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domingo, 10 de enero de 2010


Holland Dance Festival 2009

 

Por Ali Mahbouba desde La Haya 

 

Del 28 de octubre al 15 de noviembre, se realizó en La Haya la doceava edición del festival bianual de danza contemporánea más importante de  Holanda 

 

El acento de este año del Holland Dance Festival, evento de categoría mundial, estuvo puesto en las celebraciones del quincuagésimo aniversario del Nederlands Dans Theater.

 

No fue nada sorprendente, entonces, que el Cullberg Ballet también hubiera sido invitado. Esta íntima vinculación data de los días en que Mats Ek era director artístico de la compañía sueca, y que en los últimos cinco años Johan Inger a cargo de la dirección, ha mantenido vivo el nexo. Se trata de un ex bailarín del Nederlands Dance Theatre (NDT), donde creó sus primeras piezas y que regresa al NDT en calidad de coreógrafo residente luego de haber renunciado como director del Cullberg Ballet. Un emocionante caso de fértil mezcla de carácter cultural.

 

Si bien las piezas que realizaba Inger en el NDT contenían una narrativa y un humor contagiosos, es interesante constatar que ha habido un cambio en su estilo, que se ha vuelto más abstracto y refinado.

 

En el festival holandés presentó el último trabajo que realizó para el Cullberg Ballet, una oda a los bailarines de la compañía de la cual se está despidiendo. En el movimiento Position of Elsewhere, escenografía e iluminación se funden en una composición muy intrigante y poderosa. La impresionante puesta en escena, comienza con un gran proscenio vacío dominado por un enorme armatoste parecido a un candelabro con sugerencias de era espacial que cuelga por encima de los bailarines. Mediante un mecanismo controlado electrónicamente cada círculo concéntrico de metal se puede mover independientemente en diversos ángulos, arrojando como resultado una escultura móvil perennemente cambiante. Y las luces insertas en el colgante agregan un efecto adicional. Sin embargo toda esta tecnología queda hermosamente opacada por el aspecto muy humano y natural de los bailarines con movimientos caracterizados por sutiles matices, muy lejos de la exhuberancia física con la que frecuentemente se asociaba a Inger como bailarín.

 

Esta pieza de tres partes y que dura toda la función puede interpretarse como la trayectoria de Inger en el Cullberg. La primera de ellas trata de la primera toma de conocimiento con sus bailarines: se ensayan y desarrollan nuevos movimientos y figuras. Se crea una gran expectativa mediante una banda de sonido que va in crescendo hasta llegar a un clímax parecido al lanzamiento de un cohete.

 

En el segundo segmento, la relación amorosa entre Inger y la compañía queda literalmente representada por los besos que los bailarines se dan unos a otros, culminando en uno de los besos más largos y apasionados que jamás se hayan visto sobre un escenario cuando una pareja ejecuta un dúo manteniendo los labios unidos de principio a fin.

 

El final marca la despedida de Inger de la compañía y está muy adecuadamente acompañada por una vibrante pieza de Bach para piano. Los bailarines se dispersan sobre el escenario, vestidos formalmente de traje. Uno por uno bailan su solo de despedida que inteligentemente repite el esquema melódico del comienzo de la pieza. Hay una cierta evocación de una atmósfera enrarecida que realmente emociona especialmente si se considera que Inger probablemente tuvo la intención de que cada solo fuera un regalo personal de despedida a sus bailarines. Un final magnífico y un gran homenaje al coreógrafo y a la compañía.  

 

El Holland Dance Festival también programó espectáculos para escenarios pequeños. Uno de los más notables fue una colaboración entre Michael Schumacher, un galardonado artista famoso en el campo de la improvisación en la danza, y Sabine Kupferberg, esposa del coreógrafo Jirí Kylián y por muchos años su musa inspiradora como bailarina del NDT. El resultado fue Queen Lear, un dúo teatral en el cual la actuación, la mímica expresiva y la danza improvisada se fusionan maravillosamente en un conmovedor estudio de los efectos destructivos producidos por el rechazo de un amor verdadero.

 

El espectáculo, efectivamente, está basado en Shakespeare con Kupferberg en el papel protagonista del Rey Lear. Se plantean dos de los principales momentos de la obra: cuando Lear pide a sus tres hijas que le expresen su amor y el otro es la famosa escena de la locura. Al principio Kupferberg está muy soberanamente sentada en su trono. Su manera de expresar el texto es aterradoramente convincente y el hecho de no oír la respuesta de las hijas (hay que imaginarla) lo hace aún más impactante. Las pausas acentúan el rostro muy expresivo de la artista, “una cara capaz de mil expresiones”, como dijera Kylián alguna vez.

 

En la escena de la locura Schumacher adopta el rol del Loco, desparramando hojas por todo el escenario como evocación tanto de la tormenta que ruge afuera como de la desatada dentro de la cabeza de Lear. Utiliza un espejo para reflejar la luz de un foco sobre la cara de Lear como para hacerle ver lo tonto que es al rechazar a su hija.

 

Más adelante, en una escena llena de dramatismo, Lear y el Loco se abrazan repetidamente cambiando de posición en una demostración de intimidad malograda, como si el Loco se hubiera vuelto la hija perdida, como debe haber sido originalmente cuando tanto el papel del Loco como el de Cordelia eran desempeñados por el mismo actor varón.

 

El espectáculo resultó inquietante y convincente dando en la diana de la esencia del libro shakespeareano, pero demasiado breve para hacerle verdadera justicia. Deja al espectador con ganas de implorar por un tratamiento más profundo de los temas planteados y también quizás por un despliegue más alocado del torbellino emocional de Lear.


 
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