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lunes, 10 de mayo de 2010

El Infierno tan Temido. Se Reabre el Teatro Colón

Por Laura Lifschitz

La tan esperada reinauguración del primer coliseo pone sobre la mesa los modos en que se desplegó el plan maestro de restauración. En medio de las protestas de los empleados, se temen las consecuencias de la racionalización implementada en el teatro, según afirma Máximo Parpagnoli, representante gremial

Grandes expectativas se han generado desde que el gobierno de la ciudad de Buenos Aires anunciara, en noviembre de 2009, que el Teatro Colón reabriría sus puertas el 24 de mayo de este año, con una función de gala en el marco de los fastos por el Bicentenario. Se sabe que dicha celebración será televisada, anuncio que el jefe de gobierno porteño dio en conjunto con el senador nacional de la UCR, Gerardo Morales.

Los pocos sectores de la sociedad que se muestran entusiasmados ante la eminencia de tal evento, lo hacen bajo el convencimiento de que la restauración del Teatro -que heredó Mauricio Macri de gestiones anteriores- finalmente dará sus resultados.

Es cierto que el Colón estaba amenazado en cuanto a su estructura edilicia por un riesgo de deterioro progresivo y eventual destrucción, además de estar relativamente atrasado respecto a sus posibilidades tecnológicas

Ello fue la razón para que en el año 2000 el Poder Ejecutivo de la Ciudad mediante la Subsecretaría de Patrimonio Cultural convocara a la Dirección General de Infraestructura para elaborar un “Master Plan” para la puesta en valor y la actualización tecnológica del edificio del Teatro. A partir de allí y hasta la asunción del gobierno del PRO (Macri), la encargada de la planificación de las reformas -que se fueron agregando con el paso de los años- fue la arquitecta Silvia Fajre, entonces ministra de Cultura de Jorge Telerman.

El Teatro Colón pasó a ser un tema prioritario, hasta para el propio jefe de gobierno, desde la última gestión en la ciudad. Por ello encomendó al Ministerio de Desarrollo Urbano reformular el plan de las obras. Lo cierto es que el teatro está cerrado desde 2006. Así es que el ingeniero Macri jamás lo conoció en la plenitud de su funcionamiento, al menos siendo jefe de gobierno, y éste podría ser uno de los motivos por el que dio su visto bueno a la racionalización de personal del teatro, otro de los temas preocupantes. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

 

Dudas sobre el Plan Maestro

En 1989 el actual solar del Teatro Colón fue declarado patrimonio histórico nacional. Esto implica ciertos cuidados que se han de tener respecto de las refacciones en el edificio histórico.

Por lo pronto, los trabajos actuales demuestran negligencia respecto de lo estructural, sobre todo reflejado en una importantísima resquebradura en uno de sus muros históricos (ver Balletin Dance Nº 173, enero 2009). Y el mobiliario también está desatendido. El producto de la labor del equipo técnico, que durante décadas fue elogiado por la calidad de sus producciones nacionales, perece poco a poco, dadas las pésimas condiciones de conservación.

Sin embargo, esta situación no ha generado reacción alguna en la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos, institución que en su declaración de 1989 para con el coliseo establecía que “los inmuebles históricos no podrán ser sometidos a reparaciones o restauraciones, ni destruidos en todo o en parte, transferidos, gravados o enajenados sin aprobación o intervención de la Comisión Nacional”.

En tal sentido, es curioso que esa Comisión no se haya expedido acerca de las reformas del sector escenotécnico, en donde se emplazó un nuevo montacoches que da al exterior sobre la calle Cerrito, invadiendo casi la totalidad de la vereda. Esto significa una contravención de todos los códigos y normas de edificación urbana. Además, este nuevo elevador es de mayores dimensiones que el anterior y, aunque los encargados del proyecto sostienen que otorgará mayor fluidez a la producción del Colón, el túnel de circulación que lo comunica con el escenario no ha sufrido variación alguna en sus dimensiones.

La Comisión ahora deberá hacer frente a una presentación ordenada por la justicia, en torno a su labor como veedora de estado del edificio histórico. En tal faena se encuentran el presidente del organismo, Juan Martín Repetto y sus vocales, entre ellos, Teresa Anchorena -funcionaria del gobierno porteño durante la gestión aliancista- e Inés Urdapilleta. Esta última fue titular de la Comisión de Cultura de la Legislatura porteña al momento de promulgarse la ley de autarquía para el máximo coliseo, y su principal promotora; y actualmente es miembro del directorio del Ente.

 

Presentaciones ante la justicia

Mucho antes de que se cerrara el Teatro Colón en 2006, para acelerar los trabajos de remodelación, los empleados ya habían denunciado los daños al patrimonio. Tras largo tiempo, lograron ser escuchados a través de una acción de amparo contra el Gobierno de la Ciudad, el Ente Autárquico Teatro Colón, el Ministerio de Desarrollo Urbano y el Ministerio de Cultura. A fines de 2009, el juez en lo Contencioso, Administrativo y Tributario Guillermo Scheibler decidió realizar una inspección ocular en el Teatro, y en el Centro de Exposiciones de la Ciudad de Buenos Aires, el espacio artístico La Nube, los Talleres Labardén y la Biblioteca Nacional, lugares que funcionan en la actualidad como depósitos de los bienes muebles del teatro.

A raíz de la visita, los expertos concluyeron que la intervención sobre el monumento histórico fue agresiva e ilegal. Y además, las autoridades reconocieron que previo al momento de trasladar los cien containers con el patrimonio histórico, cultural y artístico del teatro no se realizó ninguna tarea de inventariado. Es así como desde la órbita oficial no pueden explicar la desaparición de un bastón perteneciente a Giacomo Puccini. En marzo de este año se difundieron imágenes del abandono total de los objetos, lo que da cuenta del deplorable estado de los trajes, por ejemplo, enmohecidos debido a filtraciones.

Como resultado de esta inspección, se dispuso que el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el Ente Teatro Colón debían disponer medidas de resguardo y protección del patrimonio mueble. Ante su incumplimiento, el 8 de abril, el juez Scheibler resolvió ampliar el periodo de presentación y solicitó al gobierno porteño y su ministerio de Cultura, a la legislatura de la ciudad, al Archivo Nacional de la Nación, al Ente Autárquico del Teatro y a la Comisión Nacional de Museos y de Monumentos y Lugares Históricos que “remita todos aquellos antecedentes que obren en su poder referidos a las obras de Teatro Colón (…), al patrimonio inmueble y mueble del Teatro Colón, (…) a la declaración de Monumento Histórico del Teatro Colón, y (…) a los procesos licitatorios de las obras vinculadas al Teatro Colón”. El pedido se hizo extensivo a la auditora general de la ciudad para que acompañe informes de medición de la acústica y el diseño del nuevo telón del teatro.

Además de la situación del patrimonio, el juez constató en aquella inspección, que las condiciones para el desempeño de las funciones de los trabajadores en el Centro de Exposiciones tampoco estaban garantizadas.

Este hecho no debe ser pasado por alto, pues implica una arista más del complejo escenario en el que el gobierno de Mauricio Macri está dejando al Teatro Colón: la flexibilización de las condiciones de empleo es una muestra de una política tendiente a hacer desaparecer cualquier factura propia, con el fin de importar producciones.

 

La desaparición de los cuerpos estables y la planta permanente

En resumidas cuentas, el gobierno porteño anunció un plan de ajuste de la planta permanente, bajo el argumento de que hay más gente de la necesaria para poner en funcionamiento el Teatro Colón. Es decir, se hizo hincapié en la histórica idea de que el Estado está superpoblado de empleados que descansan tranquilamente en un puesto que saben nunca les será quitado. Pero si bien los trabajadores del Colón acuerdan en que es necesaria una reestructuración, no creen que éste sea el modo, principalmente porque se ha efectuado de una manera concordante con la ilegalidad.

Luego de varios intentos de desplazamiento del personal, finalmente se decidió jubilar masivamente a todos aquellos que cumplían con los requisitos, y suspender la liquidación de sus sueldos aún cuando no se han efectivizado sus retiros. Además, junto a la creación del Ente Autárquico, el gobierno porteño disolvió once sectores del teatro: siete secciones técnicas, dos artísticas, mayordomía y administración. Actualmente los sectores antes destinados a informática, grabación y video, fotofilmación, vestuario, escultura y mecánica escénica son espacios ocupados por dependencias artísticas y posiblemente terminen en salas de relax o gimnasio. Mientras tanto, el taller de escenografía del tercer subsuelo está siendo transformado en sala de ensayo de la ópera.

Tras esa purga, en mayo de 2009, se trasladaron 278 trabajadores al Instituto Superior de la Carrera (creado a través del decreto 726/07, es un Organismo Fuera de Nivel dependiente del Ministerio de Hacienda, encargado de capacitar al personal del gobierno porteño), para que fueran evaluados y, si correspondía, reasignados a otras funciones. La evaluación nunca tuvo lugar. Y por otra parte, el traslado fue efectuado ilegalmente pues por la resolución que así lo dispone, no fue comunicado a ninguno de los involucrados. Pese a ello, estas 278 personas en una situación de precariedad laboral continuaron prestando funciones tanto técnicas como artísticas, pues de otro modo “la magra temporada de 2009 ni hubiera salido”, según confirma Máximo Parpagnoli, representante gremial de los trabajadores y uno de los demandantes en la causa que sigue el juez Scheibler.

Pero lo más temible es el procedimiento que siguió a estos traslados. En la actualidad hay 138 trabajadores (artistas, técnicos, administrativos) que fueron puestos en disponibilidad. Esto significa, a partir de la ley 471 de empleo en la ciudad, que deben ser enviados al Registro de Agentes en Disponibilidad y si en el término de seis meses no se halla un puesto en donde ubicar al asalariado, es despedido e indemnizado. Claro que en este formalismo hay un pequeño detalle: un trabajador sólo puede ser asignado a otra función distinta a la desempeñada hasta su paso a disponibilidad si algún área del gobierno de la ciudad lo “reclama para sí”, para utilizar un eufemismo. Una suerte de caza de brujas macartista algo remozada por las circunstancias.

Lo que no es complejo de explicar es el llamado a concurso abierto que efectuó el Ente Autárquico para cubrir 45 cargos de administración y prensa a fin de cubrir parte de esos 138 puestos que se perdieron al enviar a los trabajadores al Registro de Disponibilidad. Es curioso suponer los motivos por los cuales se realizan estos concursos, puesto que aquellos con antigüedad en el Teatro tienen harto mayores y mejores conocimientos del complejo funcionamiento de producción y montaje de una obra lírica, por caso.

 

La liquidación de un teatro

Esta intrincada red de conflictos en el Teatro Colón tiene un trasfondo común: el jefe de gobierno porteño está convencido de que la racionalización de los gastos a partir de la restauración y renovación de su edificio tiene que funcionar como ejemplo de una gestión pulcra en términos de costos y beneficios. Se pretende que el Teatro Colón sea símbolo de excelencia en materia cultural gracias a una administración económicamente viable, tal como la de cualquier consorcio de propiedad horizontal.

Pero en principio se topa con tres dificultades.

  • Uno: el costo económico y cultural de una deficiente restauración

De acuerdo con las inspecciones de fines de 2009, el arquitecto Fabio Grementieri, especializado en preservación de patrimonio, determinó que, en todas las áreas del Foyer el estuco símil mármol ha sido limpiado excesivamente alterando el color y los brillos originales. “Más allá del desafortunado resultado estético cabe señalar que los procedimientos y productos aplicados para la limpieza del estuco símil mármol pueden haber afectado física o químicamente el material original o los tratamientos protectores que pudieran ser aplicados. (…) las reposiciones imitando la técnica original pueden ser inestables en color y textura con el paso del tiempo y destacarse del resto de la decoración. Frente a esta posibilidad puede ser necesario en el futuro remover esos completamientos (…) y en el intento de retirarlos dañar el estuco original adyacente”, aseguró Grementieri a través de un documento. Es decir, hay muchas probabilidades de que las intervenciones realizadas en distintos rubros aceleren la degradación de diversos componentes del tejido físico histórico y patrimonial del teatro. Y por lo tanto, serán necesarias nuevas intervenciones para remediarlo.

 
  • Dos: la creación del Ente Autárquico

Este organismo, dependiente del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y sancionado por ley en septiembre de 2008, con autonomía funcional y autarquía financiera, “es el organismo público que tiene la misión de crear, formar, representar, promover y divulgar el arte lírico, coreográfico, musical -sinfónico y de cámara- y experimental, en su expresión de excelencia de acuerdo a su tradición histórica, en el marco de las políticas culturales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires”.

La comandancia está a cargo de un Directorio integrado por cinco miembros: director general, director ejecutivo y tres directores vocales, uno de los cuales representa a los trabajadores. Los cargos del directorio son designados y removidos por el jefe de gobierno. El director general es desde su creación Pedro Pablo García Caffi -cuyo rango y remuneración es equiparable al de un Subsecretario-. Pero el Ente se desempeña sin su plena conformación, pues aún no se pudo acordar quién sería el representante de los trabajadores  (que debía asignarse por votación), por lo que su funcionamiento es absolutamente anómalo.

Ahora bien, fácilmente puede deducirse que si el objetivo es separar al Estado de las consideraciones referentes al Teatro, para racionalizar gastos, estamos ante lo que en filosofía clásica se conoce como “paradoja”. Pues además de su numerosa conformación, depende de la misma entidad una Unidad de Control de Gestión, a los fines de fiscalizar la administración del propio Ente Autárquico.

Lo concreto es que esto supone un gasto importante para el gobierno porteño y, entre tanto, muchos trabajadores están prácticamente sin cumplir función alguna -salvo algunos trasladados, como el caso de un asistente de régie que seguramente despliega una fantástica escena al momento de tener que repartir turnos en un hospital público porteño-. La situación de inestabilidad es tal que los empleados desconocen dónde y cuándo presentarse a trabajar, además de los maltratos que reciben del director del teatro, Pedro Pablo García Caffi, quien asegura que el personal es trasladado porque “el Colón no es un seguro de desempleo, y no puede apilar trabajadores en los pasillos del teatro”.

 
  • Tres: los costos de la importación de producciones

 Con un teatro que hasta el momento de su cierre poseía mano de obra y capital para realizar las producciones propias, a partir de la disolución de once áreas y de los cuerpos estables, las producciones serán importadas. Una evidente vuelta a un modelo económico ya caduco, dado el desinterés por la factoría que implicó el Teatro Colón.

No solamente esto resultará un costo muy alto, sino que también significará que los aportes estatales conducirán únicamente a la contratación de decorados, vestuario y material ocasional para cada función, cuando una producción propia constituye un bien preciado que podría ser fácilmente “exportable” a otros teatros. No cabe duda de que García Caffi es conciente de ello: cuando estuvo a cargo del Teatro Argentino de La Plata dejó algunas deudas, por ejemplo, por honorarios que pagó para la contratación de artistas extranjeros.

Desde el punto de vista económico, el sistema de cuerpos estables supone “un grupo que puede ir aquilatando repertorio, lo cual facilita muchísimo los tiempos de producción y de montaje de cualquier obra. Y desde luego, resulta mucho más económico. Es falso pensar que al romper la relación de dependencia con el gobierno se ahorran gastos”, asegura Parpagnoli.

Así dadas las circunstancias, el 24 de mayo será esperado con una ansiedad rayana en la desesperación. En ello, Parpagnoli es firme: “Durante una cantidad de tiempo el Teatro Colón no va a ser el que nosotros conocimos. No va a tener las producciones, ni se van a ver el tipo de espectáculos que se veían antes, ni va a haber una mecánica, funcionalidad o destino similar al que tuvo”. Mucho esfuerzo y dinero demandará revertir esta situación. No queda más que aferrarse a lo que algunos llaman “esperanza”, y otros, conciencia ciudadana.


 
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