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domingo, 10 de enero de 2016

Danza española

“Nada de Dejar Secretos”

Por Gabriel Vaudagna Arango

José Zartmann es maestro de baile español, un bailarín talentoso e inquieto que se ha destacado por la inmensa pasión con la que baila. Cuando habla baila, cuando camina baila, pareciera que sus palabras bailan alguna música que sólo él conoce. Sentados en la mesa de un bar porteño, fue contando sus anécdotas mientras sus brazos volaban y su corazón se aceleraba, siendo muy difícil no emocionarse con su relato. Cada anécdota estuvo atravesada por su corazón; cada palabra, cargada de sensaciones

José Zartmann es coreógrafo y formador de grandes artistas. Sus trabajos en el Teatro Colón y con la compañía de los Pericet lo han hecho destacarse dentro del ámbito de la danza. Su montaje más conocido fue el Bolero de Ravel que lo ha llevado del Colón a otras grandes instituciones como el Ballet de Salta y el centroamericano Ballet de El Salvador. Su formación académica fue en la escuela de nuestro primer coliseo pero su formación en danzas españolas comenzó con el maestro Justo Vera Ortega quien le enseñó una farruca a piano y luego unas alegrías. Después pasó a estudiar con los Pericet e integró su compañía durante largas temporadas, incluyendo siete años de residencia en España. Entonces bailaba con su mujer, Gloria Cruz que se retiró para criar a su hijo. Hace tiempo que su compañera de baile, montajes y reposiciones, es Mabel Espert. En una cálida tarde de verano charlamos con él para Balletin Dance.

Cuéntenos sobre sus comienzos como Antonio de la Cruz.

En un principio cambié José por mi segundo nombre, Antonio; y de la Cruz fue por mi abuela, entonces mi nombre artístico era Antonio de la Cruz. Pero al entrar al Colón retomé a mi apellido paterno (mi padre estaba feliz de que usara su apellido) así que volví a ser José Zartmann.

Empecé a enseñar en una academia de barrio en San Martín, con un año de estudio. Mirá que inconsciente que fui, total -me decía-, yo no voy a dejar de estudiar jamás, entonces mis alumnos tendrían un año menos que yo. Iba enseñando lo que iba aprendiendo, era un poco inconsciente porque podría haber arruinado a cualquiera, pero gracias a Dios no lo hice.

Eso me despertó la vocación de maestro: enseñaba antes de ser profesional en el escenario y me gustaba enseñarlo todo, nunca guardarme nada, lo que aprendía lo daba. Nada de dejar secretos...

Hace ya muchos años usted me dijo en una entrevista, que le apasiona indagar, ver a los grandes. Y que los jóvenes le devuelven mucho. Usó una frase muy asociada al educador brasilero Paulo Freire: enseñando se aprende mucho.

Es verdad. Uno refresca lo que le han enseñado y yo he comprobado que mis alumnos me enseñan cosas, hasta el día de hoy. Por ejemplo, preparando la muestra del Estudio Arte XXI donde doy clases, que se hizo en diciembre en el Centro Cultural Borges, una alumna que tiene muy poquito tiempo de estudio, al final de un Fandango de Huelva sencillito que había montado, en el que terminaban con los brazos atrás y se iban haciendo mutis, ella me abre los brazos, me hace una mirada y sale. Yo me emocioné. Entonces les dije a todas sus compañeras que miren como tenían que terminar, les dije la verdad porque lo que sentí, ‘es tan bello lo que mis ojos vieron’. Ella me ha dado algo de lo cual yo aprendo. El final de la coreografía es de ella.

Otra anécdota: preparé la danza número II de la Vida Breve [de Manuel de Falla] con un grupo de alumnas grandes, la más joven de espíritu tiene 82 años, y ¡si supieras como lo han bailado! También buscaba un final especial, marqué: avanzar, dar cuatro pasos y cada una de ellas, una pose. Pero una avanza, da un giro y se queda como suspendida (dice Zartmann mientras hace el gesto de abrir los brazos) ¡fue tan bello!. Entonces dije: ese es el final. Y la aplaudieron mucho, y creo que fue por el final más que por la coreografía. Todos somos artistas, pero hay un momento en que uno saca algo, allí, en la danza; en que se produce el arte.

Generalmente los jóvenes que dictan clases suelen pedir a los alumnos que copien todo lo que el docente hace.

Sí, después son todos clonados y ves al profesor a través de ellos. A mí eso no me gusta, quiero que cada uno saque lo que tiene adentro, eso que es de ellos, que les pertenece y que no es mío.

¿Eso es innato en usted, o lo adquirió con la experiencia?

Siempre. Al principio no creí que los alumnos me pudieran enseñar, creía que yo era el maestro que enseñaba aquello que no era nada. Porque en mi formación primera, yo iba a una maestra de barrio que me daba clases en una galería de esas casas antiguas, no tenía barra y nos daba la clase en el centro. Con el tiempo me di cuenta que eso fue muy bueno para mi, porque trabajaba el equilibrio y la colocación, no voy a discutir sobre la barra, pero a mí esas clases me hicieron muy bien. Y luego yo veía a mis alumnos y me preguntaba si estaba bien eso o no, y entendí que mis alumnos me enseñan todo el tiempo.

¿Cómo es su vida en vacaciones?

Lo normal de cualquier ser humano y no dejar de pensar coreografías nuevas. Porque mi vida es el baile y enseñar lo que sé. Aunque creo que hice mi despedida el otro día en el teatro del Complejo la Plaza: me contrató una academia de Quilmes para hacer el personaje del tío mago de El Cascanueces, así que subí otra vez al escenario. Siempre digo que es la última vez, ya estoy como los Chalchaleros que siempre están haciendo su última función. No me voy de vacaciones, porque busco la paz, prefiero quedarme porque disfruto el centro de Buenos Aires vacío, sin gente.

No le gusta la computadora ni nada asociado a la electrónica. En cambio le gusta sentarse en el patio prender la fuente de agua y escuchando ese sonido se imagina coreografías ¿cómo es?

No me gusta que se me vaya el tiempo. El tiempo se va acabando y lo que me queda ahora es recapacitar mi trayectoria, todo lo que hice, los maestros con los que estudié y ver todo lo que hay que aprender y corregir. Siempre hay algo más para aprender. Regar las plantas como riego a los alumnos para que no dejen de estudiar y crecer. Cuidando la técnica pero que no se pasen siempre buscando el equilibrio, la técnica son las vías para que el tren pueda circular, andar, pero no hay que entusiasmarse o pasarse.

Buscar el equilibrio en la vida, en la salud, en la alimentación y claro, eso, luego, también en la danza: no amontonar pasos para que nos aplaudan más, el aplauso viene de la calidad, no de la cantidad. En lo que uno hace se ve el respeto que uno tiene a sus maestros. Después, equilibrar todo lo aprendido para que trascienda, poner el corazón, cargarlo de sentimientos y llegar al alumno, o al público (hasta el que está en la última fila), que sienta que algo le toca en la piel.

Yo he trabajado en el Colón con roles de solista o primer bailarín, pero siempre he sido un bailarín de fila, de cuerpo de baile (mi sueldo era de cuerpo de baile), pero mi satisfacción era por ejemplo, que en una de las funciones en que se hacía Giselle, yo era uno de los campesinos y estaba en la escena de la locura y para mí eso estaba pasando de verdad, me emocionaba, no quería que Giselle se muera de amor, y me conmovía de una manera… y la satisfacción más grande que tengo, es que una persona del público se acercara a saludarme a la salida y me diga: ‘cómo se nota que en la fila del cuerpo de baile está José Zartmann’, eso me emocionó mucho, que esa pasión se trasmitía al público. Otra vez, cuando hice el Bolero de Ravel que era coreografía mía, se hizo en la puerta del Colón y era una de mis últimas actuaciones porque llegaba mi jubilación del Teatro (aunque Ángel [Pericet] decía siempre que un bailarín nunca se jubila), terminada la función una señora con un chico en silla de ruedas, mirándome, me dice: ‘cuando usted estaba bailando, yo sentí que me levantaba de la silla y salía caminando’. Nunca tendría un elogio mayor que ese.

Alguna vez me dijo ‘estoy haciendo lo que siempre soné: bailar’.¿Hay nuevos desafíos?

Seguir creando. No recreando, sino creando, nuevas coreografías.

En este tiempo que todo está atravesado por la política ¿cuál es el lugar del maestro de baile?

Yo sigo con mis convicciones desde que empecé a bailar hasta ahora y la política la manejo por separado. Tengo mis ideales: que todo gobernante tiene que ser para todos, desde el que menos tiene al que más tiene. Pero la política y el arte no son compatibles. La política es una idea de un momento o de una moda, mientras que el arte es lo que perdura de por vida. La política del arte debe ser que se defienda el arte en todas sus manifestaciones. Como las obras de Gades y las obras de los Pericet, que se sigan haciendo y se defiendan, que se mantengan las obras de repertorio. Lo contemporáneo está bien, pero hay que seguir cuidando una sinfonía de Beethoven o Mozart, o las obras de Petipa.

¿Sigue vinculado al Teatro Colón?

Ya no. Estuve 38 años en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón donde daba clases de repertorio español, una materia que inauguré yo; y 20 años en el Ballet. Ahora hay que dejar espacio a los nuevos. Aunque siempre me gustaría volver.

 


 

 

 
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