento, aunque, como en todos lados, son sólo dos o tres en cada grupo los que, una vez que piden, pueden aceptar lo que uno les da”.

 

¿Cambió la demanda de los bailarines hacia los maestros con el correr de los años?

PR. Esta es una generación que, en relación con la nuestra, tiene mucho más potencial, pero que al mismo tiempo sufre un exceso de comodidad. Hay algo de inercia en los jóvenes, que a mí me enerva. Cuando yo empecé a formarme, la única opción que tenía era el Taller del San Martín, y no pude entrar porque ya era grande. No había tantas escuelas como hay hoy, lugares donde por muy poco dinero uno puede formarse con los mejores maestros. En las clases veo gente con una actitud muy pasiva. Muchas veces en los chicos prima la fugacidad de las cosas y yo siento la necesidad de decirles que es éste el momento, que tienen que aprovechar las posibilidades ahora. Por otro lado, eso es algo que me obliga a mí como docente a reflexionar sobre mi propio trabajo.

DS. El arte es algo que te tiene que pasar por adentro. Yo, con el tiempo y la experiencia, detecto enseguida quiénes están realmente apasionados con lo que hacen. Y no es casual que esas personas sean las que después se me acercan. Recién cuando se produce ese encuentro uno toma la decisión de ser maestro y de ser alumno. Se da también una empatía porque uno se refleja en ese otro como persona y recupera las sensaciones que en algún momento vivió con su propio maestro. Es muy grato sentir cómo puedo colaborar en la construcción del otro y al mismo tiempo me lleva a pensar qué va a pasar con él cuando yo no esté, dónde irá a parar todo eso y cómo él va a legárselo a otra persona.


 
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