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martes, 18 de enero de 2011

Maximiliano Guerra:

La Construcción del Movimiento

Por Eliana Gissara

El primer bailarín Maximiliano Guerra culmina un año de intensa actividad y se prepara para la temporada 2011, en la que repondrá su versión de Carmen en Buenos Aires y Mar del Plata, y la obra Íntimo en el interior del país

 

El Ballet del Mercosur, con Maximiliano Guerra como director, presentó en el Teatro ND Ateneo un programa doble compuesto por una primera parte titulada Tango Paradiso, y el plato fuerte, Carmen, con coreografía de Guerra y su mano derecha Gabriela Pucci. La primera recorre distintos estilos de tango a través de las coreografías de Romina Guerra, Mora Godoy y Raúl Moreno. En tanto, la versión de Carmen opta por un costado más despojado, carente del cuerpo de baile y focalizado en el trabajo actoral de los protagonistas.

 

Usted ha interpretado el papel central de Don José cuando apenas tenía 15 años. ¿Qué aspectos decidió subrayar hoy?

Mi primer rol en el Teatro Argentino de La Plata fue interpretar a Don José. Después lo bailé en el Teatro Colón, en Cuba, Japón, Italia y España, pero en esta oportunidad decidí darle una vuelta más a la obra. Creo que el personaje es muy rico para trabajar, con un arco interno muy importante. No es el mismo hombre el Don José que llega a la tropa, que aquél seducido por Carmen en el cambio de guardia. Personalmente quedé muy satisfecho por mi trabajo y todo lo que logró el Ballet, muy abierto a la propuesta de encarar la danza desde otro lugar. Siempre rescato que uno no debe bailar desde la técnica para elaborar un personaje, sino que la historia debe ser contada desde el mismo personaje, para que la técnica fluya y sea solamente un medio.

 

Asimismo realizaron variaciones en la puesta.

Sí, agregamos el personaje del Destino. Es curioso porque el destino es aquello que existe cuando las cosas no nos salen tan bien... Pero después, cuando las cosas sí salen, las hacemos nosotros. Es un personaje siniestro, pero en el buen sentido, en lo que oculta, en lo que no se ve. También cumple la función de hilo conductor, ya que va generando las historias y conduciendo las figuras para que se vayan encontrando en la trama.

Carmen es una obra intimista, es teatro sin palabras. Utilizamos la técnica de la danza clásica con algunos cortes personales, y un fuerte trabajo actoral en colaboración con el director y actor Manuel Callau.

 

¿Cómo conviven en usted los roles de bailarín, director, coreógrafo y maestro a la hora de montar una obra?

Cuesta pasar de director a bailarín, porque para actuar el director tiene que generar en su grupo crisis internas en pos del personaje. En esta ocasión deseaba que este trabajo lo hiciera otra persona, ya que es complejo producirles estas crisis a mis colegas y luego actuar con ellos.

Cuando uno tiene que interpretar un rol debe estudiarlo, leer la obra, el autor, entender por qué escribe, saber cuál era la situación social del mundo. Como maestro trato de transmitir estas herramientas para que los bailarines puedan mejorar. Luego está la coreografía, el lado más creativo. Mi búsqueda en este caso es hacer lucir a la persona en cada coreografía. Mi creación parte desde un personaje con determinado cuerpo, virtudes y limitaciones.

 

Una agenda completa

El 2011 inicia con varios proyectos para Guerra. En conjunto con el Ballet del Mercosur, viajará a Mar del Plata para hacer función los fines de semana de enero, y giras por el interior del país y la costa atlántica con el programa de 2010: Intimo. En febrero volverán a presentar Carmen en el ND Ateneo, con la posibilidad de extenderlo a todos los miércoles del mes, sin abandonar las funciones en la ciudad balnearia. “Va a ser una temporada cansadora porque también en febrero se define el ciclo televisivo Talento Argentino con emisiones en vivo”, comenta el bailarín, que ya tiene confirmado en 2012 viajar a Alemania para montar Don Quijote en la ciudad de Stuttgart.

 

¿Qué cambios produjo la televisión en su popularidad?

Talento Argentino me da mucha satisfacción; me gusta que sea federal, cultural, y familiar, y que la gente del interior tenga la posibilidad de mostrarse. Muchas veces ejercí ese rol de promotor de talentos, como el caso de Marianela Nuñez, a quien llevé a Uruguay, España y Tokio cuando era adolescente. En cuanto a la popularidad, cambió el acercamiento con el público. La televisión te permite vivir con ellos en el living de sus casas, por ende cuando salís a la calle te dicen lo mismo que le dirían a un vecino.

 

Este año también abrió su escuela Fábrica de Arte.

Sí, encontré un lugar que me fascinó por sus dimensiones. Allí pude colocar mi tapete, que es casi la medida del escenario del Teatro Colón. En los espacios propios se genera mucha libertad creativa y tener un salón para ensayar es bárbaro. Hay que ensayar en grande, dejar que el cuerpo vaya a donde quiere ir.

 

Después de bailar en tantos escenarios del mundo, ¿cuál es el que más lo conmueve?

El Teatro Colón. Es el primer escenario que pisé cuando tenía 11 años. Pero amo la Scala de Milán y el Kirov (Mariinsky). Recuerdo haber terminado una función en Rusia, a los 21, y el teatro de pie ovacionando mi labor… Se me caían las lágrimas. ¡Qué hacía yo ahí, un chico de Almagro! Soy una persona que se emociona en el escenario, me conmueve el público y me dejo llevar. Es parte de la vibración interna del alma.

 

¿Cuál es su relación actual con las autoridades del Teatro Colón?

No tengo relación. Me entero por colegas las cosas que suceden y me da mucha bronca que no tengan la humildad de reconocer sus errores y reflexionar. La soberbia mata al hombre y esto es lo que más me molesta de la situación. Dejaron al Teatro arquitectónicamente bello para el público, pero se olvidaron que adentro viven almas. No poner pisos adecuados para bailarines es como cortarles las piernas, para eso es mejor disolver el ballet. Yo conocí al Teatro Argentino de La Plata sin edifico. Había sobrevivido muchos años así, pero no importaba. Lo fundamental es la gente que conforma los teatros.


 
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