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viernes, 10 de junio de 2011


Entrevista

Enamorado de la Argentina

 

Por Carlos Bevilacqua

 

Luego de varias visitas al país, el coreógrafo franco-argelino Redha Benteifour decidió estrenar Crash, su próxima obra, en septiembre en Buenos Aires. Dialogamos con él sobre esa pretenciosa puesta, su trabajo con Michael Jackson, la televisión y la danza en general

 

Ocurrió a fines de marzo en una improbable cuadra del barrio porteño de Chacarita. Un grupo de invitados especiales accedió a un adelanto de lo que será Crash, una obra multidisciplinaria del coreógrafo franco-argelino Redha Benteifour que se estrenará en Buenos Aires en septiembre con bailarines argentinos, franceses e italianos. La función especial, a su vez, sirvió para inaugurar El Galpón de Guevara, un espacio no convencional que se especializará en teatro físico, según anuncian sus administradores.

 

Balletin Dance aprovechó para dialogar con Benteifour, una figura de la danza mundial que, además de montar puestas de ballet clásico en Estados Unidos y Europa, no tuvo prejuicio para incursionar en el mundo del espectáculo masivo como bailarín y coreógrafo. Así, llegó a trabajar con referentes del pop como Michael Jackson, Elton John, Robert Palmer, Tom Jones y Diana Ross, y a diseñar los cuadros de baile que se veían en el programa más popular de la televisión francesa durante doce años.

 

Hijo de una actriz italiana y un futbolista argelino, Redha estudió danza con Rosella Hightower, en Francia y con Stanley Holden, Michael Peters, Claude Thompson, José Ferron y Jerry Grimes en la Graham School y la Horton School de los Estados Unidos. Desde hace 30 años tiene su propia compañía de baile, con la que creó coreografías para diversos programas de televisión en diferentes países europeos. Por la frescura y el entusiasmo con que habla, cuesta creer que tenga 55 años.

 

¿Dónde y cómo nació Crash?

 

Nació en 2007, cuando vine por primera vez a la Argentina para filmar un corto sobre el trabajo de la Fundación Crear Vale la Pena en barrios carenciados del Gran Buenos Aires. Después de eso empecé a venir seguido a Buenos Aires y me vinculé con muchos bailarines y coreógrafos argentinos porque sentí que acá ocurría algo muy interesante, muy alternativo. Simultáneamente, siempre había tenido la idea de hacer una obra sobre la memoria y aquí esa idea reapareció con fuerza.

 

¿Por qué relacionó la memoria con la Argentina?

 

Porque viví hasta mis 17 años en Argelia y encuentro muchas similitudes entre la historia de aquel país y la de Argentina. No puedo ponerlo en palabras, pero es una sensación muy fuerte. Tal vez tenga que ver con una historia en común relacionada con la colonización europea y la convivencia de diferentes etnias. Además en África vivimos dictaduras, igual que ustedes en Latinoamérica. Cuando empecé a trabajar en la obra ustedes estaban por festejar el Bicentenario. Yo además viví de cerca algunos grandes eventos como la revolución argelina, o los atentados a las torres gemelas, en 2001. Crash vino de todos esos sentimientos y esos recuerdos, elaborados junto a un gran autor argentino, Leandro Chamorro.

 

¿Cuáles son los principales aportes de Crash al universo actual de espectáculos?

 

No sé. Como creador, uno siempre busca un estilo propio. Lo que me interesa de un bailarín no es tanto su técnica sino qué particularidades tiene. Porque en definitiva lo que tengo que lograr es que el intérprete entre en mi mundo. Me gusta jugar con las palabras y con cualquier otro elemento. No tengo límites. Por eso mismo uso el piso, pero también el aire. Amo la música, por eso Crash tiene música en vivo. Todo está integrado.

 

¿Piensa que la confluencia de disciplinas es una tendencia que será cada vez más frecuente en el futuro?

 

Pienso que depende mucho de la temática que se trate. Hay trabajos que hago prácticamente con nada: tal vez una luz y dos actores. Esta temática de la memoria, en particular, es más compleja. Ocurre también que llega un momento de la vida en el que uno tiene una sola cosa para decir, que es como la condensación de muchas otras cosas. Siento que necesito diferentes lenguajes, pero tampoco una superproducción estilo Hollywood porque no tengo un estilo estadounidense. Soy muy europeo y creo que siempre tendré eso. Fui muy influido durante mi niñez y adolescencia por la estética de las películas italianas, francesas y egipcias de las décadas del ’50 y del ‘60. Veía alrededor de tres películas por día. Esa es mi cultura: literatura y películas.

 

Está filmando los ensayos, ¿podría contarnos para qué?

 

Siempre filmo lo que hago, tanto los ensayos como las funciones. Un show en vivo es una experiencia directa, pero unidireccional. La filmación permite ver cosas que como espectador no se pueden ver. Con la cámara se puede explorar algo más íntimo o más personal. Eso es interesante para mis futuras creaciones y hasta para el mismo show filmado, en el que puedo llegar a usar las imágenes. Además de una referencia sobre nuestro trabajo, es una forma de investigar.

 

Trabajó mucho en televisión. ¿Qué representó para usted la pantalla chica?

 

Hice televisión durante 12 años, no sólo en Francia, sino también en otros países europeos. Durante seis años fui el coreógrafo de un show diferente, cada sábado a la noche, en un programa de la televisión francesa, llamado Champs Elysees. Cada sábado entrábamos en tantas casas… Cuando empecé en televisión era un desconocido para el ambiente mediático. Un mes después, casi no podía caminar por la calle. Lo que fue fantástico fue que, de pronto, los bailarines empezaron a ser reconocidos como artistas. Eso no había pasado nunca antes en la televisión.

 

¿Qué hizo concretamente con Michael Jackson?

 

Trabajé para él dos veces. En el año ’79 estuve en un especial que se hizo para la cadena de televisión CBS para el lanzamiento de su disco Off the Wall. Yo era bailarín, estaba trabajando para Michael Peters, que fue un gran coreógrafo. Ensayamos un mes para hacer un número. Fue una experiencia increíble. Catorce años después, una agencia de publicidad me convocó para hacer el video In the Closet con Michael Jackson y Noemi Campbell. Ahí fui su coreógrafo.

 

¿Cómo era en el trabajo diario?

 

Era una persona increíble. Michael Jackson tenía una perfecta noción de quién era y de las posibilidades de su cuerpo. Como todos saben, era muy tímido, pero con la suficiente fortaleza como para hablar sobre trabajo cada vez que era necesario. A mí no me consta todo ese mito de Michael como una diva intocable. Era alguien muy aplicado, siempre puntual e intentando una y otra vez hasta que la coreografía estuviera bien, afilada y clara. Además estaba siempre muy atento al intercambio que debe haber con el coreógrafo.

 

¿Cuándo creó su propia compañía y por qué?

 

La creé en 1981. Era muy joven. Fue una cuestión de amigos. De hecho, se llamó así: “Amigos”. Éramos un grupo de gente cansada de hacer siempre las mismas cosas. Dijimos “vamos a un estudio a hacer algo concreto en vez de sólo quejarnos porque no somos elegidos en ninguna audición”. Éramos todos diferentes, en cuanto a razas, alturas y personalidades. Desde entonces no paré. No fue fácil, hubo momentos de muchas dudas. Pero fui afortunado, me encontré con grandes artistas, y además trabajé mucho.

 

¿Qué le parece especialmente seductor de la danza?

 

Todo. Estoy totalmente enamorado de la danza. El cuerpo es el más maravilloso regalo de la vida. Además de una actividad vital, la danza es lo más increíble que puedo reconocer en el otro: su capacidad de bailar. Hay algo en el baile que es mágico. ¡En el movimiento más simple se puede encontrar tanta información! Creo que la danza en sí es mucho menos elitista de lo que en general se cree. Los poderosos nos quieren hacer creer que es algo muy intelectual, aristocrático y, por ende, difícil. Pero si vos llevás un dueto de ballet al medio de la jungla, las tribus del lugar seguramente van llorar de la emoción. Porque el baile es algo orgánico, primitivo.


 
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