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domingo, 10 de enero de 2010

Bella Durmiente, un Cuento Inolvidable

Por Fátima Nollén desde Londres

  

El Royal Ballet de Londres ofreció durante esta temporada en el Covent Garden, La Bella Durmiente que interpretada por Marianela Nuñez y Thiago Soares se transformó en un cuento inolvidable

 

Un buen cuento de hadas es siempre bienvenido. Y cuando además ofrece una pareja de bailarines que se complementa con naturalidad y magia, el resultado es doblemente efectivo.

 

Es el caso de La Bella Durmiente del Royal Ballet, que entre sus varios elencos incluyó en esta temporada 2009-2010, la de la argentina Marianela Nuñez y el brasileño Thiago Soares. Y es que pocas veces se piensa en duplas artísticas que hacen hito por su asociación como ítem único en escena: Fonteyn-Nureyev, Maximova-Vasiliev, Bocca-Cassano, Bazilis-Candal y tal vez unos pocos más, son algunos ejemplos que hicieron memoria. Pero esta pareja sudamericana de jóvenes estrellas del principal conjunto del ballet británico, está recorriendo ese camino.

 

Nuñez, con una fineza de estilo que desborda confianza y veracidad escénica, a la que suma una técnica impoluta, veloz, ágil o liviana según lo requiera la coreografía. Y él, elegante y seguro, generoso en el partnering. Ambos compenetrados en el romance de los personajes, lo que se ve favorecido en la imaginación del público por el conocimiento de que además son pareja fuera del escenario.  

 

La producción de La Bella Durmiente en este caso, está intrínsecamente relacionada con la historia del Royal Ballet, ya que con este ballet la compañía retomó sus temporadas exitosamente después de la Segunda Guerra Mundial, al tiempo que hizo también con Bella su reputación internacional en su primera visita a Nueva York en 1949.

 

A la coreografía original de Marius Petipa se unen arreglos posteriores de Frederic Ashton, Anthony Dowell y Christopher Wheeldon para una puesta que resulta sólida, atrapante y verdaderamente mágica.

 

Decorados, luces y trajes realzan y complementan cada acto de forma lujosa y certera. Mientras la orquesta siguió con atención las necesidades de los bailarines en la fabulosa partitura de Tchaikovsky.

 

La compañía, al mando de Monica Mason, se desempeñó con cohesión estilística, disciplina (brazos y piernas a la misma altura de todo el cuerpo de baile), y técnica brillante y pareja. Los exigentes port de bras, cuartas posiciones, attitudes y piruetas, todo se pudo leer con claridad, a la par de las escenas mimadas y hasta con cuotas de humor en el caso de Carabosse, interpretada por Kristen McNally con justo drama.

 

Las hadas se sucedieron con gran nivel, destacándose Laura Morera con su hada de la Vid Dorada (variación de los dedos) y claro, Laura McCulloch con su ampulosa y regia hada Lila.

 

Marianela Nuñez, en Aurora, sobresalió en equilibrios, giros e interminables penchés en su variación con los príncipes, robándose el aliento del público. Controlada, pero con fluidez de movimientos. Rápida, pero sin perder delicadeza.

 

Thiago Soares como el Príncipe Florimund, por su parte, se destacó en sus variaciones con gran precisión, musicalidad y suaves terminaciones. Con su porte y pasión, proveyó belleza y firmeza en el pas de deux a las poses de acabado fotográfico y piruetas terminadas en pescado. Ella, en entrega total bailó como si no le costara, como si realmente las hadas la hubieran tocado con su varita. Sólo en la coda, El, trastabilló apenas en sus piruetas a la segunda volviéndolo humano por un instante.

 

Los relatos del divertissement agregaron alegría destacándose nuevamente Laura Morera y Kenta Kura en el Pájaro Azul. Ella con exactitud y veloces echappés y él con magníficas baterías y sostenidos brissés.

 

El gran final rebozó frescura cerrando la noche con éxito y dejando en el recuerdo las imágenes de romance, de hadas, de final feliz y de una pareja que se destaca en el universo de las estrellas.


 
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