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sábado, 10 de mayo de 2008


  

Penas de Amor

Por Eva Alberione

 

Su rostro empapela las calles porteñas en un afiche de Felicitas, el espectáculo que desde el 9 de mayo la convertirá oficialmente en la cara reconocible del Ballet Argentino, donde hasta hace muy poco fue la partenaire de Julio Bocca. Tranquila y franca, Cecilia Figaredo conversó con Balletin Dance acerca de la obra, del especial momento de la compañía y de la importancia de los afectos

¿Cuáles fueron los puntos de partida para desarrollar el personaje de Felicitas?

Sobre todo, pensar que era una mujer muy segura de sí misma. Una mujer de una familia adinerada, que siempre tuvo lo que quiso; y que aún así en la vida se le presentó una situación tan tremenda como la de perder a un hijo y al marido en pocos años. Es interesante ver cómo ella se sobrepuso a eso, y luchó por hacerse cargo de sus campos, y salió adelante de la tristeza de un luto semejante. Pudo renacer a la vida, al amor.

¿Se siente más afín al encarnar a un personaje de la historia argentina?

Me gusta el hecho de que haya sido real, que no sea un personaje de un libro o de una película. Esta cosa de pensar que Felicitas existió y que fue una persona muy importante en el país y una gran rebelde para su época, tiene un enganche especial.

¿Cómo fue el proceso de trabajo?

Fuimos construyendo a Felicitas día a día, tanto con Ana María Stekelmann, como con Elio Marchi, quien hizo la adaptación libre para ballet. El principio siempre es aprender los pasos, memorizarlos, porque los bailarines trabajamos con la memoria, no tenemos partituras ni guiones escritos. Una vez que la coreografía está en la cabeza y pasada a las piernas, recién se puede empezar a pensar en cómo vivía esa persona, cómo sentía, en las cosas que le fueron pasando. Y esa es la parte que a mí más me atrapa.

¿Cómo vive este primer estreno después del retiro de Julio Bocca?

Es un compromiso mayor. Si bien estos últimos diez años para mí fueron de una responsabilidad inmensa por ser la pareja de Julio, de cara a un estreno sin él arriba del escenario, es aún mayor.

Es un cambio importante también para el Ballet Argentino.

Sí, refleja un cambio. Es un espacio muy grande el que deja una figura como Julio cuando se retira. En lo que respecta a la compañía, ese es un espacio que hoy es llenado por varios bailarines. Lucas Segovia y Benjamín Parada, son mis compañeros más fuertes en la obra, e Igor Yebra, por supuesto, cuando vamos a España en junio. Se hizo un trabajo fabuloso con ellos, estoy muy contenta con lo que logramos.

¿Cómo fue para usted el camino de llegar a ser primera figura?

Entré a la compañía cuando tenía 16 años, así que fue progresivo, llevó muchísimo trabajo, disciplina y constancia. Creo que me fueron dando las oportunidades porque creían que las merecía, y yo supe aprovecharlas. Y eso se fue dando poco a poco, casi sin darme cuenta.

Y además tuvo una familia que supo acompañarla.

Sin mi familia no podría haber hecho nada de lo que hice, ellos fueron un gran apoyo. Me bancaron, y me bancan que yo me vaya de gira, que no esté. Te hablo de cosas tan domésticas como llegar de un viaje y que mamá me diga: pasé por tu casa y te dejé en la heladera una milanesa con ensalada. Y bueno, ¡está buenísimo! Ella se siente orgullosa. Siempre me acompañó y lo disfrutó desde un lugar muy sano, con mucho amor, y eso para mí es bárbaro, habla muy bien de ella.

 


Igor Yebra

por Martín Goyburu

 

El protagonista de Felicitas, la nueva producción del Ballet Argentino de Julio Bocca, estuvo en Buenos Aires, para los ensayos correspondientes junto al elenco y su partenaire, Cecilia Fuigaredo

 

En diálogo con Balletin Dance el bailarín español, aseguró que si bien Felicitas “es una historia cien por ciento argentina, no deja de ser un tema que continua repitiéndose. Si le cambiamos los nombres a los personajes, puede ubicarse en cualquier país, en cualquier momento histórico, el maltrato ha existido y existe hoy. En España, ahora se le está dando mucha difusión, estamos pasando por este momento”.

Enrique su personaje, es más fácil de contruir que el de un príncipe del reptorio clásico tradicional, porque se trata de “un hombre atormentado, que a pesar de tenerlo todo, quién sabe qué problema tuvo en su cabeza cuando era joven que se enamora de Felicitas, un amor que no puede llegar a realizarse, una pasión ciega que termina llevándolo a la muerte. Si te pones a mirar los periódicos al día de hoy en todas partes del mundo encuentras ese mensaje”, aseguró el bailarín.

Trabajar con Ana María Stekelman, a cargo de la coreografía, fue para él “hacer un curso intensivo acelerado en estas tres semanas y ver su compañía Tangokinesis, me convirtió en su fan”. Stekelman confiesa, “me aportó libertad, que es importante cuando trabajas con un coreógrafo. He tenido la fortuna de trabajar con muchos coreógrafos y directores y no es tan habitual. Con ella la palabra es libertad, que no se confunde con libertinaje, porque tiene muy claras las ideas de qué es lo que quiere. Lógicamente luego nos tenemos que adaptar uno al otro, en un terreno intermedio”.

Free lance

Decidí ser free lance, cuando me retiré del Ballet de la Comunidad de Madrid, que en aquel momento era el ballet de Victor Ullate. Necesitaba libertad, ampliar miradas, ampliar el repertorio. Es que mi carrera ha sido bastante atípica, comencé a bailar a los 13 años, a los 14 ya estaba profesionalmente y recién a los 23 hice mi primer ballet clásico. Quería aprender lo más rápidamente posible, y si estás en una compañía, si tenés suerte, vas a hacer dos o tres ballets al año, en cambio como free lance era la manera de tomarlo de la fuente, la verdad es que en dos años prácticamente ya había hecho todo el repertorio que quería. Después continué de esta manera por una decisión personal, necesito sacar el máximo provecho y sentirme vivo durante todo el día”.

Contras

Hoy en día ya ni me planteo los contras, es el día a día. Trato de convertir los contras en cosas a favor.

Puedes estar sin contrato en algun momento, épocas en las que he estado sin trabajo sabiendo que no hay nadie atrás para ayudarte. Pero esos días me ayudaron a hacerme mayor. Saco una cosa positiva de todo eso. No me considero un buen bailarín, pero sí una persona disciplinada y atenta, y se lo debo a ello. No he dejado en ningun momento de levantarme para ir a hacer mi clase. Pero he podido aprovechar ese tiempo, por ejemplo para conocer a los impresionistas, para leer un montón. No todo el mundo sirve para eso. Hay gente que necesita esa protección, de sentirse que pertenece”.

“Genéricamente hablando, al bailarín le falta ese tipo de enseñanza, de saber enfocar su vida fuera de lo que es ser bailarín, o qué puede pasar mañana si ocurre una desgracia o una lesión, o qué te ocurre cuando no eres Julio Bocca y no tienes nada más, desafortunadamente poca gente te ha mostrado qué otras opciones hay” reflexionó Yebra.

“He abierto una escuela en Bilbao y para mi lo más importante es que los alumnos amen la danza, independientemente que después vayan a dedicarse a eso, enseñarles que la danza es una parte del arte, no un arte único e individual, que va unido a la literatura, a la pintura, a la música...”.

La danza clásica en España

Somos capaces de sacar grandes individualidades en el mundo del arte pero a la hora de hacer un trabajo en equipo estamos muy mal, la prueba la tienes en los deportes. Cada uno tira para su lado. El problema principal que nosotros tenemos, es que en España hemos vivido 40 años de franquismo, durante aquella época el ballet eran danzas folklóricas (flamenco y danzas regionales), todo lo demás estaba prohibido, el ballet clásico era de maricones y putas, y la danza contemporánea era degenerada. Entonces nos encontramos en el año ‘75, que había unos cuantos locos, que habían hecho un trabajo personal, un lenguaje, que sacaron sus individualidades con agallas, Ana Laguna, Arantxa Argüelles, Trinidad Sevillano. Ellas nos abrieron la puerta a la generación que salimos después. Ahora tenemos la responsabilidad de intentar sacar adelante este tipo de objetivos”.


 
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