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domingo, 10 de abril de 2016

Daniel Proietto

Solo Él

Por Daniel Sousa

Consagrado como una de las máximas figuras de la danza contemporánea actual, el argentino ha logrado consolidar su carrera como bailarín solista, por fuera de las grandes compañías. Se prepara para debutar en la meca del teatro kabuki, en Tokio, y para montar coreografías propias en la Opera de Viena, el Ballet Nacional de Cuba y la compañía oficial noruega. Lamenta bailar tan poco en la Argentina

Viene de trabajar con la nueva compañía de Carlos Acosta en Cuba y se prepara para montar, en breve, dos obras propias con el mítico Ballet Nacional de ese país, una de ellas en homenaje a David Bowie. Lo esperan en la Opera de Viena para trabajar sobre otras tres creaciones de su inventiva, y en Oslo le aguarda la reposición de Cygne, una revisión contemporánea de La Muerte del Cisne, un hito en su carrera como coreógrafo. Pero lo que a él más lo entusiasma es su ansiado debut, en septiembre próximo, en la meca del teatro kabuki en Tokio.

La agenda del rionegrino Daniel Proietto desborda de los compromisos propios de una figura de alto rango en el circuito de la danza contemporánea mundial. Tal vez aquí su nombre no esté tan difundido como el de otros bailarines de su camada en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, como Marianela Núñez y Herman Cornejo, pero la prensa y el público del viejo continente lo han elevado al rango de estrella. Sobre todo, después de la nominación al Premio Laurence Oliver por su interpretación del solo Afterlight, del canadiense Russell Maliphant, y luego de haber obtenido el Premio Nacional de la rigurosa crítica británica en 2010.

“Mi carrera ha sido bastante ecléctica porque siempre traté de no ponerme rótulos”, justifica Proietto en diálogo con Balletin Dance desde la capital noruega. A sus 34 años, que parecen varios menos, conserva todavía cierto aire adolescente y una frescura en el diálogo que lo alejan del bronce. “Desde chico me interesó buscar el lado creativo de las cosas y fue por eso que he ido pasando por diferentes disciplinas: la actuación, la coreografía, la danza japonesa, el cine, la música. Esa apertura y esa versatilidad son un poco mi sello como artista”, afirma.

¿Cómo tomaban en el Colón esta búsqueda personal suya?

Siempre me sentí un bicho raro en el Colón. La escuela es increíble en su nivel académico y he tenido grandes maestros. Pero en la parte creativa me sentía perdido. Tal vez por eso era como una oveja negra y me revelaba mucho contra la institución. Guardo grandes recuerdos de aquellos años pero no considero que hayan fomentado en mí una veta creativa. Recién ahora, cuando me ven, algunos de mis maestros entienden hacia dónde apuntaba yo con aquellas locuras que hacía de chico.

Su paso posterior por el Ballet del Teatro Argentino de La Plata y el Ballet de Santiago dieron inicio a un recorrido que puede resumirse como compañía-freelance-compañía. ¿A qué se debió ese ida y vuelta?

El trabajo en una compañía no me gustaba, justamente por eso de querer ser diferente e investigar más la creación. Jamás me interesó hacer cuentas para bailar y sentirme parte de un grupo. La única compañía que verdaderamente dejó una huella en mí fue la Compañía Nacional de Danza Contemporánea de Noruega, a la que llegué después de haber enviado un videocasete y donde estuve tres años. A principios de los ’90 ellos trabajaban de una manera muy libre y abierta, con improvisación, con coreógrafos muy de vanguardia. Esa sí era una compañía con una gran cuota creativa.

¿Pasó a ser freelance cuando se radicó en Londres?

Estando en Inglaterra recorrí varias compañías pero de a poco me convertí en independiente y fui encontrando mi propia impronta como artista solista. He hecho muchísimos solos a lo largo de mi vida, muchos coreógrafos crearon solos para mí, y fue en Londres donde me convertí finalmente en solo artist (artista solista).

Es una categoría poco frecuente...

Es muy rara, en especial en el mundo de la danza contemporánea independiente. Cuando yo empecé había coreógrafos ya establecidos, como Akram Khan o Sidi Larbi, que bailaban como solistas dentro de sus propias obras. Pero no había nadie sobre el que otro coreógrafo creara, como ocurrió conmigo. Fui muy afortunado al hacer Afterlight, que es mi sello hasta el día de hoy, una creación de Maliphant que me abrió las puertas del mundo. Ese trabajo hizo que los teatros finalmente me consideraran como ese artista solista que trataba de ser.

¿Qué lo decidió a volver a una compañía?

Llegó un momento en que me había cansado de girar. Justo a mi pareja (el director de teatro Alan Lucien Øyen) lo nombraron coreógrafo residente del Ballet Nacional de Noruega -Ballet de la Opera de Oslo- y a mí me ofrecieron un contrato como artista invitado. Nos vinimos los dos. Acá tenemos un teatro espeluznante, bellísimo, una casa hermosa que usamos como base para todos nuestros proyectos.

Doce semanas completas trabajó Proietto, codo a codo con Maliphant, en el solo de quince minutos que lo dio a conocer masivamente en la escena de la danza contemporánea. “En el escenario expongo todos mis miedos e inseguridades”, admite a corazón abierto. Algo de eso ocurrirá, no hay duda, cuando debute en septiembre en el teatro Kabuki-za de Tokio, “la Opera de París del kabuki”, como lo describe. Un templo al que muy raramente acceden artistas extranjeros.

¿De dónde viene su interés por el kabuki?

En 2012 hice una obra de Sidi Larbi sobre el creador de Astroboy, Ozamu Tezuka. Interpretaba doce personajes, algunos de mujer. Fue entonces que me puse a investigar, conocí a uno de los más grandes coreógrafos de kabuki y comencé a viajar a Japón con frecuencia. Su método de enseñanza para transmitir un arte de cuatrocientos años me marcó profundamente. Enseñan la expresión con un nivel de detalle extremadamente perfeccionista. Casi no hay artistas jóvenes haciendo esto actualmente, por eso consideran tan importante mi interés. Una familia me fue educando y ahora quieren darme su nombre, lo que es un gesto cultural enorme.

¿Qué coreógrafos considera que moldearon su estilo de bailar?

El primero fue Omar Saravia, en Argentina. Fue mi mentor desde chico y me ha seguido educando y guiando cuando lo he necesitado. El segundo fue Alan, con quien hemos estado juntos trece años y que me incluyó en todas sus obras. El me ha desafiado constantemente, a hacer teatro de texto, a hacer una película. He crecido mucho junto a él. Y la tercera persona que me marcó profundamente fue Maliphant, con quien nos enamoramos artísticamente y que supo exprimirme en el momento justo y llevarme al punto cúlmine de mi carrera.

Con su pareja filmó Avenida Corrientes, una película que expone las dificultades en la relación entre un coreógrafo y un bailarín. ¿Cuánto de autobiográfico hay en ella?

Con Alan somos capaces de matarnos en un estudio porque los dos sentimos la misma pasión por lo que hacemos, amamos lo creativo y el perfeccionismo. Esto tiene una doble cara: chocamos en la relación cotidiana pero a la vez lo que genera el intercambio es algo mucho más fuerte. La creación no es clínica; tiene que ver con la relación entre las personas, con la pasión. Los celos entre dos artistas existen, claro, pero duran microsegundos.

Siendo usted una figura mundial de la danza contemporánea, ¿por qué se lo ha visto tan poco en la Argentina?

Tengo muy mala suerte en mi país. El año pasado se frustró mi actuación en el Argentino de La Plata, todavía no entiendo bien por qué. Fue tristísimo ver que después de tantos años las cosas, las políticas no han cambiado. Volví a Europa casi depresivo. Amo mi país pero estoy desacostumbrado a ese tipo de situaciones. Y no me pasó una única vez sino varias. 


 
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