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viernes, 16 de octubre de 2009

Cuando el Baile es una Cuestión de Competencia

Por Laura Lifschitz y Carlos Bevilacqua

 

Cada vez son más las escuelas de ballroom instaladas en la Argentina. Aunque para muchos sean expresión de una actividad exótica,  conocida sólo a través de la televisión extranjera, los bailes de salón llegaron hace más de una década al país. Los invitamos a conocer una disciplina tan artística como deportiva que, aseguran, llegará a los Juegos Olímpicos

 

Los llamados bailes de salón, o ballroom, constituyen una disciplina muy peculiar. Basada en la codificación de diez danzas populares de diverso origen, esta actividad busca incentivar la práctica del baile manejando los mismos parámetros estéticos en todo el mundo, ya sea en una reunión social o en una competencia. “Es el único deporte que se hace en pareja tomada, con lo cual es un hermoso motivo de encuentro entre el hombre y la mujer”, amplía la definición Estela Arcos, una de las pioneras de los bailes de salón en la Argentina. Este arte coreográfico se practica bajo las normativas de dos estilos: el internacional y el americano.

 

En el estilo internacional (avalado por la International Dance Sport Federation, con sede en Alemania), el ballroom se divide en las modalidades «estándar» (compuesta por vals inglés, vals vienés, tango de competición, slow foxtrot y quickstep) y «latino» (compuesta por samba, cha cha cha, rumba, pasodoble y jive). En el estilo americano, en tanto, las modalidades asumen formas similares bajo los nombres de «smooth» (compuesta entre otros por el fox trot, el vals lento, el vals vienés y el tango americano) y «rhythm» (compuesta por la rumba, el mambo, el cha cha cha, el bolero y el swing, también entre otras danzas). En esa amplia variedad de géneros parece residir buena parte del encanto del ballroom (palabra del inglés que significa salón de baile).

 

Algunos de los ritmos enumerados probablemente sean conocidos para el lector, como el vals vienés (típica música a bailar en fiestas de 15 o casamientos), el samba, la famosa danza folklórica brasileña, el bolero (género romántico por excelencia) o el entrañable tango (aquí con pasos largos, cambios súbitos de velocidad y retomando los antiguos cortes y quebradas). Por referencias de los mayores, muchos tendrán noción del foxtrot (basado en caminatas hacia atrás y adelante desde un abrazo clásico de salón), acá en una versión lenta (slow) y otra más rápida (quickstep), llena de corriditas y saltos que le dan un tono alegre. Por algunos de esos mayores tendrán también referencias del pasodoble, la danza típica española que con su vivacidad era capaz de sacar del letargo a las fiestas más aburridas. El cha cha cha y la rumba, aunque caídos en desuso a nivel social, siguen encerrando en el imaginario popular algunas de las expresiones más vibrantes de la música caribeña. Acaso los menos conocidos sean el vals inglés (versión más lenta del vienés) o el jive (uno de los nombres que asumió el swing, esa danza propia de la época dorada del jazz y ancestro del rock and roll).

 

En los bailes de salón estilo internacional, todas estas danzas asumen algunos rasgos en común que forman como una especie de pátina ballroom: torsos erguidos, cabezas ligeramente echadas hacia atrás, brazos extendidos, abrazos por lo general abiertos, muchos giros y un desplazamiento por la pista en sentido anti-horario. Así como esa estandarización les da a las danzas involucradas una mayor visibilidad escénica y facilita su difusión internacional, es evidente que también altera las formas originales de cada una. “El ballroom no deforma los bailes originales, sino que sostiene la esencia de cada uno. Hay que recordar que no son bailes folklóricos, sino codificaciones que nos permiten compartirlos a nivel mundial”, explica Darío Dorzi, uno de los referentes argentinos del género. “La competencia es un show, hay que entenderla como tal, con diez, veinte o treinta parejas cumpliendo con rutinas que inevitablemente van a mostrar repeticiones”, fue la explicación que eligió Arcos.

 

Esta codificación internacional de determinadas danzas populares se fue afianzando en el hemisferio norte desde principios del siglo pasado, delineándose con el tiempo dos escuelas claramente identificables: la europea y la estadounidense.

 

En la Argentina, la movida de ballroom (o sport dance, como prefieren llamarlo algunos) empezó a tomar un volumen considerable recién a principios de la corriente década, durante la cual se crearon más de diez escuelas y dos asociaciones. El eje del interés se centra en unos cinco campeonatos anuales con categorías dadas por el nivel de los participantes, quienes según su ubicación pueden sumar puntos para un ranking nacional y otro internacional. En cambio, resulta una asignatura pendiente la generación de un circuito de reuniones bailables periódicas que permita cultivar la disciplina en su faz meramente social, como ocurre en el tango con las milongas o en el folclore con las peñas.

 

Casi al mismo tiempo que se comenzaba a desarrollar el estilo internacional, llegaba a la Argentina la primera instructora formada en la escuela de baile social conocida como American Social Style. Este estilo fue desarrollado por Arthur Murray y Fred Astaire. “En el american style se pone el énfasis en su desarrollo social como base del conocimiento para el encuentro de la pareja de baile. El aprendizaje está direccionado a la improvisación espontánea de la pareja, basada en convenciones comunes que determinan al género, a su vez sustentadas por una mecánica corporal desde lo cotidiano, bajo el reconocimiento rítmico de los bailes”, asegura Elizabeth Guerrero, primera instructora argentina egresada del estudio de Arthur Murray, en Estados Unidos.

 

Además de un arte, los bailes de salón constituyen un deporte, según coincidieron todas las fuentes consultadas para este informe. Practicar esta disciplina exige conseguir cierto estado físico, entrenar y cumplir con determinadas normativas sobre técnicas, tiempos, estilos y figuras. En los numerosos campeonatos que se celebran en más de setenta países, esos requisitos se tornan aun más exigentes, al punto de referirse a los bailarines como «atletas». De hecho, el ballroom fue reconocido en 1995 como disciplina olímpica por el Comité Olímpico Internacional, paso previo para integrar la grilla de actividades de los juegos olímpicos. Una ambición que podría concretarse en Londres 2012.

 

Otra peculiaridad de los bailes de salón radica en la música con que se practican. Al menos a nivel competitivo, las piezas sobre las que se compite no necesariamente pertenecen a los géneros de las coreografías. Así es como en vals inglés se puede llegar a competir sobre una balada o en samba sobre un tema pop. En muchos casos, los temas musicales son versiones libres de clásicos, abundantes en teclados electrónicos, instrumentos de viento y batería.

 

El vestuario de competencia también sigue determinados cánones. Para bailar «estándar» o «smooth» ellas visten de largo, con faldas largas y mangas amplias que levantan vuelo en los giros y ellos suelen usar smoking con moño o corbatín. En «latino» o «rhythm», en cambio, las prendas son más coloridas y sensuales, con remeras o camisas al cuerpo para ellos y audaces conjuntos de dos piezas para ellas. Además de ser muy llamativos, estos modos de presentación también influyen en las calificaciones del jurado.

 
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